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Ellas tampoco saben por qué, relatos de María Gutiérrez. Por Eduardo García Rojas

“Cuando la conocí todavía ejercía. Era una provocadora a la que le gustaba echarse los güisquis en una boca salpicada de dientes de oro y llena de palabras mientras los hombres la miraban, aunque nunca la vi con ninguno en particular. Me encantaba contemplarla, me provocaba una satisfacción que por aquella época no entendía, una curiosidad que se extendía a todo su entorno, tan fascinante me resultaba; por lo que me contrariaba que mi padre y los demás se la comieran con los ojos y fueran criticando más tarde el lenguaje soez del que hacía gala y otros descaros suyos.”

(Arraigo incipiente, relato incluido en Ellas tampoco saben por qué, María Gutiérrez, colección Tid, Ediciones Idea)

Ellas tampoco saben por qué gira en torno a doce relatos que revela a una notable escritora, María Gutiérrez, que sabe manejarse muy bien en el territorio de las historias cortas. Tiene clase su literatura, estilo. Convence su aparente sencillez para transmitir emociones, despertar sensibilidades que creías ocultas en algún lugar de tu corazón.

Gutiérrez emplea para ello géneros que domina y respeta. Esta es una de las claves que sustenta un libro que se lee con avidez, y que provoca reflexiones pese a que algunos de sus cuentos apenas superen página o página y media.

La colección presenta distintos retratos femeninos, algunos de ellos trágicos, pero están narrados con generosa distancia, casi como si pareciera que su autora lo que le interesa es contar lo que ve (imagina) sin dar lecciones morales.

Pienso que ésta es otra de las claves de este libro singular, que abrevia de fuentes donde no concurre la literatura que en la actualidad se está escribiendo en este archipiélago desamparado, abandonado de las manos de los dioses.

María Gutiérrez transmite sensibilidad con un estilo sencillo, conciso, que no cae en ejercicios espirituales camuflados como ejercicios experimentales. Juego en el que sí incurren muchos compañeros de viaje, poco crédulos a la hora de contar historias y sí amigos de complicarse la vida porque, presumo, no hay más dentro de su cabeza. Quizá entusiasmo por parecer lo que no son: escritores.

Todo lo contario cuando devoro, más que leo, estos relatos con inicio, nudo y desenlace. De una aparente simplicidad ya que la mayoría de ellos esconde complejas bombas de relojería, bombas larvadas que explotan como sensaciones una vez cierras las tapas del libro.

Un libro que desconcierta y que me resulta insólito porque está escrito desde las tripas, o desde muy adentro. Que brinda momentos que conmueven.

Cuentos en los que subyace agonía, fatal resignación pero también un canto en ocasiones pintado con lirismo extremo sobre la aventura de lo cotidiano, de levantar la cabeza pese al peso de las circunstancias. Por miserables e ingratas que resulten.

Un aviso pues a los navegantes: no es Ellas tampoco saben por qué un libro donde no se cuenta nada, sino todo lo contrario. Es una obra donde sí se cuentan muchas cosas. Doce relatos, hemos dicho, que están escritos desde muy adentro en los que se narra a veces con crudeza tragedias de la vida vulgar, citando el título del mejor libro de relatos, a mi juicio, del maestro Wenceslao Fernández Flórez; y en otras con un aliento poético que desarma y emociona. Que pone la carne de gallina.

Cuentos en los que sus protagonistas resultan creíbles, la mayoría de ellos seres inocentes a los que ha marginado una sociedad hipócrita y chiquita.

Me quedo, no obstante, con dos relatos.

Dos historias que poseen complejos discursos sobre lo que ellas son, sobre cómo les condiciona ser lo que son y, en especial, por cómo quieren verlas los demás que son.

Me refiero a Barro de Agana, relato de obligada lectura para todos aquellos que aún sostienen que los primeros pobladores de Canarias fueron algo así como buenos salvajes, y Arraigo incipiente. Historia en la que su autora rinde homenaje a una calle que resiste su derribo en pleno corazón de esta capital de provincias en la que vivo, y cuya memoria pide a gritos que la recupere una literatura urbana que se precie.

O lo que es lo mismo, que vaya más allá de la guía del viaje, del recorrido sentimental por sus calles y plazas.

Afortunadamente ha sido una mujer la que descubre como espacio literario esa calle condenada por ser espacio de mercadeo sexual, Miraflores, al narrar la desventura de una mujer rebelde dedicada a ese oficio que dicen es el más antiguo del mundo.

Defiendo así que María Gutiérrez solo por esta historia hace gesta.

Gesta en una ciudad que solo se mira al espejo cuando su reflejo no le muestra lo que realmente es: una urbe con dos caras, tristemente pueblerina y conservadora.

(*) Ellas tampoco saben por qué se presenta este jueves, 20 de junio, a las 19.30 horas, en la Librería de Mujeres de Canarias, en la calle de Sabino Berthelot, 42, en Santa Cruz de Tenerife. El acto correrá a cargo del profesor José Ramos Arteaga.

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