FIRMAS Salvador García

Abonados a una penitencia histórica. Por Salvador García Llanos

Puede que haya llegado la hora de entonar un requiem por el periodismo en España. Se sabe que la cosa anda mal, que la crisis galopa, que los profesionales sufren…

Pero es que hoy el Gobierno ha querido dar la puntilla. Lo de menos es que algunos se presten: allá ellos, pero que no vengan a dar lecciones después. Y es que será el ejecutivo el que designe quiénes son los periodistas que podrán preguntar al presidente. Como lo leen: eso, en la España del siglo XXI. Hace poco, apenas una semana, desde el Gobierno se hinchaban -¡qué falsedad!- de hablar de valores de pluralismo y libertades en ocasión del aniversario constitucional. Hoy, la desfachatez ha llegado al límite de decir quién interroga y quién no. Sin palabras. Con razón hubo periodistas que abandonaron la sala de prensa del mismísimo Palacio de La Moncloa. Con razón ya hay medios que han anunciado que no cubrirán más convocatorias, al menos mientras prevalezcan estas circunstancias.
Mordaza, límites, condiciones, teledirección, selectividad, sectarismo, favoritismos… O sea, todo menos valores periodísticos. En esto han convertido Rajoy y los suyos la información en un país que parece condenado a sufrir todas las tribulaciones. Seguro que al PP les parecen pocas todavía. Baste seguir al ministro Montoro o a Hernando, que hace de viceportavoz parlamentario. Bravatas, amenazas, descalificaciones, fatuidad, jactancia… Horrible: esperábamos otra cosa del Partido Popular, simplemente más democrático.
Es un asunto que da para más y el que insistiremos. Nos preguntamos qué pensarán en Europa de estas prácticas. Y la indignación  que despertarán en las organizaciones profesionales.
El Gobierno está poniendo cierres, candados, dobles llaves y plasma al sagrado ejercicio de informar. El PP se pone en evidencia cuando ignora que la quintaesencia de la democracia es, precisamente, que los medios de comunicación puedan contribuir a fiscalizar la acción del ejecutivo. Flaco favor hace al sistema cuando actúa de la manera que lo hace desde que accedió al poder en las vísperas navideñas de 2011. Probablemente, con Aznar no se atrevieron a tanto.
No quieren preguntas, no quieren críticas, no quieren discrepancias, no quieren que la ciudadanía sepa. Es que si lo cuentan, igual no se cree. Por eso es bueno vivirlo. Que sigan así: se abonan a una penitencia histórica. Aunque se escuchen, por ahora, notas de requiem.

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