FIRMAS

El día en que conocí a Hugh Jackman…y le hablé de lobos. Por María Jesús León

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Así empezó todo… con una comunicación acelerada de una muchacha al otro lado del teléfono. Bueno, empezó un poco antes, cuando decidí participar en el concurso de MSN que descubrió Iosune Nieto y que, conociendo mi debilidad por Hugh Jackman, enseguida compartió en mi muro de Facebook para que yo probara suerte. La ilusión es lo último que se pierde…Y gané. 50 votos. 50 amigos que hicieron click para que yo pudiera hacer realidad un sueño: conocer al hombre que me acompaña virtualmente en mis fotos de perfil.

“Sabesqueelviajeesparadospersonasmañanatemandouncorreoyarreglamos lodetubilleteyeldetuacompañante. Enhorabuena”. Era la dulce Ane, de Warner, la que seguía informándome sin respiro sobre la suerte que había tenido. Yo seguía con la boca abierta. Inmediatamente mandé un whatsapp a mi amigo Yoné, que estudia con una beca de Warner, para preguntarle si él había querido gastarme una broma mandando a una de sus compañeras a llamarme. “MJ, jamás te haría una broma tan pesada!”.

Así es que, de estar ojiplática, pasé a estar como un junco. ¡¡Que me voy a conocer a Hugh Jackman!!

NOTA: El relato que sigue es largo e incluso prolijo. Pueden ustedes disfrutarlo entero o irse directamente al final, lo cual me entristecería porque si ha tomado esta forma ha sido por ‘petición popular’. Ruego por tanto que se tomen la molestia de ponerse en situación leyendo la cronología de los hechos.

El resto sucedió rápido. En menos de cuatro días estaba ya en San Sebastián, en medio del Zinemaldia donde ese pedazo de actor, ese hombre orquesta bueno para cualquier registro, que canta, baila y enamora, recibiría el premio Donostia. Yo regresaba después de casi diez años a ese Festival en que tan bien me lo había pasado en otras ocasiones.

Me llevé a mi hijo conmigo. Mataba (creía yo) dos pájaros de un tiro: no tenía que encontrar a nadie que se quedara con él y, además, no tenía que elegir acompañante entre la docena (o más) de personas que se ofrecieron para ‘hacerme compañía en esos momentos’. Además, David podría conocer a Lobezno, un recuerdo que quedaría para siempre. Me encargué, eso sí, de explicarle que era un actor y cuál era su nombre. Se lo aprendió a la perfección. Tenía eso ya ganado. ¡Temía que al llegar empezara a imitar a Spiderman!

A las dos de la mañana, en pié, que no había tenido tiempo de preparar maletas el día anterior. A David lo levanté a las cinco y media. A las siete, vuelo hacia Madrid.Sin incidentes reseñables si exceptuamos el hecho insólito de haber salido puntuales. A las once, vuelo hacia San Sebastián. Detrás de nuestro asiento, Unax Ugalde, camuflado bajo una gorra y unas gafas y con unos auriculares con la música a toda mecha. Tiene miedo a volar. Se notan esas cosas sobre todo cuando el sujeto, a la hora de aterrizar, comienza a aporrearse las piernas como si fuera Phil Collins haciendo un solo…

Mientras Unax intentaba evadirse del posible desastre, David, en el asiento de delante, gritaba: “¿Hemos despegado ya, mamá? ¿Y ahora, qué ocurrirá? ¿Se estrellará el avión y moriremos todos?” Valiente ayuda. Menos mal que Unax tiene puesta la música, pensé.

No puedo creerlo. Acabo de ver que David vuelve a tener piojos. Estoy viendo los titulares: madre desaprensiva carga con un niño lleno de piojos a ver a Hugh Jackman y lo contagia. Maldita sea. En cuanto lleguemos a Donosti le pongo de nuevo el antipulgas ese.

14.00 horas. Hacemos el check in. David salta por encima de los sofás del hotel Astoria. La recepcionista mira alarmada porque la decoración cinéfila peligra. “Guapo, bájate de ahí que eso es para sentarse” le dice muy finamente mientras yo recojo las llaves y lo arrastro por el brazo hacia el ascensor. “Gracias, gracias…es que no para…” le digo con media sonrisita de compromiso. “Si tú supieras”, pienso para mis adentros.

14.15 horas. Soltamos las cosas. Entro al baño y veo que mi pelo se ha convertido en una maraña (la habitual) encrespada por la humedad. Chachi. Salimos escopetados a buscar una farmacia. Maldita sea, a esta hora no hay nada abierto. Caminamos. Mucho. Aparece una y no tiene el ‘antipulgas’ deseado, compro otro. “Éste hay que ponerlo una hora”. Dios mío. Una hora. De regreso veo una peluquería. Que bien, pueden darme un repaso a ver si consigo meter estos pelos por vereda. Cómo envidio a esas mujeres que salen de casa, y al regresar diez horas después siguen intactas. Yo me doy media vuelta en el espejo y ya estoy despeinada. En fin, de algo servirá. Son ya las tres cuando salimos de la peluquería. David y sus piojos siguen haciendo de las suyas.

15.15 horas. Ya de regreso al hotel le echo el producto. Tanto que le chorrea por la cara. Casi lo dejo ciego, dios mío. ¡Pero por qué me pasan a mi estas cosas! Le lavo la cara termino la aplicación y le pongo el gorro de la ducha. Me meto yo a darme un baño rápido y a arreglarme. A las cinco y cuarto, como muy tarde, tengo que salir de la habitación.

17.00 horas. No sé cómo, pero ya he bañado a David, le he quitado el antipiojos, pasado la liendrera y le puesto su camisa y su chaqueta de Wolverine. Yo ya estoy vestida y ‘enfoscada’. Cada vez cuesta más disimular el cansancio. En fin, soy una madre soltera y, por ahora, trabajadora, con exceso de peso, con más años de los que debería para tener un hijo tan pequeño y llevo levantada desde las dos de la mañana…Demasiado bien estoy, la verdad…

17.00 horas. Cogemos el taxi hasta el hotel María Cristina. Entro con cierta prevención. De los seis o siete años que fui a cubrir como periodista el Festival, la puerta del María Cristina siempre fue una fortaleza inexpugnable. En su recepción, acreditada, esperé durante cuatro o cinco horas a que apareciera Mel Gibson, que venía a presentar Brave Heart. Las fans gritaban cada vez que pasaba alguien, cualquiera, por la alfombra roja. Pero Mel no llegaba. La gente estaba tan cansada del enorme retraso, que cuando apareció, a muchos los pilló por sorpresa. Yo me levanté como un resorte y me coloqué en medio de su trayectoria hacia la habitación. No fue consciente, mi intención no era ponerme delante pero allí estaba, frente a sus ojos azules y su sonrisa marcada por esas arrugas de expresión. Un enorme negro que ejercía de guardaespaldas me apartó eficazmente a un lado. Pero en mi retina quedó ya esa expresión sonriente de Mel Gibson. Iba abstraída pensando en ese momento feliz, arrastrando al pequeño delincuente de la mano, cuando apareció una legioncilla de gente caminando rápido hacia la puerta con pinta de estar haciendo algo muy importante. Detrás iba mi Hugh. A una prudencial distancia, tranquilo, como si aquel barullo de su alrededor no fuera con él.

17.15 horas. Esa fue la hora en la que, por primera vez, se cruzaron fugazmente nuestras miradas. Pasó al lado mío y de David y me pareció aún más guapo, más alto y más sexy que lo que aparenta en las películas. Iba canturreando algo. ¡Y parecía alemán! Sé que el instante fue eso, un segundo pero ¡¡Cómo se saborea!!! Es como cuando en las películas el chico encuentra a la chica de su vida (o supuestamente) y ella pasa a su lado sin prestarle atención. Entonces el director hace que esa escena se pase en cámara lenta. Cada pequeño gesto se puede saborear con paciencia y detenimiento. Tenemos el tiempo a nuestra merced. El tiempo no existe más que en nuestro cerebro, vamos a ralentizarlo a conciencia.

17.16 horas. Así desapareció, igual que apareció. Canturreando. Me dio tiempo de decirle a David, que a duras penas se mantenía agarrado a mi mano: ¡Míralo hijo, ahí está! “¿Quién mami, quién es ese?” Bien, veo que tiene aprendida la lección (modo ironic).

17.20 horas. Estamos en la habitación 232, el cuartel general de Warner. Miguel nos atiende para entregarnos las entradas pero no quiere contarme nada de cómo va a ser el acto. “Yo sé cómo va a ser, pero no quiero contarte nada para que sea una sorpresa”. Pues vaya… Nos hace esperar en la planta primera, sentados en un pequeño sofá. Bueno, lo de sentados es un decir…David quita los cojines del sofá, y empieza a usarlos como armas. Aunque intento razonar con él, está tan revolucionado que parece que acaba de tomarse un tripi. Bien, es justo la actitud que esperaba.

    

17.30 horas. Miguel nos acompaña esperando a que le den el ok a que vayamos al encuentro con Hugh, insiste en que no me va a contar nada de cómo se va a desarrollar. Ya me imagino que seremos dios y la madre, tendré que ser breve, directa y concisa. Le comento que quiero entregarle las camisetas de Lobo Marley, la asociación a la que pertenezco que propugna la defensa del lobo y procura evitar las matanzas indiscriminadas a las que se ve sometido en la Península Ibérica. “Bueno, tendremos que decírselo a su publicista”. Bien, pues yo voy a intentarlo por mi cuenta, pienso.

17.38. “Ya. Subamos”. Empezamos a subir las escaleras. ¿Habéis traído cámara? Me pregunta Miguel. “Sí, la del móvil, pero me habían dicho que habría fotógrafo”… No hay. David no se ha parado en ningún momento, pero ahora no tiene fuerzas para subir a buen ritmo y Miguel nos apura. “¿A qué planta vamos?” La cuarta. “Vamos a ver, voy a llegar sin resuello. ¿Por qué no hemos cogido el ascensor?!!!” Ya… Me dice. No me he dado cuenta. Veo a Hugh desde la tercera planta, allí puesto al lado de esa magnífica barandilla de la escalera del María Cristina. Tieso como un palo, con las manos enlazadas en la parte de delante del cuerpo. Mira de reojo hacia abajo como si estuviera extrañado de que nadie acudiera allí. Ahora mismo me siento como una novia con el novio esperando en el altar. Me había imaginado que iba a ser al revés.

17.40 horas. Llego sin resuello. Como era de esperar. Y sudando. Sí. Hacía un calor infernal en Donosti. Qué bonita impresión. Mientras, Miguel, de Warner, le dice quién soy y su publicista se dirige hacia mi con una amplia sonrisa. Dejo mi bolsa de camisetas de Lobo Marley y mi bolso en el sofá del descansillo.

17.41 horas. Allí estoy yo, con cara de boba sudorosa y una sonrisa enorme acercándome a Hugh Jackman que me tiende la mano y me sonríe. Le acerco la mejilla. Aunque dudo (por el sudor). Leve roce. Él me pregunta: “Sorry, I didn’t understand your name”. María Jesús, le digo. “Ahhh, Maria”, dice él arrastrando la r, sonriéndome y con una sonrisa que ya me parte por la mitad, con esa voz que acaricia. Estuve a punto de decirle…como la de West Side Story! Igual tenía suerte y se dejaba caer con un “Maria I’ve just met a girl named Maria”… pero en ese momento se escuchó a David gritando, desde el último tramo de escaleras “LOBEZNOOOOOOOOOOOOO, LOBEZNOOOOOOOOOOOOOOOOOO”.

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A partir de aquí, me van a permitir que elimine las referencias horarias hasta el final. El tiempo se alarga y se encoge, como ya hemos hablado. Con David, muchas veces, el tiempo es un chicle bazooka que no sabes cuándo se romperá definitivamente.

Este que sube las escaleras es mi hijo, David. “Oh, David! Hello!!” David salta como una exhalación y sigue gritando Lobeznoooo “Él te está llamando por el nombre de tu personaje. Wolverine es Lobezno en España”, le digo. “Ahhhh! Sí, soy Lobezno”, dice con entusiasmo. Se agacha para recibir a David al que conmino a dar un abrazo a Lobezno. Y mi hijo deja con un palmo de narices al mismísimo Hugh Jackman, que tiene los brazos abiertos mientras permanece de cuclillas para intentar abrazarlo (menos mal que le había quitado los piojos!!). “No”, dice David. Y se da media vuelta tozudo. Entonces Jackman se da cuenta: “¡Está mirándome a las manos! Yo creo que está pensando que voy a sacar las garras!” Lo mira enseñándole las manos y le dice: mira, David, no tengo garras, no las llevo puestas.

David vuelve a mirarlo con cierta soberbia (a quién habrá salido) y le dice de nuevo que no. Hugh se levanta para echarle un pellizquito en un cachete y David le dice: ¿Y, tú, por qué no sabes español? Traduzco y Jackman se ríe con ganas y le dice. Well…mmm buenos días, buenas tardes… (ayyy, qué mono está intentando hablar español). Mi hijo lo interrumpe: “Lobezno! Pero sandwich, no sabes decir sandwich?” Traduzco. Carcajada general. A mi me estaba corriendo el sudor hasta por detrás de las orejas. “¿Cómo puede estar pasándome esto a mi?!!” Seguimos intentando que David se pare un minuto para que Jackman lo coja y podamos hacer una foto los tres. No quiere. Se tira al suelo delante de él e intenta patearlo. Miro a Miguel, de Warner, porque lo veo con el rabillo del ojo y le pregunto “¿Estarás haciendo fotos de esto?” No, me dice. Estaba esperando a que os pusiérais a posar. Maldita sea, pienso…”Pues saca fotos! Esto seguro que es inédito!!!” Jackman se agacha a intentando que no lo patee y para recogerlo del suelo. Lo levanta con ayuda de su publicista y David vuelve a salir corriendo.

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Entonces yo sí que me pongo con él para la foto. Mi estado de nervios es tal que noto que las piernas me flaquean. Me concentro en no caer de bruces pero como mi cerebro está colapsado consigo quedarme de pie, agarrarme a su cintura, pero en ningún momento soy capaz de darle la orden a mis labios para que sonrían. Me queda cara de pánfila.

Yo con esa cara de pánfila de los nerviosYo con esa cara de pánfila de los nervios

Le pregunto cómo se siente por recibir el premio Donostia tan joven. Me cuenta que está muy feliz y encantado, de recibirlo y de estar allí. David sigue saltando. Se sube a las barandillas de las escaleras. Mientras hablamos trata de llamar la atención. Entonces, en lugar de decirle, por ejemplo: he recorrido 5000 kilómetros con mi hijo para conocerte, y me he ganado este concurso porque todo el mundo sabe que te adoro, empiezo con mi discurso sobre Lobo Marley. Estaba yo tan concentrada en el asunto que ya no le prestaba atención a David. He descubierto en las fotos que el propio Hugh agarraba al niño para que no se lanzara escaleras abajo.

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Sin embargo yo, haciendo gala de un aplomo poco común en mi, desplegué toda mi artillería medioambientalista y lobera e inicié la petición: Verás, Hugh, pertenezco a una asociación llamada Lobo Marley. Este es un movimiento social en pro de la convivencia entre la vida salvaje y el mundo rural. Hoy en día, las administraciones españolas han decidido darle prioridad a una ganadería mal entendida y han iniciado una campaña de exterminio del lobo ibérico… – ¿En serio, de los lobos? ¿Por qué quieren matarlos? – “Verás, Hugh, las administraciones han decidido que es más fácil estigmatizar al depredador, que exigirle la protección adecuada del ganado a los ganaderos. Además, es mucho más fácil disparar a un lobo que proteger a un rebaño. Pero es menos justo. Y tampoco el exterminio es una solución para el ganadero porque, si no protege a sus ovejas, no será el lobo quien las ataque, sino los perros asilvestrados. Por eso te he traído unas camisetas de la asociación. No te pido que te la pongas ahora, que vas a recibir un premio, sino más adelante, cuando tú puedas, y te saques una foto con ella como símbolo de apoyo a nuestra causa. He escrito una carta en la que te explico todo esto que acabo de contarte. Está ahí dentro de la bolsa junto con las camisetas, y nuestra dirección de correo electrónico y la web por si quieres saber algo más sobre el asunto”.

No paro de hablar, le cuento lo de Lobo Marley enterito y él, interesado.No paro de hablar, le cuento lo de Lobo Marley enterito
y él, interesado.

 

-Ahh, qué interesante. Déjaselas a norecuerdoelnombrequemedijo que lo vemos! -De acuerdo, Hugh, se las dejaré a ella, pero no te olvides de nosotros. -No, claro que no. Norecuerdoelnombrequemedijo viene a decirnos que se nos acaba el tiempo. David sigue saltando. -Vaya, tu hijo es un terremoto. Dice. -Sí, lo es, acierto a decir.

Me tiende de nuevo la mano dándome las gracias por estar allí apoyándole (flipo) y me dice de nuevo que ha sido un placer conocerme. Yo le respondo de la misma manera cordial y educada. “Este encuentro ha sido la oportunidad de cumplir un sueño. Eres el mejor, sin duda”. Sí, podía haberme tirado al cuello pero, la verdad, el esfuerzo que me estaba costando no perder la compostura no me permitía muchas más decisiones conscientes. Esa mano firme pero suave se acompaña de una sonrisa tan encantadora y una voz tan melodiosa e hipnotizante que es imposible salirse del rol. Un caballero no puede más que ser correspondido por una dama.

Hugh y yo despidiéndonosHugh y yo despidiéndonos

 

Se dirige hacia el ascensor haciendo un último esfuerzo por despedirse de David. David se acerca dando saltitos de canguro. Hugh le dice: “Choca esos cinco”. Yo le traduzco a David. Nada. Esfuerzo vano.

Antes de entrar al ascensor, Hugh me mira, sonríe y hace un gesto de “No ha habido manera” y, aún así pone las palmas hacia arriba, por detrás de su espalda intentando que David choque los cinco. Con la rodilla un poco doblada en gesto de chico gamberrete consigue que David choque los cinco. Se sube al ascensor entre los comentarios de los guardaespaldas y de su publicista que sonríen.

17.58 horas. Se cierran las puertas del ascensor. Adiós. Hugh.

Aunque a ustedes ya el resto no les interese mucho, les contaré que a las 18.03 apareció la canguro. Lidia, una chica encantadora que se llevó a David para que yo pudiera ver la gala de entrega del premio Donostia, en la que Hugh estuvo tan brillante como todo el mundo esperaba. Es simpático, jovial, educado, correcto, inteligente, guapo y macizo (por qué iba a obviar esto último…).

En la entrega del premioEn la entrega del premio

 

La película, Prisioners, que se proyectaba después y que llegará a las salas el 11 de octubre, es densa, bien contada, dura en la historia, acolchada en su forma, arropa su narrativa de consistencia sólida, sin posicionamientos morales. En ocasiones es naif, un poco previsible…Pero las interpretaciones son tan sublimes que merecerá la pena pasar dos horas y media en la butaca. Es cine de entretenimiento y para la reflexión. Buen cine, cine maduro con flecos verdes. Una buena manera de terminar el día en que conocí a Hugh Jackman…y le hablé de lobos.

http://laeranibiru.com/2013/10/01/el-dia-en-que-conoci-a-hugh-jackman-y-le-hable-de-lobos/#more-360

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