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Pero hermoso. Un libro de jazz, de Geoff Dyer. Por Eduardo García Rojas

El día toca a su fin  y la gente no puede seguir obviando la persistente sensación de futilidad que ha ido intensificándose a  lo largo de la jornada, conscientes de que se sentirá mejor cuando se despierten y vuelva a ser de día, pero conscientes también de que cada día conduce a esta sensación de aislamiento silencioso. Que los platos estén primorosamente recogidos o el fregadero repleto de vajilla sucia  no cambia nada porque todos estos detalles –la ropa colgada en el armario, las sábanas de la cama— cuentan lo mismo: que se acercan a la ventana y miran las calles iluminadas por la lluvia preguntándose cuántas personas más estarán mirando igual que ellos, personas que esperan con ilusión el lunes porque los días laborales tienen un propósito que se desvanece el fin de semana, cuando solo quedan la colada y la prensa. Y conscientes también de que estos pensamientos no comportan revelación alguna  porque a estas alturas forman parte de la misma rutina de desesperación soportable, una recapitulación que constantemente se funde con el día a día. Un momento del día en que es posible arrepentirse de todo y de nada al mismo tiempo, cuando el único deseo de todos los solteros es que alguien los ame, que alguien piense en ellos aunque esté en la otra punta del mundo.”

(Pero hermoso. Un libro de jazz, Geoff Dyer. Traducción: Cruz Rodríguez Juiz, Literatura Random House)

Ha tardado veintitrés años en publicarse en España pero como me dijo en cierta ocasión un profesor de cuyo nombre no quiero acordarme: más vale tarde que nunca porque ante libros así merece la pena cualquier espera… Su título es Pero hermoso, un libro de jazz en los que su autor, el periodista y escritor Geoff Dyer, ofrece ocho retratos de grandes músicos y compositores que entregaron su vida a un tipo de música que enciende turbulentas pasiones entre los aficionados, y cuya banda sonora acompaña buena parte de su existencia con similar capacidad de improvisación.

Los retratos –más literarios que biográficos– que despliega Dyer están escritos con épica franqueza y revelan a un autor profundamente conocedor del jazz y algunos de sus más grandes artistas.

El ensayo se mezcla así con la narración para componer un relato conmovedor que indaga en las entrañas de una serie de músicos que vivieron, en la mayoría de los casos hasta el límite de sus fuerzas, su relación con la música. Una música, el jazz, que habla sobre las realidades que te rodean.

Pero hermoso es uno de esos libros que consiguen que veas a través de ellos. También, que observes con curioso detenimiento tus demonios particulares. Demasiadas las vibraciones que me han empapado durante una lectura que demoré con el único objeto de sentirme otra persona.

Por sus páginas y pese al poco mimo de la edición española, desfilan grandes solistas y creadores. La mayoría de ellos marginados que se ahogaron en litros de alcohol y consumiento todas clase de drogas. Víctimas también de una enfermiza segregación racial, cultural, social.

El libro de Dyer cuenta esto y más con muy buena música. Y te invita a viajar por la carretera junto a Duke Ellington y Harry Carney; y vivir momentos, instantes que pudieron ser definitivos, en las trayectoria profesional y vital de Lester Young, Thelonius Monk, Bud Powell, Ben Webster, Charles Mingus, Chet Baker y Art Pepper.

Escribe Geoff Dyer en el epílogo de la obra y con el título de Tradición, influencia e innovación: “el oyente contemporáneo se enfrenta a un problema similar al del intérprete contemporáneo. Cuando hoy ponemos un disco de jazz, “tratamos de oír una voz distinta, si podemos, y, si esa voz no esta ya un tanto diferenciada de la de sus precursores y colegas, dejamos de escucharla, sin tomar en cuenta lo que está tratando de decir.”

En el caso del jazz tal vez eso se aplique con más fuerza a los maestros del pasado que a los intérpretes contemporáneos. Jorge Luis Borges ha señalado que ahora nos parece que el Ulises, como nos lo encontramos primero, va antes que La odisea y exactamente de igual modo Miles va antes que Armstrong, Coltraine antes que Hawkins. Por lo general, la persona que se acerca al jazz aterriza en algún punto (Kind of Blue suele ser un punto de partida habitual, pero para muchos, cada vez más, será John Zorn o Courtney Pine)  y a partir de ahí avanza y retrocede. Es una lástima, puesto que el jazz se aprecia mejor cronológicamente (Parker impresiona menos si llegamos a él a través de los gritos de Pharoah Sanders). Y en un sentido más general, incluso aunque nunca hayamos escuchado sus discos, oímos a Louis Armstrong, Lester Young, Coleman Hawkins, Art Tatum y Bud Powell prácticamente en todos los temas de jazz con lo que nos topamos. Cuando por fin escuchamos a Bud Powell cuesta ver qué tenía de especial: suena como cualquier pianista (aunque lo que queremos decir en realidad es que todos los demás pianistas suenan como Bud Powell). El lado positivo de esta relación con el pasado es que ahondar en la tradición puede deparar tantos descubrimientos como avanzar hacia el futuro.”

Hacen mal, y está escrito con el corazón y algo de cabeza, que desaprovechen la oportunidad de leer este libro. Con independencia de sea o no aficionado al jazz, esa música que alguno denominó despectivamente de y para negros pero que mostró otra clase de latido para contar el mismo sentimiento.

Los ocho cuadros que escribe Dyer sobre algunas de las leyendas del jazz trasciende el pálpito sonoro para convertirse en lecciones –en ningún caso morales sino creativas y sentimentales– sobre el arte de crear a través de la música.

Un libro hermoso.

Tan hermoso como el jazz.

Saludos, ya saben, desde este lado del ordenador.

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