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Palabra de Albert Camus. Por Eduardo García Rojas

Se podía amontonar los cuerpos cada vez más numerosos en las ambulancias. Y los raros paseantes retrasados que, contraviniendo la regla, andaban por los barrios extremos después del toque de queda, o aquellos que eran llevados allí por su oficio, encontraban a veces largas filas de ambulancias que pasaban a toda marcha haciendo resonar, con su timbre sin vibración, las calles vacías de la noche. Los cuerpos eran arrojados en las fosas apresuradamente. No habían terminado de caer cuando las paletadas de cal se desparramaban sobre sus rostros y la tierra les cubría anónimamente en los hoyos que se cavaban cada vez más profundos.”

(La peste, Albert Camus)

Si lo ven en una fotografía o en una imagen rodada hace ya tiempo, Albert Camus resulta un tipo interesante. Observen como le cuelga el cigarrillo de la comisura de los labios y fíjense en esos ojos en los que ahora quiero ver resignada tristeza.

Le gustaba el fútbol además de los libros.

Escribió, entre otros, El extranjero y La peste. Y un puñado de obras de teatro, como Calígula, emperador romano al que se le fue la pinza y que no tiene nada que ver con el retrato que sobre él describe Suetonio en La vida de los doce césares, ni con el que nos mostró Tinto Brass en su excesivo y colosal largometraje. Tampoco con el que nos reveló la serie Yo, Claudio o en ese simpático peplum cristiano que es Demetrius y los gladiadores

Cojo de la biblioteca algunos libros de Camus y ojeo, y recuerdo a Ezequiel Pérez Plasencia y la profunda devoción que tenía por el escritor. También las conversaciones en las que apostábamos por él y no por Jean Paul Sartre. Ese hombre tan feo que escribió La náusea y que intentó que Camus probase el aceite de ricino.

Hay dos escritores que para mi responden al imaginario de un escritor. Dos escritores que cuando los descubrí en fotografías fueron más allá de la imagen que me había forjado sobre ellos mismos.

Fue como si, físicamente, superaran las expectativas que ya había depositado en ellos intelectualmente. Uno es Albert Camus, el otro Joseph Conrad. Los dos, vistos desde la distancia, resultan en cuerpo y alma frágiles, elegantes, algo distantes.

Algunas de las obras de Camus se pusieron de moda en mis años de instituto. También La náusea de Sartre.

Por un lado íbamos los que agitábamos El extranjero por clase y, por el otro, los que reivindicaban La náusea.

Uno de la pandilla de Sartre, no tan feo, me dijo una vez que perdía el tiempo con Camus porque “no es intelectualmente profundo.”

¿No es profunda esa sensación de malestar que me devora por dentro cuando leo alguno de sus libros?

El autor de El mito de Sísifo responde en una entrevista a la pregunta de ¿Cree usted lógico relacionar las dos palabras “odio” y “mentira”?, con: “El odio es en sí mismo una mentira. Se calla instintivamente con relación a toda una parte del hombre. Niega lo que “en cualquier hombre” merece compasión. Miente, pues, esencialmente, sobre el orden de las cosas. La mentira es más sutil. Sucede incluso que se miente sin odio, por simple amor a uno mismo. Todo hombre que odia, por el contrario, se detesta a sí mismo, en cierto modo. No hay, pues, un lazo lógico entre la mentira y el odio, pero existe una filiación casi biológica entre el odio y la mentira.

El último don que me dio Ezequiel Pérez Plasencia fue una biografía del escritor.

Ezequiel amaba a Camus.

Creo, de hecho, que intento imitarlo aunque tuvo la sabiduría de quemar aquella influencia y preocuparse en buscar su propio estilo. Lo encontró al final aunque la muerte, que a veces es una bromista cruel, se lo llevó cuando ya se deslizaba con absoluta comodidad por sus textos. Textos que salpicaba de citas, frases que parecen deben de ir en marco.

Alguna de ellas, de Albert Camus.

Camus hubiera cumplido tal día como hoy, 7 de noviembre, cien años.

Espero que lo celebre allá donde se encuentre.

Si se encuentra en algún sitio.

Si fuera así, imagino que estará rodeado de sus familiares y amigos, entre ellos Ezequiel y el mismo Sartre, que igual en ese universo ya no resulta tan feo y ha domesticado su espíritu de comisario político.

Cualquier momento es bueno para recuperar a Camus. Pasen cien o mil años. Lo mismo da.

Me quedo, además de con sus libros –El mito de Sísifo, La caída, Los justos– con la imagen que revela a un hombre con pelo engominado, ojos que parecen observan este instante que es la vida y un cigarrillo, colgando ya para la eternidad en la comisura de sus labios.

Una imagen que refleja lo que dejó escrito en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1957: “Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente ella me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir.”

Saludos, palabra de Albert Camus, desde este lado del ordenador.

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