FIRMAS Salvador García

Superar la decadencia. Por Salvador García Llanos

¿Puede una ciudad en la que permanece cerrada y sin equipamiento desde hace años una biblioteca pública nueva pensar en actuaciones infraestructurales de alto nivel, alguna ideada como panacea de su sostén productivo? ¿No se aburre esa misma ciudad de contemplar cómo se prolonga el estado inacabado de las obras de ampliación de uno de sus principales recursos científico-turísticos como es el Jardín Botánico? ¿Puede seguir soñando con inversiones y proyectos concebidos para modificar su realidad y su propia condición de destino turístico?

Las interrogantes apuntan contradicciones, claro que sí. El Puerto de la Cruz trata de superar un progresivo proceso de decadencia a la vez que se debate entre incongruencias, incertidumbre y, sobre todo, escepticismo de sus habitantes y agentes sociales. Un Consorcio de Rehabilitación Turística, enmarcado en la estrategia nacional Turismo 2020 y que agrupa a varias administraciones públicas que han dejado la puerta abierta a la iniciativa privada, intenta, a duras penas, inyectar optimismo y afrontar una profunda tarea de renovación, cambiando incluso hábitos y enfoques de los operadores turísticos.
Quiere proyectar la ciudad, situarla sin reservas en el primer plano de competitividad, desmontando clichés, exprimiendo valores tradicionales y renovando recursos. Hasta ahora, su obra de planificación es bastante estimable, en algunos casos con una visión muy rompedora o vanguardista, apta para pensar en un porvenir más fecundo; pero se empieza a pedir al Consorcio hechos tangibles y salvo unas pocas acciones puntuales, la respuesta es a todas luces insuficiente. Para colmo, ha habido momentos en que los propios responsables del Consorcio parecían incrédulos o poco entusiasmados con lo que hacían. Acaso porque están más preocupados en la política efectista y cortoplacista, no son conscientes de que es una especie de último tren que pasa y al que hay que subirse como sea para intentar materializar los propósitos anteriormente señalados, esto es, paliar la crisis, diseñar y construir un nuevo Puerto de la Cruz, más atractivo, con más reclamos y en condiciones de competir en los mercados nacional y extranjero.
Se trata de un destino turístico diferenciado, con una indeclinable vocación, con unos encantos inigualables… Una ciudad donde todo está al alcance. La que marcó tendencia, la que brindó generosamente sus atractivos naturales, la que reúne una oferta difícilmente comparable. Se diría que el Puerto nació para ser turístico. Su pasado -errores urbanísticos aparte- es un modelo de cómo abrirse a las corrientes sociales, de cómo prestar unos servicios, de cómo modular su oferta y de cómo producir una singular fidelización de sus visitantes.
Ahora intenta remontar. Pero muchas personas no terminan de aceptar que el esplendor del pasado no volverá. Por tanto, son poco útiles la nostalgia y sus utilitarismos derivados. Ha de salir en busca de otro tiempo más brillante pero debe fabricarlo con nuevos soportes, con respuestas innovadoras y con clara voluntad de cualificar sus productos, si es preciso, especializados, pues no faltan mimbres o costuras para lograrlo.
Un modelo propio
La lucha, desde hace años, es dotarse de un modelo turístico propio. El sector privado ha sido poco sensible con esta necesidad y ha sido poco participativo. Se queja, a veces con razón, del tratamiento poco favorable concedido desde la administración local o desde las instancias políticas. Lo cierto es que, cuando lo tuvo a su alcance, no quiso contribuir, acaso por otros intereses. El Puerto, como producto turístico,  no puede circunscribirse en ninguno de los modelos establecidos porque tiene un poco de cada uno, aunque en la actualidad ninguno de ellos posee atractivo suficiente como para generar una demanda específica.
No existen eventos culturales, religiosos o de salud de relevancia suficiente. Cuando han surgido y han querido consolidarse, siempre a base de tesón, se topa con una extraña manía de reventarlos desde dentro. Pero es evidente que se precisan uno o dos acontecimientos sobresalientes al año con la sana ambición, entre otras cosas, de promocionar el destino.  Hay que añadirlos a la base casi exclusiva de sol y playa. Hay que aprender de los errores del pasado. El desarrollo turístico de los 70 hizo mucho daño y ahora nos encontramos con una planta alojativa algo anticuada, pese a los intentos y a las realizaciones de remodelación merecedores de reconocimiento. Hay que hacer esa planta más competitiva, con dotaciones y servicios que estén a la altura de los que pueden encontrarse en otras latitudes y de las exigencias de la clientela de nuestros días. Es evidente que la gestión empresarial debe ser realista y entender que los beneficios económicos, teniendo en cuenta las circunstancias, no pueden seguir siendo los mismos.
 Sin embargo, la situación actual no se puede achacar a una sola causa -la pérdida de miles de camas en los últimos quince años ha sido alarmante, aunque haya contribuido a racionalizar la oferta-, aunque probablemente el germen se pueda encontrar en una errónea concepción de base destinada al turismo de masas (provocado evidentemente por el atractivo económico de la inmediata recuperación de la inversión y consiguiente obtención de beneficios).
Una mala visión de futuro  provocó la destrucción de la gran mayoría del patrimonio que, de existir en la actualidad, habría sido un gran reclamo. Por el contrario, tenemos un destino maduro, obligado a trazar perspectivas de renovación y por tanto, atractivo casi en exclusiva a un cliente de avanzada edad, con escaso poder adquisitivo que escasamente logra generar ingresos para la subsistencia de los establecimientos hoteleros y que desde luego no contribuye al desarrollo de la industria accesoria. Ello ha vetado la posibilidad de decantarnos por un turismo naturalista o cultural ahora tan pujantes, entre otros.
 
Sector público
Por otro lado tenemos la gestión desarrollada por los responsables de instituciones públicas. La inexistencia de un modelo a seguir ha sido provocada por la dependencia de otras entidades superiores a la que se ha sometido el Ayuntamiento, limitando interesadamente el ámbito de actuación del mismo.
La promoción turística de la ciudad, salvo en determinados períodos muy concretos (1999-2003), ha estado en estas últimas décadas en manos de la Spet (ahora Turismo de Tenerife), del Plan del Valle y de entidades consorciadas. La consecuencia inmediata ha sido la de sustraer, casi en un 90%, el presupuesto que el Ayuntamiento destina a la promoción de la ciudad, limitando de esa forma su ámbito de actuación al máximo en pro de un supuesto desarrollo integral del valle como producto turístico, algo que hasta la fecha no ha fraguado y difícilmente lo hará en el futuro.
En la actualidad, el área de Turismo depende sobremanera de Turismo de Tenerife, adhiriéndose pura y exclusivamente a las acciones promocionales desarrolladas por esa entidad (FITUR, ITB, WORLD TRAVEL MARKET y pocas más)  acudiendo el Puerto siempre con la precariedad de medios que el escaso dinero que la participación en estos grupos le permite.
Hay un escaso margen para gestionar lo que se llamaría el producto interior. Es más, varias iniciativas o convocatorias en las que participa el área no parecen propias aun cuando tengan una evidente repercusión turística, como todo lo que se haga en la ciudad (desde el servicio de recogida domiciliaria de residuos, las Fiestas de Julio o el funcionamiento de los servicios de seguridad). Pero cada área se supone que tiene perfectamente asignadas sus funciones, además de un presupuesto acorde con la programación que debe desarrollar. Los escasos recursos que le quedan a Turismo, tras detraer las cantidades que debe aportar a las diferentes entidades participadas o supramunicipales, se está invirtiendo en hacer actividades para otras áreas.
Rivalidades y diferencias políticas
En definitiva, la carencia de un modelo turístico es lo que hace que el Puerto prolongue su decadencia y no despierte el entusiasmo de otrora. Es como si estuviera agotado, dando palos de ciego, con una legítima demanda popular de un puerto deportivo-pesquero, trufada de confusión que se refleja en la creencia de panacea para remontar ese vuelo bajo o ese estancamiento que caracteriza la evolución de la ciudad en los últimos años. En cambio, para otras causas más apremiantes y más llevaderas, como la reapertura de la estación de guaguas o nuevas dotaciones, el entusiasmo o el interés es bastante menor.
Una mayor implicación de los gobernantes locales en el hecho turístico sería muy deseable. Sólo así sería posible contestar las preguntas del principio. Priorizar las ansias por destruir el trabajo del otro partido al interés general de la ciudad y los intentos de definir el modelo realizados hasta 2003 (turismo deportivo, turismo de congresos, sostenibilidad, clima, eventos…) sólo abona una política de enfrentamientos y discordias que frenan muchas iniciativas. En cambio. Hay que asumir que lo importante es construir y continuar. Lo otro es frenar, embarullar relaciones y abonar el anquilosamiento.
Hay mucho por hacer, pues, en un Puerto de la Cruz del que sigue enamorado tanta gente. Hay que confiar en que el Consorcio pueda presentar, cuanto antes,  resultados palpables del trabajo que llevan a cabo sus profesionales. Hay que erradicar quistes que condicionan el desarrollo de la ciudad, así como los atavismos y los complejos derivados del derrotismo victimista. Se impone -lo venimos diciendo desde hace años- un cambio de actitud; otra actitud, incluso psíquica o anímica, válida para encarar el porvenir con decidido afán no de devolver a la ciudad el prestigio perdido (por decirlo con un ejemplo coloquial: el esplendor del ambiente de aquel Puerto Cruz la nuit, ese no volverá) sino de procurar un despegue que la sitúe en vanguardia del concierto de los municipios turísticos.
Con su personalidad, con su experiencia, con su historia, con sus reclamos. Con su iniciativa. Y con lo que sea capaz de emprender y fabricar.

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