FIRMAS Salvador García

Aquí, no. Por Salvador García Llanos

En la rica experiencia personal del municipalismo, hay algunos episodios -si se quiere, domésticos- que ilustran no sólo la heterogeneidad de los problemas sino la disconformidad y hasta la misma insolidaridad que abunda a la hora de hacer factibles algunas soluciones, a veces las únicas que hay.

Recordamos, por ejemplo, el caso de aquellos vecinos que visitan un día la alcaldía reclamando medidas de vigilancia en una zona pública recreativa muy bien dotada, pues es una pena (más o menos) que los chicos o los gamberros la destrocen después de que haya quedado tan bien y sea el único sitio de la zona donde sentarse a hablar, leer o distraerse un rato.
No dispusimos uno sino dos guardianes, en otros tantos turnos donde cumplían con las tareas de cuidar el entorno e impedir que el vandalismo campara a sus anchas. Apenas pasó una semana cuando las mismas personas que habían visto satisfecha su justa reivindicación plantearon la conveniencia de suprimir la vigilancia porque los guardianes (más o menos) les quitan la pelota a los chiquillos y no les dejan usar la bicicleta.
Cuando los vigilantes dejaron de prestar sus servicios, aquel espacio público fue pasto del destrozo, un escenario de abandono con un aspecto que llegó a ser desolador. Natural. Aquellos vecinos no reivindicaron más.
Esos contrasentidos se registran también a la hora de modificar el sentido de circulación rodada de una vía, por racionalidad o por seguridad, o de instalar unos contenedores para residuos, petición en la que insisten los titulares de algunas viviendas, de un bloque o de un chalé, porque tenemos que salir (más o menos) y dejar las bolsas o las cajas y nos queda lejos, la verdad.
Cuando es estimada la solicitud y se procede a la colocación de los depósitos o de los recipientes, surge de inmediato la respuesta de los mismos peticionarios: “No, aquí no”. Porque están cerca, porque les molesta, por mal olor, porque les resulta antiestético, que esa es otra de las razones cada vez más esgrimidas.
“Aquí no”, se ha convertido, desde luego, en una de las expresiones más comunes en los ámbitos ciudadanos. Ha terminando generando una cultura de lo negativo, una posición que resulta en sí misma una complicación, un prejuicio y una actitud nada favorable en la toma de decisiones o en la solución del problema.
Este existe: es una carencia, es un trastorno, es una necesidad. Todos o casi todos, de acuerdo. Pero “aquí no”. Cuando llegar la hora de satisfacer la demanda, los mismos que la producen se niegan, no quieren tener en las cercanías de su domicilio ni un parque infantil ni los contenedores ni los centros de atención a los toxicómanos ni la sede de una dependencia policial ni un para la guagua o el taxi y no digamos si se trata de una gasolinera.
En las ciudades pequeñas, allí donde los núcleos de población están colmatados o el suelo es escaso y muy caro, es difícil contentar a todos sea cual sea la solución adoptada. Porque, aunque sea de Perogrullo, siempre habrá quien se sienta perjudicado.
En cualquier caso, este “aquí no” contagiado, esta negativa sistemática, estos adverbios están gestando un déficit de convivencia y un clima de insolidaridad a la vez que de rechazo a los gobernantes de turno muy preocupantes. “Aquí no” es ya algo más que una tendencia, es una complicación difícil de revertir y pone de relieve, he ahí lo grave, la pérdida de valores cívicos y la deshumanización de las ciudades.

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