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Fiebre de caballos, una novela de Leonardo Padura. Por Eduardo García Rojas

No la ves, y te dejas caer hacia atrás. Por primera vez en la vida no te importa que el pelo se te llene de arena. ¿Recuerdas? Te sientes invencible. Solamente invencible y piensas que tu guerra valía la pena. Valía más de lo imaginado. Apoyándote en el codo te inclinas sobre ella y la vuelves a besar. Lo besos regalan un sabor inexplicable, como si mezclaras varias frutas prodigiosas. Son besos distintos a todos los besos que habías dado, distintos a todos los besos que darás.”

(Fiebre de caballos, Leonardo Padura. Editorial Verbum, 2014)

Leonardo Padura advierte con pudor a los lectores en el prólogo de Fiebre de caballos que se trata de su primera novela. Una obra pequeña en la que reconoce errores de principante, pero de la que se siente satisfecho a pesar de sus irregularidad. Nosotros añadiríamos que la aparición de este libro –que apenas supera el centenar de páginas– es un título hasta ahora poco conocido entre los aficionados a su literatura. Una literatura a la que Padura ha aportado su peculiar y desencantado policía y más tarde investigador Mario Conde.

Un aviso importante, Fiebre de caballos no tiene nada que ver con Conde, aunque ya se aprecia el pálpito de muchas de las claves que sostienen no ya su geografía literaria condeniana, sino la que abarca una producción que va más allá de sus críticas y apasionantes novelas policíacas: un universo inevitablemente cubano, empañado de fe en el amor y que en Fiebre de caballos obliga ajustificar el posterior devenir de su narrativa.

No es sin embargo Fiebre de caballos una novela redonda, y así lo reconoce Leonardo Padura en el prólogo de esta edición que presenta Verbum. Por ello, hay que leerla desechando la información que el lector iniciado cuenta del escritor y adentrarse en su Fiebre con la misma inocencia con la que se adentra en relatos y novelas que llegan de casualidad y que, una vez comenzados, se detecta en ellos una serie de constantes conocidas.

Como otras historias de Padura, en Fiebre de caballos se aprecia un sustrato a medio camino entre la resignación y la nostalgia por un tiempo perdido. También una perturbadora inocencia en el estilo y en la forma para los iniciados en la producción posterior del escritor.

En este aspecto, donde hoy se desarrolla un profundo y complejo desencanto, apenas se entrevé las mismas claves en su primeriza Fiebre de caballos, una novela que no deja de ser, sencillamente, una de amor. Y como toda novela de amor que se precie, una novela con inevitable final infeliz, que no amargo.

Por eso, y tras superar las flaquezas y balbuceos de su primera experiencia literaria, el interés de Fiebre de caballos es como un anticipo de lo que más tarde ofrecerá un escritor que, poco a poco, se convenció que lo suyo era escribir ficciones. Alejado ya del lastre periodístico en el que un principio se fogueó antes de saltar a la arena literaria.

En Fiebre de caballos se nota, además, el nacimiento de un estilo. Un estilo aquí aún enclenque, que no sabe mantener el equilibrio. Pero sí simiente del que brota, ocasionalmente, destellos de talento. El mismo talento ahora consolidado que se rastrea en su obra posterior.

El protagonista de Fiebre de caballos es Andrés, un joven estudiante y deportista que se enamora de una atractiva vecina algo mayor que él, Cristina, que tiene un extraordinario parecido con la actriz estadounidense Natalie Wood. También es el relato del fin de la adolescencia. Una adolescencia hasta ese momento instalada cómodamente en el pequeño círculo de sus amigos y compañeros de curso, su madre y su tío.

La vida de Andrés está marcada por dos tragedias familiares: la repentina muerte de su hermana pequeña y la huida del padre a los Estados Unidos. Padura cuenta todo esto recurriendo a una voz narrativa en tercera persona que puede ser la de uno de sus amigos de aquella época. Y voz que recuerda esta historia de iniciación. El doloroso y traumático proceso de transformación de un joven a la edad adulta.

Fiebre de caballos brilla también porque tiene bastante de retrato generacional. Y de una realidad, bien es verdad que descrita a base de pinceladas, de la sociedad cubana de aquellos años. La de la década de los ochenta. Decenio en el que aún era posible creer en prodigios ante de que los arrollara la debacle que vino a continuación y que en ese país se denomina como Período Especial.

No hay, por lo tanto, una crítica sutil al sistema cubano, como sí se lee en otros títulos de Padura, sino una necesidad por narrar la historia de un primer amor. El primer amor de un muchacho hacia una exuberante mujer en la que se confunde lo carnal, lo físico cuando se mezcla con la fiebre de contradictorias emociones. O una obsesión que está a punto de desbaratar a su protagonista masculino, quien sale de la experiencia más fuerte porque asume que “el dolor de ahora es la felicidad de entonces“, citando a C. S. Lewis.

No es un mal libro Fiebre de caballos para adentrarse en el universo literario de Padura. Un escritor quizá un poco harto de su Mario Conde, y al que le urge contar nuevas historias más allá de su desencantado investigador. Sus otras novelas, las que no tienen nada que ver con Conde, están marcadas también por el desamor y esa búsqueda continúa, valiente y algo cansada por volver a encontrarlo.

Recuperar el sabor de unos besos que ya no han vuelto a ser los mismos.

Saludos, ayer fue Noche de San Juan, desde este lado del ordenador.

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