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Mal dadas, una novela de James Ross. Por Eduardo García Rojas

“- De todos modos, no pueden colgarle el muerto a Dick –razoné–. ¿Cómo van a acusarle si no han encontrado el cadáver? En realidad no tienen ninguna prueba.

– Ni falta que les hace. Si crees que Brock Boone y John Little no pueden hacerle confesar el asesinato de Bert Ford, ya puedes ir colocándote con los tontos al fondo de la clase. A esos dos buitres les encanta sacar confesiones a tortazo limpio. Pueden trabajarse a Dick una mañana y acabará jurando que le pegó un tiro a Bert Ford y luego se lo merendó. Incluidos los huesos y el pelo.”

(Mal dadas, James Ross. Colección Al margen, Sajalin Editores)

La historia de James Ross, autor de la novela Mal dadas, es la historia de un escritor maldito. Maldito con todas sus letras.

Tras una existencia en la que desempeñó toda clase de oficios –albañil, granjero, jugador semiprofesional de béisbol– acabó malviviendo como periodista y frustrado escritor, ya que solo publicó una novela, esta Mal dadas que comentamos y que ha sido recientemente publicada en español con traducción de Carlos Mayor en la colección Al margen de Sajalin Editores.

Y todo ello pese a recibir elogios de compañeros de oficio tan poco proclives al elogio como Raymond Chandler y Flannery O’Connor, lo que lleva a meditar, durante la lectura de su novela, las razones que provocaron su marginalidad y que no levantara cabeza tras la publicación de una historia realista que nada a medio camino entre la novela social tipo Erskirne Caldwell, y el relato profundamente complejo y psicológico a lo William Faulkner.

Solo que con el estilo de James Ross.

El racismo está ahí, pero forma parte de la realidad, luego está descrito sin dramatismo ni entusiasta lectura denuncia. Es lo que hay, viene a decir el escritor, en estas comunidades rurales alejadas de la mano de Dios.

La mayor parte de los personajes de la novela son blancos, y muy pobres, muchos de los cuales se dedican al negocio clandestino del alcohol… No hay código de caballeros en este universo de parias, sino una resignada existencia cuyas frustraciones ahogan bebiendo mientras el tiempo pasa.

Mal dadas es una pequeñita pero gran novela sobre las miserias del alma humana. También una aguda reflexión sobre la codicia. La codicia como motor de una historia en lo que importa son las razones para explicar –no justificar– como hombres aparentemente normales y corrientes son capaces de saltarse la débil línea que separa la cordura de la locura cuando el fin –en este caso una importante cantidad de dinero– justifica los medios.

Narrada en primera persona por su protagonista, un granjero arruinado durante los años de la Gran Depresión, el relato narra su trabajo en un garito de carretera a las órdenes de un antiguo compañero de colegio, Smut Milligan, con generoso pulso narrativo, al mismo tiempo que reflexiona sobre el deseo por salir de la miseria en la que están envuelto sus personajes. Hombres y mujeres de la calle, inquietos, más cerca de lo salvaje que de lo civilizado en una remota población de Carolina del Norte, Corinth.

En este sentido, hay cierta confusión en encuadrar esta novela en los territorios de la novela policial. No ya porque se trata de un texto de ambientación rural –Jim Thompson hizo lo mismo a lo largo de su errática carrera– ni tampoco porque, pese a cometerse un brutal asesinato e irrumpir un sheriff al que lo mismo le da ocho que ochenta mientras mastica y escupe tabaco, se trata de un libro cuya  literatura trasciende la frontera de un género tan maleado por socorrido en los últimos tiempos.

Se aprecia, y se agradece en este sentido, que a James Ross lo que le interesa, más que el retrato criminal, sean los personajes que intervienen en el relato. En especial la voz pausada y tranquila de su narrador, Jack McDonald, y la de los personajes secundarios con los que interactúa. La mayoría de ellos náufragos que nadan en alcohol, y un sexo soterrado y caso siempre comercial, como vehículo a través del cual evadirse de la tragedia en la que han terminado por convertirse sus vidas.

Lo mejor de esta novela, demasiada adelantada a su tiempo y mucho me temo que adelantada a los nuestros también, es que Ross no emite juicios de valor ni morales. Escribe una serie de acontecimientos que si bien no tienen nada que ver con el devenir de la historia, enriquece en cuanto a situaciones y descripción de tipos se refiere. Ahí se encuentra, creo, la clave de esta historia insólita y tremendamente gótica. Es un relato de hechos, una mirada resignada y tremendamente cruel que casi parece reinterpreta El príncipe de Maquiavelo en un territorio que no tiene nada que ver con la Italia del Renacimiento.

Como lectura para reconciliarse consigo mismo, Mal dadas no es lo que se dice un título recomendable, pero sí apetecible para los que no hacen ascos de un realismo que, en ocasiones, parece que se anticipa a lo que se terminó por conocer como realismo sucio. Solo que en James Ross tiene un objeto. Su mirada sobre ese pequeño universo –que solo se mueve por la codicia– resulta tierna, aunque la ternura sabe a amarga y triste. La codicia es una fuerza destructora humana, demasiado humana. Casi tiene ecos, lejanos si quieren, a El tesoro de la Sierra Madre de James B. Traven.

Dicho lo cual, no deberían de dejar escapar esta novela. Absolutamente recomendable para reivindicar a un escritor cuya carrera literaria nació bichada.

Un maldito, ya saben, con todas sus letras.

Y algo de eso, de malditismo, es lo que planea en el protagonista de la novela. En esa voz en primera persona al que parece que la suerte le ha dado la espalda.

El escritor George V. Higgins así lo concluye en el epílogo de esta notable rareza: “La vida es dura, es muy dura. Aún más cuando no hay suerte.”

Y James Ross, como su protagonista, Jack McDonald, fue un tipo que no tuvo suerte.

Saludos, un feliz descubrimiento, desde este lado del ordenador.

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