Sin categorizar

Ven y enloquece. Por Eduardo García Rojas

INTRO

Hay un puñado de películas sobre pequeñas ciudades y pueblos con chiflados que va más allá de lo que explora la casa encantada o las familias excéntricas y si quieren disfuncionales. Emplear la idea de la pequeña ciudad, del pueblo, es la de ampliar a la comunidad el radio de acción del malestar que se siente cuando se confía demasiado, o no se confía demasiado, en la colmena humana.

La mirada sobre este universo es en mucho de los casos de perfil fantástico y terrorífico, pero también hay comedias (Bienvenido Mr. Marshall, Calabuch) e incluso musicales (Brigadoon, La leyenda de la Ciudad sin Nombre, Un americano en París) que nos saltamos voluntariamente con el objeto de centrarnos solo en las visiones distorsionadas sobre la aldea y de cómo la lucha por sobrevivir afecta a sus habitantes.

En este aspecto, hemos optado por omitir películas como Los chicos del maiz (Fritz Kiersch, 1984) y series como El misterio de Salem´s Lot (Tobe Hooper, 1979), La tormenta del siglo (Craig R. Baxley, 1999) y La cúpula (Brian K. Vaugham y Niels Asrden Oplev, 2013) que adaptaron al cine y la televisión relatos y novelas del casi siempre atractivo Stephen King; así como películas de y sobre muertos vivientes deambulando por ciudades y pueblos (Zombi, Soy leyenda) y las que protagonizan bastardos con instintos homicidas que regresan para vengarse incluso de la tumba –ver Freddy Krueger– al entender que si bien la razón de su vuelta se debe a una confusa manera de interpretar la justicia de hombres y mujeres aparentemente normales, la presión que sufren los buenos ciudadanos tras perpetrar el sádico crimen contra el monstruoso marginado no sale a relucir salvo cuando la criatura objeto del punitivo castigo regresa con pésimo sentido del humor. No hay crítica pues a ese dicho que asegura que un pueblo chico es igual a un infierno grande.

Admitimos, en todo caso, la tentación de añadir en el listado producciones basadas en un popular vídeo juego como Silent Hill (Christophe Gans, 2006), una cinta con excelente atmósfera pero en la que el pueblo es, en esta ocasión, fantasma y una especie de antesala al mismísimo averno.

Somos conscientes que en esta breve selección nos faltan más títulos, algunos de ellos incluso fundamentales para ilustrar cómo condiciona la vida un pueblo donde todo resulta extraño y que guarda demasiados secretos en sus armarios, pero sí tenemos claro que los títulos que repasamos son los que deberían de figurar en un recorrido tan idiotamente ambicioso como el que hoy ofrecemos en este su blog El Escobillón.

MALDITO PUEBLO, MALDITO FORASTERO

La invasión de los ultracuerpos (Don Siegel, 1956).- Que una mañana te despiertes, desayunes y bajes a la calle para tropezarte con vecinos que no son los mismos es una excelente excusa para que La invasión de los ultracuerpos aparezca en una lista como ésta. El filme refleja el miedo y la paranoia en su estado más puro al proponer que la ciudad en la que vives y tu familia y tus amigos son diferentes. De hecho, parecen forasteros. O lo que es peor, tú eres el forastero. Basta con rendirte para dejar de serlo. La novela de Jack Finney dio y dará origen a varias versiones más, algunas de ellas tan notables como la dirigida por Phillip Kaufman y estrenada en 1978.

El pueblo de los malditos (Wolf Rilla, 1960).- Como George Sanders casi al final de la película, me he acostumbrado tapiar con ladrillo y cemento mi cabeza. La razón en el filme son seis niños de cabellos blancos que no nacieron, precisamente, del espíritu santo. ¿O sí?, allá cada uno con sus interpretaciones. Basada en la novela del mismo título de John Wyndham, El pueblo de los malditos contó también con una nueva versión, firmada por John Carpenter, aunque la que resplandece –y fue rodada en blanco y negro– es la de Wolf Rilla. Su inicio es ejemplar para capturar la atención del espectador.

El carnaval de las almas (Herk Harvey, 1962).- Algunos la han convertido en una película de culto porque son pocos, al parecer, los elegidos que la han visto. Sin pertenecer a esta legión, El carnaval de las almas es desconcertante. E inquieta pero sin demasiado fuelle. De todas formas, siempre da miedo sentirse perseguido por desconocidos. Más si eres  forastero en tierra extraña. ¿Forastero en tierra extraña?

2000 Maníacos (Herschell Gordon Lewis, 1964).- Durante años anduve como un penitente para ser bautizado en la religión de 2000 Maníacos, una película de culto de la que soy ahora apóstata una vez no quedé cegado por la revelación. Solo recuerdo de esta película la canción… Y a unos forasteros a los que quieren convertir en picadillo a golpe de martillo y canción.

The Wicker Man (Robin Hardy, 1973).- Es extravagantemente pop y es extravagantemente atemporal. Un sargento de Scotland Yard se traslada a una isla de la costa de Inglaterra que gobierna un hombre que parece un druida reencarnado. El filme cuenta con una nueva versión, dirigida por Neil LaBute y que se estrenó en 2006. Entre otras cosas, cambia el sexo del líder religioso. La catarsis, por lo tanto, no es la misma. Ni como habitante de ese pueblo ni como espectador.

La niebla (John Carpenter, 1980).- Que John Carpenter repita con dos títulos en esta lista tiene su lógica. Por un lado, porque es de los escasos cineastas cuya obra se emparenta inevitablemente con el género que nos ocupa, el fantástico. También porque se trata de un agudo aunque no redondo autor preocupado por exponer a sus personajes en situaciones extremas. La niebla es una de sus más pequeñas pero sin embargo grandes películas. Un filme en el que se saca los colores a los habitantes de un pequeño pueblo costero cuyos ancestros asesinaron a unos piratas para hacerse con su tesoro. Maléfico tesoro. El guión cuenta con ecos lovecraftianos pero sobre todo de ese fantástico marinero que describió con olor a sal William Hope Hodgson en algunos de sus mejores relatos. Con el mismo título pero inspirándose en un libro de Stephen King, Frank Darabont rodaría décadas más tarde una de las mejores –por siniestra– película de terror de los últimos tiempos. En esta ocasión, se reúne en un supermercado a los habitantes de una población acosada por extrañas criaturas que salen de… de la niebla.

Muertos y enterrados (Gary Sherman, 1981).- Con todos sus defectos, que los tiene como producción de mediano presupuesto, Muertos y enterrados es una cinta sobre el infierno y la resurrección de la carne. En una aparentemente tranquila población aparecen muertos de forma violenta forasteros, casos que el sheriff quiere investigar y el forense, en contra, solo reconstruir los cadáveres. Se dispara el misterio, se adereza con golpes de efecto y concluye con una parábola siniestra: darte cuenta que eres resultado de la obra de un dios al que se le ha ido la pinza.

En la boca del miedo (John Carpenter, 1995).- Hasta la fecha debe de seguir siendo la mejor película que ha adaptado al cine el universo Lovecraft, lo que podría convertirla en un título solo para iniciados. Probablemente sea, además, el filme más extraño y personal en la filmografía de su director, un tipo que incluso en sus horas más bajas, es un autor. Llámalo autor de género si quieres.

La quinta estación (Peter Brosens & Jessica Woodworth, 2012).- ¿Cómo afectaría el fin del mundo en una pequeña comunidad rural? Esta y otras claves son la que plantea esta pareja de cineastas en esta extraña y poética cinta, repleta de referencias y rodada con refinada y hasta torturante lentitud. La película obtuvo el premio Alex North en la primera edición de Fimucinemá celebrado este año dentro de la programación del séptimo Festival Internacional de Música de Cine de Tenerife Fimucité.

The Purge (James DeMonaco).- El planteamiento inicial es uno de los más inteligentes que he encontrado en el cine fantástico de los últimos años. En un futuro cercano, los Estados Unidos han logrado reducir a mínimos históricos los índices de criminalidad y desempleo instituyendo un día con doce de sus horas para que la gente dé rienda suelta a sus instintos más agresivos porque en ese periodo toda actividad criminal es legal. Para nuestra desgracia, la cinta no profundiza en esta nota (doce horas en la que amigos ya no son amigos, en las que puedes acercarte a la casa de tu jefe para purgar en él tu falta de autoestima; en la que los amantes no resultan tan amantes y en la que el vecino llama a tu puerta no para pedirte azúcar, precisamente) sino que degenera en una película de justicieros con sabor familiar pero sin el pulso feroz de una de Charles Bronson. Con todo, la película invita a una curiosa y poco sana reflexión sobre la gente que te rodea.

Saludos, se acabó lo que se daba, desde este lado del ordenador.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario