FIRMAS

El hijo perdido. Por Irma Cervino

Camila tuvo a su primer hijo minutos después de parir al segundo. A pesar de los empujones que logro sincronizar con una respiración que a Ramón le recordaba la salida del tren de la estación de Vilagarcía de Arousa y, tras los intentos infructuosos de la matrona por sacar aquellos casi tres kilos de su cuerpo, Pompeyo decidió quedarse en el útero de su madre durante cinco años.

Por fin, y cuando ya nadie lo esperaba, se atrevió a salir a la luz aprovechando el parto de su hermano Keiko. Después de tantos años de oscuridad, se sintió deslumbrado y melancólico cuando una mano envuelta en látex le cortó el cordón umbilical lo que certificaba que ya no había vuelta atrás. En todos esos años que vivió al otro lado de la luz, su padre José Gregorio, que perdió la cabeza cuando la matrona le dio la terrible noticia de que su hijo se había negado a nacer, vivió encerrado en la habitación donde él y su esposa lo habían engendrado. Aquellas cuatro paredes eran lo más cerca que podía estar del niño que tanto había deseado y que, ahora, no podía coger entre sus brazos. Nunca más volvió a salir de aquel cuarto oscuro como si, de alguna manera, quisiera emular a su bebé. De hecho, Camila nunca le dijo a su marido que Keiko, su segundo hijo, no era suyo.

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Ella se había sobrepuesto a aquel inesperado revés, tal vez porque, aunque el niño no había nacido, ella podía seguir sintiendo sus pataditas y el latido de su corazón en su vientre. Después de cuatro años, cansada de ver cómo José Gregorio se consumía de pena en aquel cuarto, que años atrás les había dado tantas alegrías, Camila decidió regresar a la vida. Se volvió a mirar en el espejo y descubrió la sonrisa que se le había perdido. Animada por su suegra, se apuntó en un curso de cocina exótica tres veces por semana. Allí fue donde conoció al chef Kazuki que le hizo olvidarse de las pataditas de Pompeyo y de la depresión de José Gregorio. Los ojitos rasgados de Keiko, nueve meses después, no dejaban ninguna interpretación a la duda pero, para entonces, el chef ya había regresado a tierras japonesas.

La tarde que Camila llegó a casa con sus dos bebés, corrió a avisar a su marido de que por fin Pompeyo había nacido. Por primera vez en mucho tiempo, se atrevió a abrir la puerta de aquel cuarto al que ya solo entraba la anciana madre de José Gregorio para darle de comer y enjugar su lágrimas.

– Tu hijo ya nació- le dijo, cogiéndole la mano y acercándosela a su barriga para que comprobara que ya no estaba allí dentro.

Un frío inmenso recorrió todo su cuerpo. Después de cinco años, volvió a mirar a su esposa.
Camila le hizo un gesto para que se levantara. Juntos cruzaron el pasillo y el ‘fushfush’ de sus viejas zapatillas reptando sobre el suelo hizo que José Gregorio, volviera a recordar el sonido del tren llegando a la estación de Pontevedra donde, cada verano cuando era pequeño, le esperaban sus abuelos. El ruido que hizo la puerta del cuarto de los bebés al abrirse le devolvió al presente. Dentro olía a leche. Ajenos a la realidad, los dos niños dormían cada uno en su cunita. Camila le señaló a Pompeyo pero José Gregorio no fue consciente del gesto y se acercó a Keiko. El corazón le empezó a latir tan fuerte que se asustó y se puso la mano en el pecho por si se le caía. Entonces, mientras cogía al pequeño en sus brazos, empezó a llorar y a recorrerlo a besos. Camila trató de explicarle que ese no era su hijo pero, después de varios intentos frustrados, desistió, sobre todo, al ver cómo su marido había recobrado la vida.
José Gregorio nunca se interesó ni preguntó quién era el otro niño que compartía habitación con el que decidió que era su hijo. Pompeyo no existía en su mundo. Estaba tan obsesionado con su niño que no lo dejaba ni un segundo a solas. Temía volver a quedarse sin él. Con tal de no hacerle daño a su esposo, Camila aceptó la situación.

Los años pasaron y los niños crecieron. Keiko era feliz, disfrutaba jugando con su padre y tenía una sonrisa permanente que le hacía más rasgada su mirada asiática. En cambio Pompeyo parecía no haber abandonado nunca la posición fetal. Se pasaba los días encerrado en el cuarto oscuro donde, durante años, su padre derramó toda su pena, atormentado por no poder tenerle entre sus brazos.

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Camila no le ocultó la verdad a su primogénito. No quería hacerle más daño y creía que era peor mentirle, así que una mañana le confesó que él era el único hijo de José Gregorio y que su hermano era hijo de un cocinero japonés.

– Pero tu padre no lo sabe y cree que Keiko eres tú, ese hijo por el que estuvo esperando cinco años- le dijo llorando- Y, yo, ahora, no sé qué hacer.
Pompeyo se sentó en el viejo sillón junto a la ventana que se adivinaba bajo una cortina gruesa de terciopelo rojo. Agarró las manos de su madre y, con una mirada que derramaba un amor infinito, se despidió de ella encogiéndose como un feto. En ese momento, la habitación se volvió negra y Camila sintió como si un cuchillo le rajara el pecho. Salió corriendo hacia la puerta y encendió la luz. El cuarto estaba vacío. Su hijo no estaba allí. Tampoco el sillón, ni la cortina y por la ventana, abierta de par en par, se colaba un rayo de sol que empezaba a iluminarlo todo.

Camila se sintió morir de dolor por dentro. No se atrevía a contarle nada de lo sucedido a su marido. No la creería. Para él, Pompeyo nunca había existido. Pero ella necesitaba ineludiblemente contarle a alguien que su hijo, su primogénito, había muerto. Quería que alguien, además de ella, lo echara en falta. Con la respiración agitada, que a José Gregorio le hubiera recordado el tren de sus abuelos, entró en el salón, rebuscó en los cajones de la mesita y encontró la vieja libreta de direcciones. Se sentó y decidió escribirle una carta al cocinero japonés en la que le contaba que había tenido un hijo suyo y que hoy por la mañana había fallecido. Le añadió una foto y le pidió que al menos lo acogiera en su corazón.

 

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