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El envoltorio de “A Vivir que son dos días” (SER). Por Gorka Zumeta

Desde hace meses, los dos post que dediqué a mi amigo Javier del Pino, director del programa de fin de semana “A Vivir que son dos días”, de la Cadena SER, son los que acaparan las mejores posiciones entre los más leídos de mi modesto blog. A la vista de la posición que ocupa, no es difícil concluir que el programa está levantando pasiones entre los oyentes que saben apreciar la buena radio, más allá de una marca. Es cierto, y tampoco vamos a engañarnos, que el trasatlántico de la SER es mucho barco en la radio española y que la tripulación es excelente, sin duda; pero los capitanes, en ocasiones, no están a la altura de sus subordinados. Y éste no es el caso. Desde el primer día, Javier del Pino tenía claro que él se incorporaba para hacer algo diferente a lo que se había hecho hasta ahora.

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Javier del Pino junto a Pedro Rodríguez 
y Soledad Gallego-Díaz, dos colaboradores
La trayectoria de “A Vivir que son dos días”, a lo largo de los años, había estado más cercana a una manera de concebir el programa como una continuidad lógica de la semana, en su primer tramo, el informativo, con predominio –y en ocasiones omnipresencia- de la política y un segundo tramo más cultural, en el que a veces se bordeaba lo elitista, cuando no, directamente, la pedantería. La radio no es un medio en que la cultura de alto standing encuentre su acomodo ideal. No lo es porque el perfil de la audiencia, reiterado encuesta tras encuesta a través del EGM, señala que el nivel cultural de la radio es medio, e incluso medio-bajo.
Este aspecto no quiere decir (ni busca convertirse en coartada) que la radio deba dar preferencia a contenidos arrabaleros u ordinarios, no, en absoluto. Nunca defenderé esta teoría, porque de aquí a alcanzar la radiobasura solo mediaría un pequeño trecho. El perfil de la audiencia es el que es y debe servirnos de referencia a la hora, no solo de elegir los contenidos más apropiados, sino también de escoger el envoltorio más adecuado.
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Javier del Pino
Se puede, entonces, en la radio, ¿hablar de un libro con su autor e invitar a los oyentes a que, de vez en cuando, apaguen su receptor y abracen un buen libro, o esto resulta demasiado elitista? No solo se puede, sino que se debe. La radio debe estar pegada a la vida, y esto incluye todas las actividades en que los hombres invertimos nuestro tiempo de ocio el fin de semana, si nos circunscribimos a los potenciales contenidos que debe incluir un programa como “A Vivir que son dos días”. ¿Dónde puede residir entonces el elemento clave que justifica su inclusión o exclusión en un programa de radio? La experiencia me ha llevado a pensar que la forma como se adapta ese contenido –el envoltorio, del que antes hablaba- resulta esencial para generar atractivo e interés en un contenido, sea cual sea.
¿De qué habla la radio para no perder oyentes?
Me gustaría, simplemente, plantear la permanente polémica en torno a lo apropiado o inapropiado de determinados contenidos en la radio. Valga un ejemplo, con nombres y apellidos, y muy habitual en las parrillas de la radio española. ¿La radio debe hablar sobre televisión? Julia Otero comienza todas sus tardes en Onda Cero charlando con un fino y afinado crítico televisivo, Ferrán Monegal, que me engancha. Pero no deja de invitar a los oyentes a que vean “El Hormiguero”, “Master Chef” y similares programas de los que habla bien, en detrimento de la escucha de la radio. Ocurre igual con el cine, el gran arte audiovisual de nuestro tiempo. Mi opinión es que la radio debe hablar de lo que se habla en la calle. Si es de televisión, o si es de cine, o de libros, por supuesto que debe incluirlos. Si la radio estudiara sus contenidos en función de si podrían o no robarle oyentes, aparte de caer en una incomprensible endogamia, estaría cavando su propia tumba, porque esa política la alejaría del escenario real en que se mueven sus oyentes. La radio es compatible con cientos de actividades y, si se apaga, no pasa nada; siempre y cuando concurran atractivos como para que quien la ha apagado regrese a ella pasado un tiempo ocupado en otras actividades, de las que le ha informado la radio. No creo que merezca la pena alimentar debates tan fútiles como éste, sinceramente.
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Sinacio
Esto es lo que ha entendido a la perfección Javier del Pino en su A Vivir que son dos días”. La sucesión de secciones –algunas, como todo, más apropiadas que otras- se ofrecen muy bien salpimentadas logrando el equilibrio perfecto entre contenido y atractivo. Como ejemplo, podría aportarse el simpático concurso “No me lo digas”, que coordina el humorista José Ignacio Salmerón, Sinacio, donde asistimos a un ejercicio sin red en que se humaniza a los invitados que participan en él, convirtiéndolos en seres imperfectos, que se equivocan como cualquiera de nosotros, ante preguntas la mayoría de las veces relacionadas con su profesión. El descanso habilitado a mitad de la competición, en que parece que los micrófonos se cierran y los oyentes permanecen sordos ante lo que se comenta off the record, aumenta más si cabe la complicidad con ellos y su auténtica manera de mostrarse en público. Un acierto.
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Es más habitual ver a Juan Aranaz
detrás del micrófono, que delante
Javier del Pino y su eficaz equipo han entendido en esta nueva etapa de “A Vivir que son dos días”, que la política ya no es tan importante, ni mucho menos imprescindible; que tiene otros espacios donde mostrarse y aparecer con toda la crudeza de que es capaz. Me atrevo a adelantar, además, que serán más bien pocos los políticos que se presten a participar en el mencionado concurso “No me lo digas” (Toni Cantó, actor metido a político lo hizo hace poco, con chispa) porque los políticos, últimamente, nos hacen muy poca gracia.
Pero quería referirme en esta ocasión a uno de los pilotos que maneja los mandos de “A Vivir que son dos días” y que lo hacen, si cabe, más grande: me refiero al realizador Juan Aranaz, a quien es fácil intuir subiendo y bajando regletas o tirando del ordenador y eligiendo la sintonía adecuada a cada momento. Aranaz lleva la radio metida en la sangre, desde bien jovencito. Doy fe. Y ya en la anterior etapa de Monserrat Domínguez se notó su participación. Pero aquí, en este nuevo “A Vivir”, brilla con más esplendor, aunque –como todos los técnicos, y bien que los he alabado en este blog– permanezca en la sombra.
Juan es el responsable del sonido del programa, las transiciones entre los contenidos, la calidad del sonido de estudio y la inserción de la publicidad. Pero su sello se nota –como el de cualquier buen técnico al que le guste su trabajo, y mimarlo- en aspectos tan lucidos como los ajustes a las señales horarias, con las últimas canciones de cada hora, que dan idea de que las piezas del programa se adaptan como un rompecabezas (pura matemática). Aranaz se pelea con su jefe en la elección de la música, cuya última palabra tiene siempre Javier del Pino. Al final le reconoce lo acertado de la selección. En este blog un oyente me llegó a decir que la selección era tan buena que podría editarse un disco con ellas. Y parece que no erró en la apreciación, porque me consta que existe interés de alguna importante discográfica por producirlo. En este capítulo musical, José Martí Gómez, siempre ocurrente, llegó a decir: «A Vivir» es ese programa en el que unos señores que hablan deberían callarse para que pudiera escucharse la música«. Javier del Pino ha renunciado deliberadamente a decir adiós, a despedirse, a nombrar a su equipo y a dar paso al boletín informativo del final del programa. Pero lo ha hecho en beneficio del propio equipo, al que pretende darle más protagonismo, de manera que sean ellos mismos los que se presenten y se despidan, con una nueva, y novedosa, fórmula que sorprende, y agrada. Juan Aranaz se ocupa de ajustarla –aunque a veces quienes hablan son inajustables, salvo que les haga señas (imperiosas) de que concluyan- con la música, con la última columna del siempre atinado Josep Martí Gómez, y las señales horarias, que cierran, con una pausa valorativa, cuatro horas de radio en las que se aprende mucho, insisto; pero tamizadas por un envoltorio ocurrente y divertido, siempre inteligente. Agradecido.
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Aranaz con Paqui Ramos, 
Sara Vítores y Conchi Cejudo
El mérito del nuevo “A Vivir, que está a punto de concluir su primera temporada con Javier del Pino al frente, es que ha filtrado contenidos de otras épocas, hoy menos apreciados (como la cada vez más impopular política) y ha preferido priorizar temas y asuntos alejados, en la medida de lo posible, de tendencias programadas por la promoción o las modas, y enfocarlos con mayor originalidad y menor convencionalismo, lo que se agradece sobremanera. Y algo más: tiene un técnico adscrito al equipo, como un miembro más, integrado. Y se nota la implicación. Por eso lo afirmo, y lo subrayo: ¡la importancia del envoltorio!
¿Qué nos deparará la Temporada 2013-2014?

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