FIRMAS Salvador García

Los descuentos que frenan. Por Salvador García Llanos

Ha surgido un debate en torno a las convocatorias de huelgas o de paro, más allá del que ya todo el mundo conoce y establece en términos cuantitativos: se mide el éxito o el fracaso según los porcentajes de participación pero ya se sabe: los convocantes hablarán de un seguimiento que, al menos, permita justificar de alguna manera las razones que motivaron, en tanto que los titulares del derechío mediático siempre tienden a la baja para emplear el término fracaso y, de paso, condenar al sindicalismo y coadjutores, si los hubiera, al fuego eterno. No falla.
Pero, más allá del baile de porcentajes y de los cálculos sesgados, que se evaporan en un santiamén, por cierto, hasta la próxima huelga, se abre un planteamiento sobre el que deberían reflexionar los propios sindicatos en ese proceso de autocrítica supuestamente orientado a la obtención de un nuevo papel en la exigente sociedad de nuestros días.
El nudo es: ¿Qué hacer con el trabajador que quiere sumarse al paro pero al que, tal como están las cosas, el descuento de un día de salario le resulta gravoso? Demos por hecho que ese operario es consciente de que la huelga es el único y acaso el último instrumento que tienen él y sus compañeros para alcanzar los objetivos diseñados con la convocatoria. Y de que la unión hace la fuerza, esto es, cuanto más sean, de aquí y de allá, cuantos más se sumen, la causa tendrá más fundamento y hasta es más probable que las reivindicaciones prosperen.
Pero entre la necesidad apremiante para no mermar el sustento en tiempos de restricciones, el miedo a las represalias (entre ellas, la propia pérdida del puesto de trabajo) y la confusión trufada de desinformación y tendenciosidad mediática, ese trabajador convencido se lo piensa. No quiere ser tomado por esquirol pero le duele un descuento. Le gustaría estar, ser uno más, participar activamente pero unos euros menos a fin de mes le frenan. Entonces duda: ir o no ir, entrar o no entrar, fichar o no fichar. De lo que sí está seguro es en sumarse a la concentración o la manifestación final, esa que se hace para culminar la jornada y, probablemente, para compensar otros vacíos durante la misma. Ahí está aguardando, posiblemente con otros miembros de la unidad familiar, caminando kilómetros entre estrecheces, coreando consignas y haciendo valer su contribución individual, allí donde quiere y puede hacerlo… sin tantos temores y sin descuentos. Mañana, en el trabajo, contarán la experiencia personal, quien sabe si al calor de alguna fotografía publicada.
Pues ése es el debate: de mantenerse estas circunstancias, cualquier convocante de paro deberá tener presente estas premisas. Se dirá, precisamente, que son las disuasorias, las que acentuarían los empresarios o ciertos responsables políticos para minar el espíritu huelguístico y reventar la convocatoria misma. Pero, en el fondo, sin renunciar al concepto, porque debe seguir figurando en la lucha o en la resistencia ciudadana, en el ánimo crítico que debe perdurar, habría que reflexionar sobre los módulos de participación, readaptarlos o revisarlos. Hasta con la utilización de las redes sociales.
A propósito: que los trabajadores no esperen a que lleguen otros con las soluciones. Son ellos mismos, sus organizaciones representativas, sus agentes sociales, sus núcleos de activismo público, los llamados a idear y poner en práctica las alternativas. Una respuesta firme, colectiva, bien ensamblada y mejor materializada, aunque al principio sea costosa, sería el mejor aglutinante para hacer frente a las dudas, a la desazón… y a los descuentos.

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