FIRMAS Juan Velarde

Sobrevolando el esperpento. Por Juan Velarde

España no despega, y no es en sentido puramente metafórico. El pasado lunes 25 de noviembre de 2013 pasará a los anales de nuestra más negra historia como el día en que toda una alta autoridad como el Príncipe Don Felipe de Borbón se tuvo que quedar en tierra porque el avión que debía llevarle a Brasil no funcionaba adecuadamente debido a unos fallos en los flags (sí, esos mismos que tampoco operaron cuando el famoso accidente del Spanair del 20 de agosto de 2008 y que dejó segadas las vidas de 154 personas). ¿Plan B para intentar que la expedición española compuesta, aparte de por el heredero de la Corona, por medio centenar de empresarios y varios enviados especiales partiera de Madrid hacia el país carioca?

Pues ninguno, sólo intentar un milagro que nunca llegó.

La cara de sorpresa de todos los miembros de este viaje comercial a Brasil era poco menos que para verla. Flipante que cuando España se juega el todo por el todo en unas operaciones vitales para la expansión empresarial patria, entre otras razones porque ahora queda en el alero si nuestro país pillará cacho en las obras del metro de Sao Paulo, resulta que no se puede salir porque alguien (algún lumbreras) no hizo su trabajo y que no era otro que haber revisado a conciencia la aeronave que debía haber salido de la base aérea de Torrejón sin mayor contratiempos.

Por eso, cuando a alguien se le calienta la boca diciendo que ya estamos saliendo de la crisis y que España es un ejemplo a seguir por otros países, sólo hay que poner como ejemplo este capítulo que parece una mezcla entre un cómic de Pepe Gotera y Otilio y 13 Rúe del Percebe. No se puede ser más chapucero ni más ramplón. Algunos pensarán, no sin razón, que cómo podíamos aspirar a unos Juegos Olímpicos si ni tan siquiera la Casa Real dispone de un medio de transporte en condiciones para hacer un vuelo transoceánico.

Pero ojo, que según algunas fuentes, parece que se intentó buscar un remedio de última hora contratando un avión comercial, bien con Air Europa o con Iberia y ninguna de las dos opciones fueron de la plena satisfacción del séquito principesco. Prefiero pensar que habrá sido por una mera cuestión de no elegir a una compañía sobre otra y no por otro tema más delicado. Sea como fuere, la conclusión es que hemos hecho el más absoluto de los ridículos y esto nos va a pasar

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