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Calor y lluvia tonta en la XXVI Feria del Libro. Por Eduardo García Rojas

Las Ferias del Libro que se celebran a este lado del Atlántico suelen ser conservadoras en sus propuestas. Este año más, lo que justifica unificar presupuestos y desarrollar las dos grandes ferias (Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria) los mismos días y mucho me temo que bajo el mismo cielo encapotado y caprichoso.

Otras de las novedades de este año es además de la instalación de una caseta que funciona a modo de bar, quizá lo más destacable; la presencia de escritores peninsulares en ambas capitales prestos a firmar sus últimos libros.

Uno de ellos, probablemente el más conocido, Javier Reverte, quien ayer intervino en el acto inaugural tras cederle la palabra Inés Rojas, consejera de Cultura, Deportes, Políticas Sociales y Vivienda del Gobierno canario. Al finalizar el acto, me cuentan que Rojas con Reverte al lado lo fue presentando a los libreros como quien muestra a un perro verde.

En cuanto a ventas, que para eso se pensaron las ferias del libro, ayer fue un día muy irregular aunque el sector confía en rentabilizar la experiencia este largo fin de semana que coincide, justo mañana, 30 de mayo, con eso que llaman Día de Canarias.

El parque García Sanabria, ese hermoso y selvático pulmón verde en pleno centro de la ciudad, y calles adyacentes, estaban pobladas así de niñas y niños vestidos de magos. Todos desfilando y cogidos de la mano por una ciudad que no termina de darse cuenta de este milagro que es la Feria del Libro. Más en unos tiempos donde el puñetero libro cuesta un ojo de la cara y como decía Cervantes “el estómago es la antesala del alma.” Luego es lógico pensar que lector o no, uno se preocupe más por llenar la nevera que los estantes de su biblioteca.

La crisis invita a estas reflexiones que me asaltan inevitablemente mientras paseo y observo las novedades que se amontonan en las casetas. Aunque la que más visito es esa donde se vende, a precio de la voluntad del cliente, libros usados. Lástima pues que la Asociación de Libreros prohibiera tajantemente a uno del gremio de La Laguna que hiciera lo mismo con su stock. Aún recuerdo como gasté hace unos años mis últimos recursos económicos adquiriendo volúmenes a precios de risa…

Algo extraño me ha pasado, sin embargo, los dos primeros días de esta edición. Días en los que me he dedicado a explorar la Feria.

Es verdad que me encuentro con conocidos a los que no veía desde hace tiempo, y que te detienes un momento a charlar con ellos sobre el sexo de los ángeles. Pero estoy como desubicado, como si a esta feria le faltara algo.

Es verdad que está instalada en el García Sanabria tras evitarse el año pasado el disparate de encerrarla en cuatro paredes. Es verdad que se huele a papel y es verdad que te cruzas con paseantes arriba y abajo, pero no aprecio entusiasmo, ese amor que casi raya la devoción con el libro.

Tengo la sensación que camino por un escenario, y que en ese teatro es imposible que me encuentre con don Domingo Pérez Minik para tomar juntos un vaso de vino tinto del país y un plato de queso amarillo.

Respiro cierto artificio pero puede ser cosa de estos dos primeros días y que visite la feria unas mañanas calurosas y bajo un cielo plomizo del que cae de vez en cuando una lluvia tonta.

Alguien se queja, y por quejarse que no sea, hasta del hermoso cartel de la XXVI edición.

Lamenta el sujeto la ausencia de escritores canarios junto a gigantes de la literatura universal. Ni Benito Pérez Galdós se ha colado, critica este individuo que tras dejarme en paz vuelve a soltarle lo mismo a uno y a otro… Una señora, mientras tanto, intenta vender su libro de poesías y unos periodistas entrevistan a los autores de Yo fui a EGB, un título que me hace sentir más viejo de lo que soy…

La tarde del miércoles la pierdo, tras recorrer la feria, en la MAC, donde asisto a la primera jornada de Literatura Peruana donde Fernando Iwasaki y Raúl Tola no aportan nada nuevo sobre La literatura antes y después de Internet porque, como dijo Traci Lords, ya conozco la historia y no me gusta el final.

Esperaba otra cosa. Un diálogo en el que me hablaran de su literatura y de cómo es el oficio de escritor en Perú tras Mario Vargas Llosa, a quien respeto como autor pero no tanto por lo que piensa…

Pero el debate, simpático porque está salpicado de bromas, se mueve por las nuevas tecnologías lo que hace que me levante y me pierda en una ciudad que estoy empezando a notar más moribunda que viva. Aunque es probable que sea yo el que se sienta más moribundo que vivo…

La culpa debe ser del tiempo. De un cielo encapotado y de un calor húmedo que me hace derramar lágrimas por el ojo izquierdo.

Llevo bajo el brazo Carlos de Europa, emperador de occidente, del hispanista británico D. B. Wyndham Lewis. Lo adquirí en la caseta de libros usados, de esos que compras por la voluntad y cuyo euro entiendes que está destinado a una asociación que vela por los parias que hoy somos legión en el mundo.

La mujer que vende sus poemas insiste en que le compre su libro. Y más allá dos tipos se empeñan en que dé la voluntad para que adquiera un periódico de un partido de izquierdas que ya creía desaparecido.

Una voz grita: ¡adiós, Rojas! y una conocida no deja de hablar por el móvil dando vueltas y vueltas. La noto excitada. Esa excitación que a mi me falta, como si fuera solo un escéptico espectador en esta comedia en la ha terminado por convertirse la Feria del Libro.

Saludos, vencerán pero no convencerán, desde este lado del ordenador.

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