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El hombre que se enamoró de Sasha Grey. Por Salvador García Llanos

“Hoy no hay sexo, ni compras, ni paseos, ni restaurantes, ni librerías, ni tiendas, hoy solo hay pensamientos negros que conviven en perfecta armonía con las palomas blancas de ayer. Estoy sentado en el Lino’s café, a diez metros del mar, la música de la radio se mezcla con el sonido de las olas al golpear las rocas, yo también soy como el agua, pero me limito a golpear las palabras”.

(El hombre que se enamoró de Sasha Grey, Antonio Lorenzo Gómez Charlín, colección Cultiva, Cultiva Libros)

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Para leer a Antonio Lorenzo Gómez Charlín hay que vaciar la cabeza y dejarse arrastrar por su escritura improvisada, un estilo que es seña de identidad y en el que parece que enciende el piloto automático al menos en los dos libros que llevo leídos del escritor: La leyenda de Fukaeri y El hombre que se enamoró de Sasha Grey.

Tiene Gómez Charlín además la particularidad de desconcertarme cuando empiezo con sus historias cuajadas de reflexiones y referentes literarios y cinematográficos, aunque cuando que se pone más interesante pisa el acelerador y se va por otra dirección, lo que me deja descolocado, sin saber a ciencia a cierta hacia donde se dirige el autor.

Lo mejor por eso es leerlo con la cabeza vaciada, tras triturar con paciencia los prejuicios que te condenan y prepararte para lo mejor y lo peor de un escritor que ha hecho de la literatura un espejo.

Espejo ora cóncavo, ora convexo, en el que intenta disimular el laberinto de sus ideas.

Así que Gómez Charlín lo vuelve a hacer con El hombre que se enamoró de Sasha Grey, un título con muchos atractivos que apenas se explotan porque, sospecho, se la trae al pairo a un escritor vocacional que solo escribe para mostrarse, ya dije, en un espejo.

Me gusta de Gómez Charlín su estilo, así como comparto muchos de los referentes culturales que disemina por esta novela que no es una novela pero sí memoria sin ser memoria ni una de ciencia ficción con manchas de realismo sucio.

Las impresiones que saco tras La leyenda de Fukaeri y El hombre que se enamoró de Sasha Grey son por lo tanto la de observar a un escritor que insiste en un mismo rompecabezas: Antonio Lorenzo Gómez Charlín.

En su nueva experiencia se reúne pues esa misma constante.

Se palpan sus obsesiones, en especial las que siente por el oficio de la escritura y también su devoción por narradores y poetas cuyo trabajo considera fundamentales. Por otro, desparrama un lirismo que cuando frena queda corto, y que cuando alarga se convierte en una nube.

Leerlo exige por ello estar predispuesto a viajar a su otro yo como escritor. A lidiar con sus contradicciones, su entusiasta espíritu literario al que le pesa la carga de una vida diaria que no le convence.

Estructurado en tres personales relatos (Plegarias diurnas, Diccionario espiritual para los jóvenes escritores y Crónicas del gran tiempo) El hombre que se enamoró de Sasha Grey quiere ser muchas cosas, aunque lo mejor es tomársela como un juego de espejos en el que Gómez Charlín asoma la cabeza a veces con mucha fortuna y otras fallidas.

En esta historia que son muchas historias, el conjunto final resulta un mosaico abstracto que no recomendaría leer/observar en su conjunto.

Agradezco así, probablemente porque soy un inconsciente, que Gómez Charlín continúe trabajando futuras novelas con ese estilo que le arde entre los dedos. Porque aquí donde lo ven, este caballero tiene estilo.

Me atrevo a decirlo porque con El hombre que se enamoró de Sasha Grey me pasó lo mismo que con La leyenda de Fukaeri: no deja de sorprenderme su literatura libertaria.

Saludos, ¿que tiempos son estos?, desde este lado del ordenador.

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