FIRMAS Juan Velarde

Adolfo Suárez: el hombre que trajo la concordia a la política. Por Juan Velarde

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Se nos ha ido Adolfo Suárez. Desgraciadamente, no es novedad porque ya su hijo, Adolfo Suárez Illana, hacía público un comunicado el pasado viernes 21 de marzo de 2014 en el que se resaltaba que las previsiones más optimistas le daban 48 horas de vida y que todo lo que viniese de propina estaba ya en manos de Dios. Quizá ahora, y solamente ahora, se le dé el verdadero valor al fundador de la UCD y del CDS. Con sus luces y sus sombras, lo cierto es que este ex presidente del Gobierno siempre ha sido un ejemplo de lo que debería imperar en política, saber renunciar al poder cuando las circunstancias así lo exigían.

Suárez, tan denostado durante su etapa en activo, sobre todo porque siempre se le consideró un pelele del tardofranquismo, una marioneta designada por las oscuras maniobras del poder dictatorial, supo ver cuáles era los tiempos de cambio que se avecinaban en esta nuestra España. Fue el que capitalizó, contra la firme oposición de gente como el ya también fallecido Manuel Fraga, la legalización del Partido Comunista. Hubiese sido un anacronismo y una contradicción querer entrar en un nuevo tiempo político, aprobar una Constitución y tener arrinconada a una opción política como la del PCE. Su representatividad, grande o pequeña, no podía ser denostada o siempre se hubiese acusado a este político de haber mantenido los tics de autoritarismo y dictatoriales del gallego de El Ferrol.

Sin embargo, Suárez se encontró en una situación en la que, estando todos de acuerdo en que las reglas del juego debían ser otras diferentes, abiertas a la participación sin fisuras de todas las opciones políticas, lo cierto es que se encontró con una honda oposición por parte del emergente PSOE, de Alianza Popular y, quizá lo peor, dentro de su propio grupo, la UCD, donde confluyeron demasiados arribistas, políticos con lealtades (in)sobornables. Y es que Suárez se encontró con un curioso problema, se encontró con el poder, pero sin partido formado, una situación al revés de lo habitual, que es la de tener una formación constituida y luchar por rascar bola.

A partir de ahí, cuando se va de la UCD y pone en marcha el CDS, ya nada sería igual para que político abulense. Elección tras elección su fuerza va perdiendo brillo, fuelle e incluso se mete por medio el innombrable de Mario Conde, un genio, irónicamente hablando, de las finanzas y de convertir en terracota todo lo que era oro. Puso su mirada en el CDS y de sus siglas no quedaron ni las más míseras migajas.

Sólo ahora, cuando Suárez ha pasado verdaderamente a ser Historia de este país, es cuando se habla bien del líder de Cebreros, el hombre que con una situación social, política y económica cogida con alfileres intentó poner a España en la autopista de la democracia, volver a ser tenido en cuenta en el concierto internacional. Pero la política, si sucia es ahora, no le iba a la zaga en aquella época. Tiene gracia ahora escuchar a Alfonso Guerra glosar y elogiar la figura de Suárez cuando en los albores de los 80 le llegó a tildar de tahúr del Missisipi. Es como para que se te caigan los palos del sombrajo. En fin, descanse en paz, don Adolfo. Seguro que allá arriba, donde nuestros ojos no pueden llegar, sus promesas terrenales habrán sido mejor consideradas.

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