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Ana María Matute y Eli Wallach toman el tren. Por Eduardo García Rojas

Eli Wallach se encuentra con Ana María Matute en la estación del tren. Wallach, un caballero, se acerca a la dama que no sabe donde poner las manos. Visiblemente nerviosa, probablemente porque no se da cuenta de dónde está. Tampoco Wallach pero esas cosas como que no le importan. Matute es la primera que lo reconoce cuando se acerca el señor Wallach, que de venerable caballero pasa a cuarentón con cara de gamberro.

– Usted es el feo.- le dice Matute elevando la voz, teñida por las sorpresa.

– ¿Feo yo?.- responde sorprendido Wallach.

– Sí, hombre, en aquella película…

Wallach asiente divertido y resignado. Hace, de hecho, la misma mueca de Tuco cuando le cantaba las cuarenta al Rubio. Nunca a Sentencia.

– ¿Sabe usted a que hora llega el tren?.- pregunta Ana María Matute sentándose en un banco con respaldo de acero.

– Ni idea. Disculpe un momento.- dice mientras se da la vuelta y se hurga los dientes con sus uñas, ahora largas y afiladas.

– Es que todavía tengo entre los dientes restos de los pastelillos envenenados que me comí en el Padrino III.- comenta.

Ana María Matute no hace caso… Olvidado rey Gudú.

– Yo es que iba para el teatro pero al final, ya ve, terminé en el cine.- dice Wallach sentándose a su lado.

– Yo soy escritora.

– ¿Qué libros ha escrito?

– Unos cuántos.- contesta Matute, sacudiendo la cabeza, como si quisiera espantar una mosca cojonera.

– ¿Como cuáles?

– Unos cuantos, ya le he dicho.

Eli Walach se encoge de hombros y estira las piernas.

– Está bonito esto.- dice por decir algo.

– Tiene su gracia.- admite Matute.

– Usted es española, ¿verdad?

– Sí.- responde Matute.

– ¿Conoce a Fernando Trueba?

La escritora asiente.

– Trabajé en una de sus películas, Two much. ¿La vio?

Matute niega con la cabeza.

– No se perdió nada.- concluye el actor.

Sopla algo de brisa.

Una brisa que levanta hojas de periódicos y envoltorios de helados y papel de plata.

– También trabajé en Vidas rebeldes. ¿Vio usted Vidas rebeldes?- antes de que ella conteste, prosigue Wallach.- pobre Marilyn. Y pobre Clark, fue su última película. En fin, ley de vida, ¿no le parece?

Ana María Matute cruza los brazos.

– Fui lo que se dice un actor de reparto imprescindible. La gente me reconoce. Vea, vea Los siete magníficos, Baby Doll, Mystic River… esa fue de las últimas… Demasiadas películas en las que asomo la cabeza.

A lo lejos se escucha el silbido del tren.

– En fin, podría pasarme el día hablando de todas ellas, aunque he terminado por confundirlas. No la estaré molestando, ¿verdad?

Ana María Matute lo mira.

Una mirada extraña, casi parece que va a abrir la boca pero cierra sus labios como si tuvieran un candado.

El actor, pasado de vuelta, no le presta demasiada atención. Se pone en pie cuando el tren aparece en la estación.

– ¿Cómo se llamará este lugar? – pregunta.

Vuelve a soplar algo de brisa, que levanta hojas de periódico y envoltorios de plata.

– Me pregunto que tenemos en común usted y yo.- Dice Ana María Matute entrando primero en el tren al cederle el paso Walach.

– Supongo que una larga y provechosa vida.- responde el actor mientras suena el silbato de la locotomora.

Saludos, viajeros, al tren, desde este lado el ordenador.