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Río sin retorno brilla como un dólar. Por Eduardo García Rojas

Nadie habla demasiado de Río sin retorno cuando a mi me parece una de las mejores películas protagonizadas por Marilyn Monroe y Robert Mitchum. Tras las cámaras se escondía el genio prusiano de Otto Preminger, uno de esos cineastas de los que casi nadie, ya ven, habla hoy demasiado…

Río sin retorno es una de las primeras películas que encendieron mi hoy devaluado entusiasmo por el cine. Y tras volverla a ver no-sé-cuántas-veces, me sorprenda gratamente que aún continúe encendiendo mi devaluado entusiasmo por el cine.

Un cine hoy perdido, acotado al menos el que se estrena en las grandes pantallas de la provincia en la que hago que vivo. Falsa imitación de una vida que solo películas como Río sin retorno pulveriza porque hace sentir que soy capaz de enamorarme de cualquiera, aunque se trate de la cantante de un salón del salvaje oeste o de un recio granjero con hijo mientras navegan por las turbulentas aguas de un río que algún cretino entenderá como metáfora perfecta de la vida porque puso equivocada atención cuando le enseñaron poesía…

Veo una vez más Río sin retorno, que celebra este año su sesenta aniversario igual de viva que la primera vez, aunque lamento la calidad del color y el sonido de la cinta, dañado por la mordedura del tiempo. No obstante, doy gracias a los dioses por volver a descubrir un filme que ya forma parte de la filmoteca particular que he ido configurando a lo largo de mi existencia. Que es la existencia que se desliza por ese río sin retorno.

Tarareo de vez en cuando el One Silver Dollar que de mano en mano va mientras contemplo uno de los western más involuntariamente western de la historia del cine no solo porque significó la única película del género que dirigió Preminger e interpretó Monroe, sino porque su historia esta armada con una sencillez que desarma y transpira aún un contenido sexual que emociona y, quiero creer, hizo cumplir en la ficción algunos de los sueños que su protagonista quiso ver hechos realidad a lo largo de su complicada vida.

Que comparta la historia con Robert Mitchum es otro añadido a la devoción que profeso por Río sin retorno. Y todo esto asumiendo que no fue un actor de variados registros, que se la sudaba el arte de la interpretación y todas esas milongas que se cuentan en torno a él, sino porque no podría haber sido otra la estrella masculina de un filme en el que lo que importa no es ya que sus protagonistas se salven sino en mostrar con crudeza cómo nace entre dos individuos radicalmente opuestos, diferentes, una semilla que llaman amor y la de una futura familia capaz de enfrentarse a toda clase de adversidades.

Vuelta a ver, y coincidiendo por esos caprichos de la naturaleza con su sesenta aniversario, Río sin retorno me parece emotivamente perfecta. Una joya pequeña que brilla entre otras joyas más grandes, con luz propia.

Con ella me encontré por primera vez con Marilyn Monroe y el flechazo provocó chispas en mi imaginario porque pertenezco a la legión de espectadores que se enamoraron platónicamente de una mujer que aún hace derretir hasta el más sólido de mis prejuicios.

Y toda esta relación con un niño al fondo, como lo fui yo cuando la descubrí en la pantalla de un televisor hace muchos años, y tiros, caballos, pieles rojas y una balsa que navega sin retorno por las caudalosas aguas de un río no porque sople el viento sino con el impulso de un sentimiento que, ya lo dice Marilyn Monroe en la película, tiene forma de dólar brillante.

Saludos, permanezcan en sintonía, desde este lado del ordenador.

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