FIRMAS

Las Jack Daniel’s. Por Irma Cervino

Las cinco dioptrías le habían causado la retorcida cicatriz que cruzaba su frente como el Tajo atraviesa la Península Ibérica. Cayetano se había negado siempre a ponerse las gafas que le prescribió el oculista cuando apenas tenía siete años y, a pesar de que su madre le obligó a sacrificar el cerdito al que durante años había ido engordando con las monedas que cada domingo le daba la abuela Fermina, él se resistió a llevar aquel artilugio indeseable. La única vez que se colocó las gafas de pasta negra y cristales que parecían extraídos de la Jack Daniel’s de su tío Humberto, descubrió dos profundas hendiduras en el rostro de su madre. Ella le contó que eran el paso de los años y, desde entonces, cada mañana, Cayetano se asomaba al espejo esperando que los suyos también comenzaran la excavación. Cuando la conciencia le hizo ver mejor que aquellas gafas, averiguó que los huecos, cada vez más profundos y oscuros en el rostro de su madre, no habían sido horadados por los años sino por el dolor que le había causado la muerte prematura de su marido. Pronto tocaron hueso y también ella se marchó.

Con diez años, Cayetano se tuvo que ir a vivir con su abuela. No se fue solo. En la maleta, escondió una de las orejas que logró salvar de la matanza del cerdito de porcelana rosa y las gafas que tanto detestaba y nunca más se había vuelto a poner, desde que descubrió aquellos huecos que acabaron con la vida de su madre. Los primeros días luchó por hacerse con cada rincón de la casa. No era fácil aquel lugar lleno de sillones, lámparas y retratos de otro siglo.

cerditoo

– Deja tus cosas en la habitación del fondo- le dijo la abuela con el mismo tono que más tarde escuchó decirle a la cocinera que echara otro trozo de carne al cocido.

Aquel pasillo inmenso era tenebroso y, cuando empezó a cruzarlo, se dio cuenta de que un hombre le esperaba a mitad de camino. “Debe ser el mayordomo”, pensó y forzó una sonrisa. Su madre le había enseñado a ser amable con la gente aunque no la conociera. Cuando pasó a lado de aquel tipo estirado y serio, le dirigió un tímido “hola” pero no recibió respuesta. Cayetano insistió hasta que, desde el otro lado, su abuela le gritó.

– ¡Niño! ¿qué haces hablando con un perchero? Deja tus cosas en el cuarto y ven a comer que ya es tarde. En esta casa hay horarios- y, en ese instante, un reloj de cuco algo afónico trató de dar las dos.

Los días se hacían interminables en aquella casa estancada en el pasado y en el mal carácter que había ido adquiriendo la abuela Fermina. La mujer era demasiado exigente con el servicio y había cambiado el trato con su nieto, al que solo se dirigía si se lo tropezaba en el pasillo que daban a las habitaciones y al que ya no le daba dinero los domingos. Incluso, una mañana le echó en cara que bastante gasto era tener que cuidar de él. Cayetano no le dio importancia a aquellas desagradables palabras porque tampoco tenía un cerdito para guardar sus ahorros.

La vida se había vuelto aburrida. Por las noches, en el silencio de su habitación, Cayetano hacía números para calcular cuántos años le quedaban aun de vida, ya que había averiguado que moriría a los ochenta. Así lo confirmó después de abrir por esa página, y al azar, el Quijote que descansaba embadurnado en polvo en una de las librerías del salón. Días después hizo lo mismo para saber cuándo le tocaría a su abuela y la página que se abrió fue la 70. En conversaciones clandestinas con Melita, la cocinera, descubrió que apenas le quedaba un día. Cayetano tuvo el impulso de ir a contárselo a James, que era como llamaba al mayordomo del pasillo, al que le había cogido cierto cariño. Fermina insistía en que era un perchero pero él veía a un señor alto de cabeza ancha que, si bien nunca le hablaba, al menos sabía escucharle y guardar un secreto.

gafas

– La abuela va a morir mañana porque cumple 70 años y, entonces, todos seremos libres y podremos hacer lo que queramos en la casa- le dijo susurrando y atreviéndose a cogerle de una de las mangas de la chaqueta.

Esa noche, cuando fue a darle las buenas noches a su abuela antes de irse a la cama, Cayetano sintió un poco de pena y al habitual “que descanses” añadió un “en paz” pero ella no se percató del detalle. Le costó dormir y, entre las sábanas, estuvo esperando escuchar el grito de muerte de su abuela. Ya de madrugada, el sueño le venció.

Un rayo de sol que logró colarse por una abertura de la cortina floreada y un olor intenso a manzana le despertaron. Todos los miércoles Melita hacía bizcochón para desayunar. Cayetano se extrañó de que habiendo muerto la abuela, la cocinera no lo hubiera pospuesto para el día siguiente. Nervioso, pero preparado para la noticia, se quitó el pijama y se vistió. Al cruzar el pasillo notó que el mayordomo estaba más triste de lo normal. Seguramente, sentía pena por su señora fallecida. Entró en la cocina y saludó a Melita esperando que la mujer se echara a llorar al contarle lo que le había ocurrido a su abuela. Pasaron siete minutos mientras le preparaba el café con leche y sacaba el bizcochón del horno. Ni una palabra sobre la abuela.

Cayetano terminó el desayuno y se dirigió al salón. Seguramente, de un momento a otro, llegarían los señores de la funeraria y él tendría que indicarles dónde estaba el cuarto de su abuela. Esperó acompañado del silencio y solo cuando escuchó la voz atragantada del cuco del reloj se dio cuenta de que había pasado una hora. Miró a su alrededor. Todo seguía igual. Tal vez, la abuela había muerto mientras dormía y todavía, a esa hora, nadie la había echado de menos. Decidió acercarse a su habitación, descubrir el hecho y avisar a Melita. Pero allí no había nadie. Miró debajo de la cama y, cuando se reincorporaba, frente a él, se encontró con el cuerpo aun con vida de la abuela.

– ¿Qué haces rebuscando en mi habitación?
– Ab..abu…abuela… yo… te estaba buscando.
– Sal de aquí, entrometido. Lo que tengo que aguantar. Ponte a estudiar, a ver si te haces un hombre de provecho. Largo de aquí- le gritó.

Cayetano salió corriendo y llegó a su habitación más disgustado de haber comprobado que la abuela no se había muerto que con las palabras que le había proferido. “El Quijote no puede haber fallado”, pensó. Estaba seguro de que aquella página decía 70. Pero era consciente de que no veía bien y sus dioptrías podrían haberle jugado una mala pasada. Desesperado, tomó una decisión contra su voluntad. Abrió el armario, sacó la maleta y la colocó sobre la cama. Rebuscó entre sus cosas y allí, en un estuche de piel, encontró las horribles gafas con cristales de culo de botella. Haciendo de tripas corazón, las empujó hacia sus orejas y las dejó caer en su nariz.

Era como si el sol se hubiera derramado en aquella habitación. Todo se volvió limpio y luminoso. Cruzó el pasillo y vio que en el lugar donde todo aquel tiempo había estado “su” mayordomo, ahora había un perchero con una chaqueta de paño marrón. Llegó al salón y buscó en la biblioteca el Quijote. Disfrutó descubriendo cómo brillaba el polvo sobre las letras doradas de aquel libro y que días atrás había imaginado solo a través del tacto. Buscó la marca que había dejado para recordar la fatídica fecha y, al mirar en la esquina inferior, descubrió que el 7 se había convertido en un 9. La abuela no moriría a los 70, sino a los 90. Lo cerró con impotencia y tanta fuerza que las motas que durante más de una década habían dormido en aquella joya de Cervantes quedaron liberadas para siempre y huyeron buscando salida.

Cayetano se sentía mal. No tanto por el sentimiento de desear la muerte de su abuela, como porque ella aun viviría veinte años más. En apenas unos minutos había perdido todo lo que tenía: la esperanza, a su amigo el mayordomo y su libertad.

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Regresó cabizbajo a la cocina a tratar de ahogar sus penas con otro trozo de bizcochón. Allí, sentada en la mesa, su abuela -viva- sorbía una taza de café, mientras leía el periódico, sin darse cuenta de la presencia de su nieto. Él se sentó a su lado y mirándola fijamente pudo comprobar cómo era, de verdad, aquella mujer. Tenía las mismas hendiduras en la cara que había descubierto en su madre aquel día que, por primera vez, se había puesto las Jack Daniel’s. Recordó lo que le dijo su madre entonces: “Son el paso de los años” y también, lo que, con el tiempo, pudo confirmar que eran realmente: dolor. De repente, sintió pena por ella. Aquellos huecos oscuros debajo de sus ojos hundidos eran el sufrimiento de haber perdido a su hija. Y ese inmenso dolor era el que le había provocado ese carácter tan desagradable.

De vuelta a su habitación, saludó a James, el mayordomo convertido ahora en perchero y le confesó que intentaría que su abuela disfrutara los últimos veinte años de su vida. Al menos a él le quedaban muchos más, según el Quijote. Desde aquel día, Cayetano no se volvió a quitar las gafas que le habían devuelto la realidad.

 

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