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Vínculos secretos, una novela de Vamba Sherif. Por Eduardo García Rojas

La escena le fascinó: el pueblo fronterizo dormía a merced del calor. Mientras viajaba hacia el pueblo, el extraño había jugado con la idea de rendirse, como aquellos ancianos, al letárgico hechizo del calor sin importarle nada más.

(Vínculos secretos, Vamba Sherif. Traductor: Alicia Moreno Delgado. Colección: África, Baile del Sol Ediciones, 2014)

El inicio de Vínculos secretos, una novela de Vamba Sherif, recuerda al de la película Conspiración de silencio (John Sturges, 1955): un extraño tullido llega a un pueblo fronterizo donde nada es lo que parece, sumido en una narcótica somnolencia en la que los viejos del lugar, tirados en hamacas o colchonetas, “dejan pasar las horas más sofocantes a la sombra de un árbol de pan.”

En Vínculos secretos este pueblo fronterizo se encuentra en algún lugar sin identificar de África, y lo que comienza siendo una investigación –como sucedía en el filme de Sturges– termina por convertirse en un alucinado viaje al corazón de las tinieblas. Al alma de un continente donde no termina de cuajar tradición y progreso.

El itinerario que propone Sherif a través de su personaje, William Mawolo, es el de auscultar, y tomar pulso al principio, la realidad de un territorio donde verdad y mentira se confunde para crear leyendas. Y tiene mucho de leyenda Vínculos secretos, pero una leyenda sin aliento épico y sí mucho de enfrentamiento con ese mundo que las alimenta. Una geografía donde lo sobrenatural convive con lo aparentemente real.

Vínculos secretos comienza como una novela policíaca cualquiera. La llegada de un extraño a un pueblo donde es recibido con hostilidad por sus habitantes. Su misión es la de encontrar al cacique local, desaparecido en extrañas circunstancias. Tan extrañas como las que marcan la existencia de una aldea en la que, aparentemente en esta novela de apariencias, no pasa nada pero en la que sí pasan muchas cosas si se rasga el velo de, precisamente, lo aparente.

A lo largo de las pesquisas, Mawolo irá reencubriendo una realidad que permanecía dormida en algún lugar de su cabeza, más cuando asume hacerse cargo del pueblo para inflar un ego mordido por el peso de una tradición que forma parte inevitable de su persona.

Para contar todo esto, y muchas historias dentro de la misma historia, Vamba Sherif, recurre a un lenguaje sencillo, a la clásica fórmula del sujeto verbo predicado porque es la única forma de contar historias que van más allá de su línea de flotación. La fuerza de Vínculos secretos está, en este sentido, más allá del relato. Late y respira dentro de él.

Y en ese proceso de desconcertante redescubrimiento que transforma al protagonista, asistimos a un fascinante conflicto entre lo viejo y lo nuevo. A que Mawolo aprenda –o no, porque se resiste asustado– a convivir con unas fuerzas que están más allá de la razón que le han inculcado.

A lo largo de este camino que tiene mucho de aventura, de aventura iniciática, Sherif disemina las piezas de un rompecabezas que no termina de encajar del todo al finalizar la novela, pero que sí tienen la suficiente sustancia para generar sospecha y atención en el lector.

Vínculos secretos resulta un atractivo y a ratos hipnótico itinerario por el desmoronamiento de un hombre al que las circunstancias le superan. A su alrededor se mueve una galería de personajes entre las que destacan los femeninos, de alguna manera los guardianes de un misterio que va más allá de la realidad.

De secretos ancestrales que como venas han terminado en convertir el pueblo en un órgano vivo, pese a su somnolencia. Un pueblo fronterizo al límite de una tierra que no le pertenece a nadie salvo a los que habitan en comunión con ella.

Vamba Sherif escribe sobre esto en apenas 150 páginas. Páginas apretadas y que, pese a su sencillez, obliga a una lectura sosegada. Mientras tanto, el lector salta de sorpresa en sorpresa.

Rindiéndose, como se rinde Mawolo, al asombro.

Cómo deseó entonces que su tía estuviera allí para verlo dirigir a esos milicianos, a ese grupo de gente que había puesto fin a su idílica existencia en su pueblo natal. Le habría aplaudido, habría suspirado de alivio, y habría cantado sus alabanzas. No era la alegría ni la satisfacción de haber logrado su venganza lo que crecía en su interior, sino una sensación más poderosa: darse cuenta de que había pasado de ser un niño cuyo futuro parecía confinado a un pueblecito a ser un hombre que dirigía un ejército.”

Saludos, en algún lugar de África…, desde este lado del ordenador.

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