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Parque Nacional del Teide. Por Ángel Alonso

Este sábado, 28 de junio, se cumplió el séptimo aniversario desde su declaración como Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO, Organización de la ONU para la Educación, la Ciencia y la Cultura, reunida en Nueva Zelanda.

Situado en la isla de Tenerife, en las Islas Canarias, el Parque Nacional del Teide tiene una extensión de 18.990 hectáreas de un paisaje espectacular, en el que destaca el estratovolcán Teide – Pico Viejo que, con sus 3.718 metros de altitud es la cumbre más alta de España.

El beneficio que conlleva ser incluido en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, está en el reconocimiento internacional del sitio, que pasa a pertenecer al cuadro de honor de los lugares más importantes del mundo. Esto, además de proporcionar prestigio, consigue afianzar el compromiso mundial de conservación y protección para las generaciones futuras.

El Parque Nacional del Teide contiene paisajes de excepcional belleza y elementos geológicos de extraordinaria singularidad y relevancia mundial. El Teide, además de ser un volcán activo, es la tercera estructura volcánica más alta y voluminosa del planeta, levantándose 7.500 metros por encima del fondo oceánico de la zona. Su Parque Nacional incluye una serie de elementos geológicos de excepcional interés y muestra la evolución completa de una fase muy avanzada de la formación de las islas volcánicas oceánicas que se encuentran en el interior de las placas y que constituyen la litosfera terrestre. El Parque Nacional del Teide constituye un monumento único de la historia de la Tierra y de la naturaleza.

En la cosmogonía de los primeros habitantes de Tenerife, los guanches, el Teide representaba la Montaña Sagrada por excelencia y un referente simbólico para los habitantes de las otras islas del archipiélago canario. El carácter sagrado de la montaña y su entorno, se fue reforzando en el tiempo con las diversas erupciones volcánicas presenciadas por los aborígenes que, a pesar de ser temidas, no impidieron una ocupación humana de tipo temporal y estacional, con su ganado. En Las Cañadas del Teide es donde se conserva la mayor y mejor cantidad de restos arqueológicos sobre los guanches, añadiendo al atractivo del Parque Nacional el de poder profundizar en el conocimiento de las formas de vida de las sociedades indígenas de Tenerife.

Primero los aborígenes y, más tarde, los colonizadores europeos, aprovechan y explotan los recursos que ofrece el Teide y su entorno. El pastoreo, la recogida de leña y cisco, el carboneo, la apicultura y, más adelante, la extracción de minerales, entre las que destaca la de azufre y piedra pómez, junto con la retirada de tierras de colores, de flores, de hielo y agua, se mantienen hasta que en 1954 todas las actividades de explotación en la zona son interrumpidas con la creación del Parque Nacional, que lo dotará de un reglamento que regirá el espacio natural protegido.

El Parque Nacional del Teide se configura a partir de elementos geográficos de rasgos morfológicos y  geológicos muy definidos, entre los que,  indudablemente,  destaca el Teide, formado en el Pleistoceno y situado en el centro de una gran depresión, la Caldera de Las Cañadas, limitada por una pared de abruptos escarpes y, al oeste, un desnivel de hasta 650 metros, dejando al descubierto los diferentes estratos de la historia geológica de la zona. También, entre la base del estratovolcán y el pie de la pared, existe un extenso campo de lavas y piroclastos recientes, procedentes del Teide – Pico Viejo y sus conos adventicios. Asimismo, el Parque Nacional también alberga nuestras espectaculares de volcanismo reciente, de fecha histórica, asociado a la emisión de magmas basálticos, como el Volcán de Fasnia, cuya actividad acaeció en 1705 y la erupción de Narices del Teide, ocurrida en 1798, cuyas lavas cubren una superficie de unos 4,5 kilómetros cuadrados dentro del Parque. Por su contenido, grado de conservación y excelente exposición, el conjunto volcánico del Parque Nacional del Teide constituye una referencia obligada, tanto para los científicos y estudiosos de la vulcanología, como para cualquier persona interesada en los procesos naturales o, simplemente, en su belleza estética.

En cuanto a su biodiversidad, el Parque Nacional del Teide es una de las mejores muestras a nivel mundial de cómo las fuerzas evolutivas han incidido sobre la flora y la fauna de la alta montaña oceánica, dando como resultado la existencia de una alta diversidad y una elevada tasa de endemicidad, difícilmente superables en la alta montaña continental, constituyendo el exponente más diverso y, probablemente, mejor conservado de los ecosistemas atlánticos de alta montaña insular. Desde el punto de vista ecológico, el Parque Nacional del Teide posee una biodiversidad excepcional, como puede atestiguar el hecho de concentrar en tan escaso espacio una flora y una fauna caracterizadas por su altísimo nivel de endemicidad. Un dato importante es que cerca de cincuenta especies de plantas vasculares y una importantísima biodiversidad faunística, tienen en el Parque sus únicas o sus mayores poblaciones en el planeta. La elevada endemicidad de Tenerife y de su Parque Nacional del Teide, viene propiciada por una situación excepcional en la que confluyen dos fenómenos de insularidad: la propia de una isla oceánica y por tratarse de una isla ecológica en altitud: El Teide es el punto más alto del océano Atlántico y Tenerife es la isla volcánica más alta del mundo tras Hawai.

A lo largo de la Historia el Teide y su entorno, también han jugado un importante papel en el avance de la ciencia y el conocimiento. Su territorio ha sido y es objeto y soporte de investigaciones científicas en diversos campos. Su proximidad a Europa, su carácter de encrucijada en las rutas oceánicas, sus ecosistemas y la accesibilidad del Teide explica que naturalistas, científicos y personajes de las élites cultas de Europa se sintieran atraídos, durante siglos, por el gran volcán. En la actualidad, el Parque Nacional del Teide recibe miles de visitantes cada día y más de tres millones y medio al año, que se reparten por su geografía admirando su belleza y su singularidad. No obstante, una adecuada infraestructura, con una buena organización, y un completo equipo humano que vela por el cumplimiento de las normas y por su conservación, hacen que el Parque se mantenga en óptimas condiciones.

Otro gran atractivo del Parque Nacional del Teide es su cielo nocturno. Contemplarlo en una noche sin Luna es una experiencia inolvidable. La altura del terreno y la ausencia de contaminación hacen que la bóveda celeste adquiera una luminosidad especial que permite al visitante observarlo como en ningún otro sitio. Por tanto, no es de extrañar que en sus inmediaciones se instalara uno de los observatorios astronómicos más importantes del mundo: el Observatorio Astrofísico de Izaña.

Aunque siempre hay muchas cosas que se pueden mejorar, lo cierto es que el Parque goza de una buena salud y está administrado con una especial sensibilidad que garantiza su conservación y el futuro para un paraje natural que es un orgullo para los tinerfeños y para todos los españoles.

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