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El viento y la sangre, una novela de M. A. West. Por Eduardo García Rojas

Los domingos por la tarde en Peoria son igual de plúmbeos que en cualquier ciudad de provincias. La gente sale al campo, se mete en el cine o se encierra en casa para intentar hacer más breves esos adelantos a la muerte.

(El viento y la sangre, M. A. West. Colección Negra, Navona Editorial)

“- Antes te dije que te mataría y te despedazaría, ¿verdad?

Vinnie asintió.

– Y te dije que si hablabas, te mataría primero, ¿verdad?

Vinnie volvió a asentir con resignación, casi con agradecimiento. Entonces, como si Lucifer se hubiera apoderado de él, los ojos de Rudy dejaron de ser castaños y se tornaron de un color amarillento, casi dorado, cuando dijo:

– Te mentí.”

(El viento y la sangre, M. A. West. Colección Negra, Navona Editorial)

La edad de oro de la novela negra en Estados Unidos, los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, está plagada de autores que no han trascendido con la fuerza que merecen al publicar sus obras en sellos editoriales de baja presupuesto, los pulp, y al entenderse que se tratan de títulos del montón, literatura facilona y demasiado directa, que carece del lirismo de los clásicos (David Goodis, William R. Burnett, Don Tracy, Jim Thompson, Charles Williams, entre otros), desechando el trabajo artesanal de muchos de estos escritores, algunos de los cuales incluso supieron dotarlo de una mirada que además de dar prioridad al estilo –repleto de frases cortas y contundentes– volcaron su ingenio en historias que, leídas en estos tiempos siniestros, resultan aún políticamente incorrectas.

Desconocía pues el trabajo de uno de estos artesanos de la palabra, M. A. West, pseudónimo bajo el que se esconde un profesor de Literatura que para doblar el sueldo que le proporcionaba su trabajo se dedicó a publicar novelitas que, pasado los años, pasado el tiempo, quiero entender ahora como la serie B del género negrocriminal.

Una serie B que destaca, como destacó en la gran pantalla, por su poderosa imaginación, sentido de la acción y, lo que es mejor, ofrecer una visión de esta literatura desde perspectivas radicales y desconcertantes.

El viento y la sangre, novela que traducen y recuperan para el mercado español Thalía Rodríguez y Alexis Ravelo, es un buen ejemplo para entender las constantes de esta narrativa si quieren menor.

Constantes que podríamos resumir en descripciones explícitas de sexo, extremada violencia, personajes de una pieza pero con matices en ocasiones insólitos, y un sentido de la acción que las hace inevitablemente reivindicables.

Poco sabemos de su autor, M. A. West, aunque al parecer dejó varias historias protagonizadas por Rudy Bambridge, mano derecha de un hampón de Chicago que se dedica a resolver casos empleando, al margen de la ley, las armas de su oficio.

Esta es la primera característica llamativa de El viento y la sangre. Novela que empieza con el secuestro de una rica adolescente, la huida que emprende uno de los miembros de la banda con el dinero del rescate y la persecución que inicia Bambridge para recuperar el dinero y vengar la violación a la que ha sido sometida la chiquilla.

En la historia, que transcurre en un pequeño pueblo de Dakota, intervienen también otros personajes, algunos de ellos tan atractivos como Lorna, o Conrado Bonazzo, el jefe de Rudy Bambridge, un gángster con un extraño sentido del honor.

El viento y la sangre, como muchas otras novelas de kiosco, lo que los norteamericanos reconocen como pulp, hay un poco de todo.

El lector iniciado puede encontrar influencias de La llave de cristal, de Dashiell Hammett; El secuestro de miss Blandish, de James Hadley Chase, escritor de origen británico que a su vez adaptó a las claves negrocriminales Santuario, de William Faulkner, y algún que otro autor y novela del género que ahora nos ocupa en el que late una preocupación no ya solo por entretener al lector, sino también por salpicar su relato con personajes que definen muy bien el espíritu abiertamente provocador y despiadado de este tipo de literatura.

Una literatura que pese al paso de los años aún sabe a subversiva y que dirige sus críticas contra el orden establecido, de naturaleza siempre corrupta, en el que sus personajes públicos son capaces de sacrificar lo que más quieren para ganar un puñado de dólares.

El dibujo que ofrece M. A. West de los poderosos resulta así demoledor, y explica con un cinismo muy propio del género, que ese orden en apariencia virtuoso lo sostiene en la sombra personajes como Bonazzo. Un gángster calculador sí, pero también un hombre de familia con un desarmante sentido de la caballerosidad. La misma que anima al único irlandés de la banda a resolver los cabos sueltos que se dan cita en esta extraordinaria El viento y la sangre, una novela de apenas 150 páginas que se lee con la misma avidez con la que fue escrita. Y que no deja de sorprender a medida que se avanza por el retrato que ofrece del hombre de confianza de Bonazzo, Rudy Bambridge, así como de otros miembros del gang.

El viento y la sangre se convierte así en una novela que no solo se queda en la anécdota, ya que contiene varias capas que, al modo de una cebolla, M. A. West va pelando a golpe de navaja.

Una serie B, en definitiva, en su estado más puro. Una novela que pese a estar escrita en tiempo record y probablemente sin apenas borradores, nunca pierde de vista su sentido de la acción. Una acción al servicio del entretenimiento pero con muchos mensajes respirando bajo sus páginas.

Por ello, y por muchas cosas más, El viento y la sangre es un título recomendable no ya solo para los aficionados a este tipo de novelas, sino también a los que todavía se cuestionan el tonelaje intelectual que respiran estas historias, aunque se traten de títulos de serie B y firmados por autores prácticamente desconocidos como M. A. West.

Un hombre, West, que dejó escritas otras historias con Bambridge como protagonista y que piden a gritos su pronta recuperación en el mercado editorial español.

Anoten por lo tanto este título: El viento y la sangre.

Y este nombre: M. A. West.

Uno de los nuestros.

Saludos, muchas felicidades Kiko, allá donde estés, desde este lado del ordenador.