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Anoche soñé que Joan Fontaine… Por Eduardo García Rojas

Una vez, hace ya muchos años, envié una solicitud para que una actriz de Hollywood me firmara una fotografía. No fue Ava Gadner ni Gene Tierney sino Joan Fontaine.

Conseguí su apartado de correos en la desaparecida revista de cine Casablanca, lo que animó a escribirle. El caso es que hubiera hecho lo mismo con otras estrellas si hubiera tenido su apartado de correos, pero solo tenía el de la señora Fontaine, hermana de Olivia de Havilland, actriz que afortunadamente aún continúa entre nosotros y con la que al parecer no se llevaba demasiado bien.

Estas cosas pasan en las mejores familias.

Al cabo del tiempo y cuando ya me había olvidado de aquel gesto impulsivo, recibí una respuesta de la secretaria de la señora Fontaine. Un texto breve y en inglés en el que se me informaba que si quería una fotografía autografiada tenía que pagar cinco dólares así que nunca envié los cinco dólares y por lo tanto me quedé sin una fotografía con la firma de la actriz.

Joan Fontaine ha muerto en un mes realmente funesto para los que nos educamos viendo películas. Para los que nos forjamos como espectadores gracias sobre todo al omnipotente y omnipresente cine norteamericano.

¿Fue Joan Fontaine una de mis actrices de cabecera?

No. Rotundo. Pero sí una actriz que estuvo presente en muchas de aquellas memorables sesiones.

La recuerdo, como casi todo el mundo, por los trabajos que realizó a las órdenes de Alfred Hitchcock. Frágil y vulnerable en Sospecha (1941), donde parece que Cary Grant, que hace de atractivo calavera, ¿quiere asesinarla para cobrar la herencia de su estirada y  multimillonaria esposa?

También en Rebeca (1940), un filme basado en una novela de Daphne Du Maurier que como saben es una escritora que, quienes siguen este su blog, tengo en alta estima.

Junto a Orson Welles, con quien hizo buenas migas llegando a colaborar sin acreditar en su Otelo (1952), Joan Fontaine construyó la que quizá sea la mejor Jane Eyre de la historia del cine en Jane Eyre (Robert Stevenson, 1943), y filme en el que colaboraron ilustres canallas de aquel Ciudadano Kane que tanto dolor de cabeza produjo como John Houseman (guión) y Bernard Hermann (banda sonora). Un tal Aldous Huxley se coló también en el proceso de escritura de la celebrada novela romántica de Charlotte Brontë… Un mundo feliz, como observarán.

Otra de sus grandes películas, de esas películas que, como contaba ayer tras conocer la desaparición de Peter O’Toole, denomino como la película, fue Carta a una desconocida (Max Ophüls, 1948). Está basada en un extraordinario relato de Stefan Zweig, un escritor judío y austríaco que acabó volándose la tapa de los sesos en Brasil junto a su esposa.

A Joan Fontaine la podemos encontrar también en un policíaco de alta carga sexual, Serenade, filme que circuló en España con el título de Dos pasiones y un amor (Anthnoy Mann, 1956) y que adapta una historia de James M. Cain en la que comparte cartel con Mario Lanza, Sara Montiel y Vincent Price. Antes, mucho antes de que el paso de los años castigara su tránsito existencial, había intervenido en Mujeres (George Cukor, 1939).

Sin embargo, suelo recuperarla con las ya citadas Rebeca y Sospecha y también en ese gran clásico del cine de aventuras medievales que es Ivanhoe (Richard Thorpe, 1952). Ivanhoe es una película de capa y espada inspirada en la novela de sir Walter Scott y en la que la turbia belleza de ojos violetas de Elizabeth Taylor apaga la presencia recatada y si quieren sutil de la Fontaine.

Antes de su retirada del cine, la actriz tonteó con el fantástico en Viaje al fondo del mar (Irwin Allen, 1961) y The Witches (Cyril Frankel, 1966). Intervino también en una adaptación para mi desconocida de Suave es la noche (Henry King, 1962) de Francis Scott  Key Fitzgerald.

Tras estas experiencias, la señora Fontaine buscó trabajó en la televisión, donde era habitual verla como estrella invitada aunque en el imaginario colectivo –y pese al paso de los años– siempre será Rebeca. Tanto, que en España dio nombre a esa prenda de vestir que luce en la película.

Su “Anoche soñé que volvía a Manderley” es una de esas frases que casi todo el mundo menciona aunque apenas recuerden que la dijo Fontaine. Trabajaba en la película también sir Laurence Olivier aunque yo solo tengo presente al ama de llaves reprimida y lesbiana que interpreta Judith Anderson.

Pero es otra historia.

Como otra historia es que en este mes cuajado de cadáveres exquisitos me acuerde de la carta que envié a su apartado de correos  y de la respuesta solicitando cinco dólares para obtener su fotografía autografiada.

Ha llovido mucho desde entonces.

Saludos, anoche soñé que Joan Fontaine…, desde este lado del ordenador.

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