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Cuarenta años después y en Primera plana. Por Eduardo García Rojas

Billy Wilder no se cansaba de contarlo. Está frente a la puerta donde reside Sigmund Freud, “Bergasse, número 19″. El objetivo es tomar unas declaraciones del padre del psicoanálisis para un reportaje de Navidad del periódico Die Stunde en el que exprese su opinión sobre “el nuevo movimiento político en Italia”.

El fascismo.

Freud sale a recibirle con una servilleta atada al cuello –es la hora del almuerzo, recuerda el cineasta– y pregunta: “¿Periodista?”

Billy Wilder: Sí, tengo unas cuantas preguntas.

Sigmund Freud: Ahí está la puerta.

“Me echó” recordaría años más tarde a Cameron Crowe en Conversaciones con Billy Wilder, un clásico ya de los libros de entrevistas con directores de cine que tenían claro que era esto del cine.

Pero antes, antes del cine, Billy Wilder fue periodista.

Me pregunto si es una clave para darle sentido a su cabeza. Cabeza en la que habita “un cerebro lleno de cuchillas”  como dijo William Holden, actor con el que trabajó en algunas de sus mejores películas.

El caso es que a Wilder le gustaba contar que él, Billy Wilder,  antes de cineasta fue periodista. Y que entonces se llamaba Samuel Wilder.

Si leen el libro de Crowe, parece que muestra orgulloso la medalla fantasma que significó pertenecer a esta familia.

De ratones y hombres que son ratones es de lo que habla Primera plana, película que celebra su cuarenta aniversario y en la que Billy Wilder junto a su guionista I.A.L. Diamond rinde su peculiar homenaje al que posiblemente sea uno de los oficios más viejos del mundo.

Primera plana es, además, la segunda incursión del director en el mundo del periodismo. Aunque en esta ocasión evadió el corrosivo drama de un periodista sensacionalista, El gran carnaval (1951);  para apostar por un discurso igual de corrosivo pero en clave de comedia satírica sobre los chicos de la prensa.

La mirada que vuelca Wilder en Primera plana es igual de feroz a la de El gran carnaval, pero el punto de vista se amplía a sus dos personajes protagonistas. Es decir, que lo mejor de la película es ver a Walter Matthau y Jack Lemmon juntos haciendo lo mismo que el protagonista de El gran carnaval: todo vale para conseguir una exclusiva.

¿Qué son los periodistas?

Animales que buscan la Primera plana, cuenta Billy Wilder.

Y un veneno que cuando te llega a las venas carece de antídoto. Por mucho que Hildy Johnson (Jack Lemmon) –antes de que vuelva a recuperar el olfato por la noticia– anuncie –¡albricias!– que abandona la profesión por una bonita esposa y trabajar en una agencia de publicidad.

HILDY JHONSON: Los periodistas son un hatajo de pobres diablos, con los codos raídos y los pantalones llenos de agujeros, que miran por la cerradura y que despiertan a la gente a medianoche para preguntarle qué opina de Fulanito o Menganita. Que roban a las madres fotos de sus hijas violadas en los parques. ¿Y para qué? Pues para hacer las delicias de un millón de dependientas y amas de casa. Y, al día siguiente, su reportaje sirva para envolver un periquito muerto.

Aunque su jefe y mentor, Walter Burns (Walter Matthau), no se crea nada.

Nada de nada.

Ya saben, que Hildy Johnson deje el periodismo.

¿Deje el periodismo?

“Eso sería como quitarle las manchas a un leopardo o convertir a un caballo de carreras en uno que arrastra el carro de la basura” le comenta a la prometida de Hildy, una novia con el aspecto de una jovencísima Susan Sarandon.

El problema, y esto es algo que no entiende la novia de Hildy, es que Hildy ya está casado.

Casado con su oficio y con su jefe en una de las relaciones de complicidad masculina más sádicas y divertidas que he podido ver en el cine.

Creánme si les digo que san Sam Peckimpah solo se quedó con la amistad traicionada y que con san Billy Wilder hay otras caprichosas lecturas.

Primera plana es una versión de la obra teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur, y ya contaba con varias adaptaciones al cine como Un gran reportaje (Lewis Milestone, 1931) y Luna nueva (Howard Hawks, 1941).

Luna nueva es una de las grandes comedias de Hawks pero apunta en otras direcciones. Como en otra dirección hubiera apuntado Primera Plana si hubiera contado con Paul Newman y Robert Redford como pareja protagonista. Un año antes se había estrenado El golpe (George Roy Hill, 1973), y estaban de moda Redford/Newman y el cine con ambiente en los años treinta.

Claro que como setencia Wilder en el libro de Crowe: “no habría conseguido tantas carcajadas, si lo hubiera hecho.”

Primera plana se estrenó en unos años en los que el periodismo había recobrado fiabilidad tras  el escándalo Watergate, lo que no deja de ser paradójico.

Lo de paradójico es porque es una de las comedias más salvajes que se han rodado sobre el oficio del periodismo. Y lo paradójico es que aún funcione como artefacto. Como bomba de relojería porque todo vale para conseguir la exclusiva. Esa misma exclusiva que al día siguiente servirá a los lectores para envolver las sobras de la cena o como papel higiénico en un bar de carretera.

La grandeza de Primera plana es que como película continúa siendo químicamente corrosiva. Pero no solo con los periodistas sino también con esa entelequía que llaman sistema.

Todo un puto negocio.

Diálogos inteligentes y un final que apunta hacia lo dulce pero que, rápidamente, da un giro para transformarse en broma pesada y con poso amargo sigue siendo –a mi juicio–  una de las declaraciones de amor más sinceras que se han rodado jamás sobre los periodistas.

Y sin perder su origen teatral –el filme transcurre en apenas tres o cuatro escenarios diferentes– al que Wilder y Diamond añaden litros de humor corrosivo. Lejía en estado puro porque Primera plana escuece. Y lo mejor de todo es que cuarenta años después continúa escociendo.

Pero que cada uno saque su broma.

La broma que palpita en su mirada al mundo del cine en El crepúsculo de los dioses, un guionista que termina siendo mantenido por una estrella del cine mudo; o sobre un arribista de cuello blanco que presta su Apartamento para que los jefes desahoguen sus infidelidades.

Primera plana es una de esas película donde no queda tonto escribir que no cansa ni fatiga verla. Y con la que te partes en dos casi muerto de la risa…

También es una de esas películas que hace que me dé cogotazos por no tener a un profesor como Walter Burns para enseñarme ética periodística…

¿Buenas noches y buena suerte?

Saludos, extra, extra, desde este lado del ordenador.

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