FIRMAS Marisol Ayala

La alumna amante y el jefe militar. Por Marisol Ayala

Que el lector lo sepa: A partir de aquí, de la primera línea, me inventaré la historia que pienso escribir como si se tratara de un cuento salido de mi mente calenturienta; nada es real, es una fabulación, una ensoñación. Un invento. Si alguien cree que la historia le resulta conocida, que sepa que está en un error. O no. No existe, creo yo. Será casualidad.

Pongamos que todo pasó en un emblemático edificio sanitario, uno de los más grandes de Canarias. Un edificio construido hace 40 años, en los años en los que la disciplina férrea, la ausencia de libertad y las amenazas eran el pan nuestro de cada día. Hablo, digo, de un centro sanitario cuya autoridad máxima la ostentaron durante años los militares, tan ordeno y mando ellos, tan incapaces ellos de bajar un escalón pero con capacidad y complejos suficientes para imponer al personal normas cuartelarías que incumplirlas suponía un expediente y a la calle.

Sobra decir que la dura disciplina y las normativas sobre moralidad afectaban especialmente al personal femenino del centro; es decir, recato hasta el ridículo. No faldas cortas, no uñas pintadas, y botones cerrados hasta el mismo cuello. Todo el recato para el personal pero que los jefes bien que se pasaban el citado recato por el arco del triunfo. La máxima autoridad del edificio del que hablo, militar claro, era el encargado de amedrentar, despedir, gritar y vejar a los trabajadores exigiendo a voz en grito ese principio de orden y moralidad del que hablo. Rectitud ante todo. Con el tiempo el personaje que más disciplina imponía, ése del que no recuerdo su nombre, comenzó a cortejar a una estudiante en plantilla a la que engatusó –a ver quién era la guapa de la época que le decía “no” a semejante energúmeno- dándole un manojo de llaves de despachos, de zonas intransitables, de archivos, zonas prohibidas, etc., hasta hacerle sentir su mujer de confianza. Nunca mejor. Les separaba 40 años. Él un viejo, ella una jovencita.

Ese coqueteo, o mejor, ese acoso por galones, era un secreto a voces en el centro hasta que finalmente la joven seducida comenzó a vivir en una de las habitaciones del centro médico, acondicionada a modo de apartamento en el que recibía las continuas visitas del anciano jefe decrépito quien alargó esa relación amorosa por los siglos de los siglos. Staf y personal eran conocedores de la buena amistad entre ambos pero solo el paso tiempo quitó mordazas y permitió verbalizar la inmoralidad, no por la relación en sí misma, no, simplemente porque quienes más disciplina y orden imponían eran los primeros en violarla con el beneplácito de otros jefes que para no poner en peligro sus cargos callaban, miraban y reían. Moralidad para la tropa que el inmoral mayor soy yo, con galones y mando en plaza.

Hace unas semanas quienes han estado vinculados al centro hablaban al fin avergonzados de lo que veían en las rondas y que estaban obligados a silenciar, ¿a quién iban a denunciar lo que veían si todos los jefes eran consentidores de tamaño abuso de poder? La empleada fue durante años amante del gran jefe y las limpiadoras tenían la obligación de mantener limpia como una paneta la habitación, el nido de amor del jefe y subordinada, sin rechistar. Sin hacer preguntas. Esa relación sentimental en un centro público de la ciudad de Las Palmas de G.C. corrió a cargo del Cabildo Insular de Gran Canaria. La cama, la limpieza, la comida, el mantenimiento, todo. En fin, hipocresía y descaro. Y no saben ustedes lo que me duele que a estas alturas de la vida me haya vuelto prudente y no sea capaz de mencionar a nadie. Y debiera. Vaya que sí. Un centro oficial convertido en prostíbulo y pagándolo nosotros. Inmorales.

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