FIRMAS

Elogio de la parsimonia. Por José Oriol

Cuando  la máquina de vapor superó en velocidad a un caballo y el telégrafo transmitió la información más rápido que el rumor, la rapidez, que hasta entonces había sido considerada vulgar, se transformó en virtud. La lentitud, se volvió torpeza, carencia de tecnología y atraso. Y comenzó una historia que llega hasta la mismísima médula del pensamiento humano.

En otro tiempo los ritmos naturales estandarizaban la vida. Las estaciones, una cosecha, la alternancia noche-día, o los solsticios, eran las unidades de tiempo vigentes. Eran ciclos largos que impregnaban de «lentitud» la vida de las personas porque sus vidas estaban condicionadas por estos fenómenos.

Ahora, gracias al invento del reloj, los ciclos son de horas, minutos y de segundos. El día se ha dividido en 24 secciones que se dividen a su vez en secciones de 60 minutos, que se dividen a su vez hasta la milésima parte de un segundo. Y sin embargo, nunca antes  hemos tenido menos tiempo para la felicidad.

La rapidez impregna cada uno de nuestros actos. Esperamos que nuestros hijos se duerman rápido, queremos la comida ya, que los amigos nos respondan de inmediato. Que ya, se nos cure la enfermedad. Llegar a los sitios antes de salir,  que la ropa salga seca de la lavadora. Y así, trabajamos con prisa, disfrutamos a todo correr, amamos con urgencia, nos reproducimos a toda velocidad.

Cada día una cadena de sobresaltos y  espasmos  nos aguarda para impedirnos respirar. Pasamos la vida pre-ocupados, viviendo siempre en el futuro,  dejando que el día pase sin su condimentación, sin  olor, ni sabor. El ansia nos tiene atrapados

La vida, para ser buena debería ser como aquel adagio, lleno de notas tenidas, de impresiones y reflexiones, de contactos sensuales con los objetos y las personas. Un lugar donde todo se toma su tiempo, donde nada te urge.

La vida cuando es buena se nutre del aire, de la respiración paciente, de la quietud. Se asienta meditando sobre lo que aprendes para crear tus propias opiniones. Es recuperar la productividad y la eficiencia que emana del bienestar y disfrutar de las personas que se ocultan bajo tus clientes.

Es aprender por curiosidad, trabajar por amor, luchar por un ideal, sentir transcendencia en lo que se hace. Es agendar un espacio para recuperar la calma y la perspectiva. Es elegir no dañar.

De ahí la tesis que vengo a defender: aquí y en todas partes hay que acorralar a la loca bestia de la prisa y del estrés para que nunca haya que poner sedantes donde la lentitud y la serenidad sean suficientes.

Hay que aprender a saborear los momentos. Relajarse y respirar.

 

psicologotenerife.org

 

 

 

 

 

 

 

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