FIRMAS Juan Velarde

Amarillismo innecesario. Por Juan Velarde

Hay una vieja frase periodística que reza que “no dejes que la realidad te estropee un buen titular de prensa”. Pues bien, en el diario Marca llevaron ese principio hasta las últimas consecuencias con el asesinato de la jugadora de voleibol Ingrid Visser y su pareja. El artículo o el reportaje se tituló algo así como “Las miserias del voleibol femenino español”. Este deporte, que goza de un espacio bastante reducido en cualquier diario (aquí prima el fútbol por encima de todas las cosas), de repente, llama la atención de algún ‘sesudo’ redactor del este deportivo y se saca de la manga un texto totalmente sensacionalista.

¿Qué se pretendía demostrar con el artículo de marras? ¿Ponerle amarillismo a una modalidad que nunca ha sido, precisamente, foco de noticias negativas? ¿Dónde están los medios nacionales a la hora de darle carrete al voleibol femenino? Nunca. A lo sumo te colocan los resultados y la clasificación. Alguna reseña cuando es la final de Liga, de Copa o cae la suerte de que algún representante español se mete en la finalísima de una competición europea. De resto, la nada absoluta.

Además, hay otro dicho muy sabio que dice “zapatero, a tus zapatos”. Lo del asesinato de Visser y su compañero sentimental no deja de ser una noticia que trasciende del ámbito del deporte para alcanzar categoría propiamente dicha de suceso. ¿Qué tiene que ver el voleibol en este hecho? Nada, es simplemente una mera cuestión transversal. Es como, Dios no lo quiera, mañana alguien decide que me tiene que asesinar y se titulara el deceso en prensa como “las miserias del periodismo”. Nada tiene que ver lo uno con lo otro, pero sobre todo llama la atención que se insista en las miserias de un deporte como si se produjeran hechos luctuosos todas las semanas.

Lo que se ha perdido es una brillante oportunidad para abordar las carencias que tiene el voleibol en España a nivel general y el femenino en particular, con equipos que se sustentan, en ocasiones, en la suerte efímera de tener a un mecenas detrás que usa sus millones en ‘regalarse’ una carísima publicidad de sus empresas hasta que, naturalmente, el euro no se puede estirar más y los conjuntos malviven o desaparecen. Esas sí son miserias. Lo otro, simple y llanamente, se llama morbo.

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