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‘La última tumba’, una novela de Alexis Ravelo. Por Eduardo García Rojas

Sin embargo, yo no soy un tipo razonable. Yo soy un cabronazo cabreado, un don nadie, un tipo al que borraron del mundo, un olvidado. Y sobre lo que este olvidado echaría tierra sería sobre cada uno de los hijos de puta que mataron a Diego y me buscaron la ruina.”

(La última tumba, Alexis Ravelo, colección Voz y tiempo, Editorial Edaf, 2013)

Mi entusiasmo con la literatura de Alexis Ravelo –porque además de ser un escritor de género es un escritor que hace literatura más allá del género– crece a medida que avanza el tiempo y aumenta a medida que el autor publica una nueva novela.

Su bibliografía, ya más que abultada, cuenta con señas de identidad cien por cien Ravelo, aunque estas constantes, ya perfectamente definidas, se encuentran sobre todo en sus últimos libros, donde la libertad y la madurez del escritor se manifiesta en un territorio hasta ahora escasamente cultivado por la literatura negrocriminal que se escribe en España; sentando plaza con nombre y apellido –esto es Alexis Ravelo–  en el relato que dictan los marginados, los que pertenecen al lado ¿equivocado?,  los fuera de la ley. Lo perdedores pero también rebeldes con causas que pueblan el turbio universo de la literatura policíaca cuando además de entretener, escupe mensaje.

Tras la redonda La estrategia del pequinés (Alrevés, 2013), editorial Edaf publica ahora La última tumba, título por el que Alexis Ravelo obtuvo el Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe y obra en la que el escritor continúa indagando en las variantes del desperado, de quien se mueve por el lado salvaje de la calle, en un relato en el que da voz a un chapero y yonqui rehabilitado que se ha pasado veinte años entre rejas y tiene una sola idea en su cabeza: venganza.

La última tumba podría interpretarse así como una curiosa e inquietante versión de esa obra maestra que es El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, pero va más allá, como sugiere el propio Ravelo en la novela, de la fría venganza que emprende su protagonista, Adrián Miranda Gil, porque sus intenciones son otras. Destacaría, en este sentido por arriesgada y valiente, su realista descripción de una sociedad estructurada en clases, como es Las Palmas de Gran Canaria, y  fotografía que puede hacerse extensible a la vecina Santa Cruz de Tenerife; también por la capacidad que tiene el autor para fabular y convertirse en titiritero de un teatro cuya historia –basada no tan lejanamente en un suceso real acontecido en este archipiélago en los años ochenta– que engancha porque Ravelo es un escritor que cuando quiere, moja y empapa.

También sé que no soy ningún héroe justiciero. No, no soy el Conde de Montecristo. El Conde de Montecristo tenía dinero para parar un carro. Aparte de eso, él hubiera tenido piedad. Y yo no la voy a tener.”

La última tumba es una novela que se lee como un revulsivo y, lo que es mejor, te obliga a seguir leyendo porque te zarandea, te golpea, te estruja las tripas pese a que otras tareas requieran el concurso de los modestos esfuerzos del lector.

Alexis Ravelo es uno de los pocos escritores de este país que naufraga que posee estilo. Un estilo en el que disemina, sin imposturas, expresiones que forman parte de la variante del español que hablamos en estas islas. Su vocabulario canario resulta así natural y perfectamente ensamblado a la historia. Más en el caso de La última tumba, una larga confesión –la de Adrián Miranda Gil– que tras pasarse veinte años de cárcel por un crimen que no cometió, narra ahora en primera persona el odio que lleva por dentro y la necesidad de hacer su justicia.

Su justicia.

El protagonista de la novela habla directamente con el lector, a quien le da una versión de los hechos que hace que te pongas de su lado y que entiendas, incluso, que quiera hacer su justicia.

La novela respira en su primera parte algo de Jim Thompson, y está plagada de frases que, estoy seguro, al autor de El asesino dentro de mi le hubiera encantado escribir. Adrián Miranda arrastra como una pesada cadena un determinismo y una forma de ver la realidad que desconcierta pero que sabe también a verdades como puños: “Uno no es lo que es. Uno es lo que los otros piensan que es.” Y un sentido de la ironía cruel y hasta barriobajera que te sube desde la boca del estómago hasta la garganta como si de un latigazo de ácido se tratara:

la noticia anunciaba la exposición de la pintora Patricia Andrade Fuentes, titulada El mar y la mirada que estaban a punto de inaugurar en el Club Náutico. Había una entrevista con la pintora, una tía de unos treinta y muchos, con el pelo largo y teñido y un tufo a pija que tiraba de espaldas. La habían retratado junto a uno de sus cuadros, una marina aburrida y decorativa que cualquier estudiante hubiera podido pintar con el piloto automático puesto. En la entrevista Patricia decía sentirse influenciada por Sorolla. Pues cógeme la polla, pensé”.

El relato continúa, y las reflexiones incendiarias se multiplican. Hace en ocasiones obligatorio que busques el lápiz y las subrayes:

El mundo iba mal, como siempre, pero se acababa justo a la puerta de aquella casa. Supongo que esa es la ventaja de ser inmigrante, travestí, expresidiario o camello: si estás excluido del mundo, también estás excluido de sus miserias.”

La literatura de Alexis Ravelo en el cada día más atractivo mundo de la novela negra en España tiene sus propias señas de identidad. Sus peculiaridades, lo que la distingue y diferencia de otros compañeros de fatigas policiales en especial gracias a sus dos últimas novelas. Para mi significa un paso de gigante en el género escrito en español, sin renunciar a su canariedad ni a retratar las aguas negras de una capital de provincias que ya esbozara en las historias de la serie protagonizada por Eladio Monroy, aunque en éstas resulte más convencional y sin menos riesgos, así como la de observar cómo se mueve dentro de un género en el que para convencer y entretener tiene que notarse soltura y sobre todo que se conoce.

Y que se conoce a fondo.

Y Alexis Ravelo lo conoce a fondo. Sabe cuáles son sus claves y juega con ellas. Sabe a clásico, como clásico son los tres grandes escritores a los que dedica La última tumba, tres mosqueteros (¿Dumas otra vez?) que han elevado el género a la categoría de literatura: Andreu Martín, Juan Madrid y Raúl Argemí.

No sé si es consciente de ello, pero Alexis Ravelo está contribuyendo también  con su trabajo a “iluminar el camino hacia las sombras“.

La última tumba funciona así como un potente proyector.

Y obliga, maldita sea su estampa,  a demandar más libros de Alexis Ravelo.

Saludos, yo confieso, desde este lado del ordenador.

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