FIRMAS Salvador García

Con manipulación no hay credibilidad. Por Salvador García Llanos

No son muy lejanos los tiempos en que los telediarios de Televisión Española eran distinguidos por prestigiosos institutos académicos de análisis de medios de comunicación. En concreto, el Telediario 2 había ganado, según Media Tenor, a veintitrés noticiarios del nivel que registran en Francia (TF1), Reino Unido (BBC), Estados Unidos (ABC News, CBS, NBC) e Italia /RAI). Hubo una época, en efecto, en que los informativos de la televisión pública de este país fueron los más vistos y los más creíbles, fruto de una visión muy profesionalizada, de unos planteamientos muy equilibrados y muy pluralistas. Hemos rescatado la declaración final de Media Tenor, en la concesión de aquel galardón al considerado como “el mejor telediario del mundo”. Decía: “El público español está en la mejor posición para construir su propia opinión sobre lo que ocurre en España y en el mundo”.

Las cosas han cambiado, tanto  que los informativos de TVE ya no encabezan las clasificaciones del Estudio General de Medios (EGM). Las pérdidas de audiencia son notables durante el último año y medio. Se han sucedido noticias que han contribuido a esa merma, un hecho negativo para un medio que ha de competir y que en el ámbito concreto de la información está llamado a responder a determinados códigos que no son los que parece se estén respetando y cumpliendo.
Hechos que, teóricamente, no pasarían de anecdóticos, adquieren cierta categoría en un contexto que cada vez más es un retorno al pasado. Que en esos telediarios, otrora premiados, se recomiende rezar para encontrar trabajo -como lo leen: rezar- o aconsejar a los padres vestimentas menos provocativas para sus hijas, revela, cuando menos, un sesgo supuestamente moralizante, que hay una mano que mece la cuna del pretérito imperfecto, ansiosa, sin duda, de que vuelvan usos y costumbres que caracterizaron una época larga, impregnada en muchas fases de mojigatería y conservadurismo. Y todavía se quejaban de los influjos ideologizados de la suprimida Educación para la Ciudadanía que no era objeto de tratamientos televisados, por cierto.
Lo que ya no es tan anecdótico es cuanto se cuece entre bambalinas. Hasta donde la memoria reciente alcanza, se registra una comparecencia en sede parlamentaria del presidente de RTVE para esclarecer la supuesta existencia en el medio de “lista negras” -¡a estas alturas del siglo y de la democracia!-; y se produce el cese de una responsable de la dirección de informativos tras filtrarse, por error, un informe interno en el que se analizaba, en clave de afinidad política o ideológica, la composición del Consejo de Informativos que llegó a denunciar públicamente, por cierto, ataques a la libertad de expresión por las presiones que habían recibido integrantes del programa Informe Semanal -en otro tiempo, uno de los buques insignia de la casa- por negarse a firmar ediciones o reportajes por la supuesta intromisión en sus contenidos de la dirección del programa. Lo ocurrido con el reportaje titulado Acoso a políticos pone de relieve altos niveles de manipulación y de desequilibrios.
Pero el caso más reciente que pone en entredicho el modo de hacer en los informativos de la televisión pública lo ha protagonizado la presentadora de la primera edición del Telediario, Ana Blanco, quien elevó una protesta por el tratamiento dado a la aprobación de la Ley de Costas. En la pieza correspondiente, según ha trascendido, eran obviadas las opiniones contrarias a la norma.
Para que la locutora haya tenido que hacer eso, hagámonos idea de la tendenciosidad de lo que se iba a emitir. En las quejas de Blanco y de la responsable de la edición consta que “se había cubierto de forma insuficiente e inadecuada el debate de la Ley en el Congreso que se llevó a cabo ese día”.
Malos tiempos pues para la lírica informativa de la televisión pública donde incumplir el Estatuto de Información de RTVE o el propio Manual de Estilo, que pretenden una información veraz e independiente, empieza a ser un ejercicio común y hasta impune. Se acumulan, por algo será, las anomalías y las manipulaciones.
Cuando eso sucede, ya se sabe: menos credibilidad y menos audiencia.

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