FIRMAS Salvador García

Exprimidores del morbo. Por Salvador García Llanos

Quienes circulaban por los alrededores se extrañaron aquella mañana de la concentración de personas y de aquel inusual movimiento en los exteriores del Palacio de Justicia de Santa Cruz de Tenerife. Comparecía Saida Prieto, la candidata accidentada en la gala de elección de la reina del Carnaval.

No tardó en saltar la chispa del circo mediático. Los exprimidores del morbo estaban al acecho. Y aunque parece que es la propia Saida -o su entorno- la que inicialmente alimenta, al pactar hacer unas declaraciones a un programa de Antena 3 Televisión -en una versión se señala que era con los tres canales privados nacionales- a la salida de su testimonio judicial, lo cierto es que son los reporteros de otro programa de Tele 5 los que colocan un pinganillo en un oído de la protagonista y anticipan su versión. Ahí, otro incendio: hasta se escucha la voz de Saida decir: “No me agobien”. Enfado en directo que alteraba la comodidad de la distancia tertuliana de los estudios, reproches y acusaciones de falta de profesionalidad. En el descontrol, el abogado que esgrime la manguera para ofrecer una entrevista de compensación al programa de Antena 3 Televisión.
Lo dicho: otro incendio, con el que pasar de la tragedia que fue aquella gala, en la que gracias a Dios no hubo otras fatalidades, al ‘show’, al espectáculo en el que se ha convertido la primera fase de la resolución judicial del accidente. Algunos de los presentes han confesado haber sido sujetos pasivos del circo mediático: vivieron eso que han visto tantas veces y que tantas veces han reprobado. La noticia estaba allí, de acuerdo, pero a esos tumultos, a esos empujones, a esas descalificaciones “en riguroso directo”, no están acostumbrados. Demasiado aparatosa la obtención del testimonio de la protagonista. Los índices de audiencia tienen la culpa, todo vale: el fin justifica los medios.
El caso es que la información se tiñe de morbo. Eso es lo que quieren los espectadores, se dirá. Cebarse en el dolor. Pero la audacia por lograr aquélla, en buena lid competencial, se desvirtúa cuando se sabe que hay compromisos e intereses en juego. Si la protagonista se presta, si la dimensión pública del personaje se confunde, entremezclándose con otros factores, cuesta salir en su defensa. Si se llega al postre de la situación, cuando surgen comunicados explicativos de las partes cargados de intención o planteamientos de ofertas y exclusivas (remuneradas, claro) que, en realidad, lo que hacen es prolongar la sesión circense, se comprobará que no hay límites y que hay que agotar el filón.
Respetemos el dolor de la víctima, aún no desaparecido, y de sus allegados. Y su capacidad de libre gestión de las secuelas del suceso. Aquí ha habido una sociedad que ha expresado su dolor y su solidaridad. Por lo que sería bueno, si se admite la recomendación, que no se diera pie a una deformación sesgada de lo acontecido hasta germinar dudas y rechazo. Que se tenga presente el derecho a la intimidad y a la privacidad. Y que aun existiendo circunstancias luctuosas, se pasa de la compasión al rechazo en un santiamén.
Y dicho sea sin pretensiones moralistas: si algunos medios de comunicación, con sus intereses, que también los tienen, contribuyen, con sus métodos y sus irrespetos, contrastarán que sigue en caída libre su credibilidad.
De la tragedia al circo, apenas hay unos pasos.

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