FIRMAS Marisol Ayala

Inesperado encuentro. Por Marisol Ayala

Alrededor de las doce de la noche llegué a la fiesta de amigos con los que he vivido los mejores carnavales de mi vida. Los mejores. De diversión, de despilfarro, de arte, de risas, de osadía. De todo. Estamos en el Sobradillo. Maite, la anfitriona, es un ser entrañable que cada poco reúne a gente que quiere y en torno a una mesa que ella colma de los mejores manjares contamos, cantamos y reímos. Hace tres meses llamó porque “tocaba” vernos. Éramos, como digo, un grupo de amigos y amigos de amigos. Cuando legué, casi en la puerta, sentado en un banco largo reparo en un joven alto y guapo, que arropa a un niño de 4 o 5 años; de pronto se levantó titubeante y me dijo un tímido “hola, Marisol…¿no te acuerdas de mí?”, de una manera instintiva mire a un lado y allí vi a otro amigo común cuya presencia me ayudó a encajar las fichas que al final me permitieron identificar a ese hombre apuesto, de media melena, de complexión fuerte y manos largas que me abrazaba con cariño. Rodeó suavemente sus manos por mis hombros y durante la breve conversación inicial que mantuvimos no las apartó. Notaba sus ganas de tenerme cerca. Supe entonces quien era y hasta cuándo le había conocido. Desde que me facilitó un par de datos recordé con sorprende exactitud cómo era, incluso, el apartamento donde nos conocimos hace ya casi veinte años. Y recordé su historia.

El Sobradillo en GáldarEl Sobradillo de Gáldar

La historia de aquel joven, la que recuperé la noche en el Sobradillo, es la de un jovencito rumano que llegó a Las Palmas de Gran Canaria a bordo de un pesquero. Sin papeles, sin dinero, sin saber una palabra de español, sin un contacto, si nada… En la más absoluta desprotección. Un amigo que lo había conocido lo hospedó en el apartamento de otro amigo, en la calle Padre Cueto, y me llamó para que contara en él periódico su historia que tenía mucho que ver con Chernóbil, huir de aquel inferno al que no quería regresar. Publiqué su caso, relatamos en qué situación se encontraba el muchacho, le hicimos fotos y nunca jamás supe de él. Tenía la seguridad de que mi amigo, del que hoy se que se llama Nicolae había sido devuelto a su país pero esa noche en el Sobradillo supe que estaba en un error.

Encontró en Las Palmas una red de cinco o seis amigos que lo ampararon, le dieron cobijo, le atendieron y para colmo se le cruzó en el camino una chica canaria con la que se casó y tuvo el hijo que acunaba en sus brazos. Le hablé de la alegría que suponía para mi verle y desde luego verlo tan feliz. Parece –lo supe esa noche- que aquel reportaje le ayudo mucho, especialmente a encontrar esos amigos que, como digo, le protegieron para quedarse en la isla.

Me hice fotos con él, con el niño y cada poco percibía su mirada, su gratitud. En fin, tenía ganas de contar este episodio porque la memoria me juega, para bien o para mal, algunas malas pasadas y de hecho había olvidado aquel encuentro. Hoy viendo fotos de aquella fiesta lo he visto de nuevo tan guapo, tan elegante, tan formal y tan feliz. Me pregunto con orgullo si una ha tenido algo que ver aunque solo fuera un poco en el bienestar actual de ese muchacho. Y aunque me diga que “no” yo sospecho lo contrario.

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