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Cine de verano. Por Eduardo García Rojas

Recuerdo a Manolo paseando por el patio de colegio mientras recoge firmas para que en Televisión Española exhiban El planeta de los simios. También Godzilla, porque a él las que le gustan son las de monstruos antediluvianos a los que despiertan de su letargo por culpa de una bomba nuclear detonada en el océano.

Y recuerdo a Paquito, que trabaja como repartidor en un supermercado, mientras nos pone películas en súper 8mm en las que más que doblar, se inventa los diálogos que dice en inglés sus admirados Abbot and Costello y que proyecta en una sábana que hace de pantalla en el salón de la casa de su madre.

Y recuerdo a Diego, un tipo bajito de pelo rizado que llama a las mujeres andovas, que compra toda clase de revistas de cine y que es una enciclopedia viviente porque se sabe todo de actores, actrices, cineastas y la madre que los parió cuando recita con memoria fotográfica su filmografía al completo dejándonos a los que lo escuchamos con la boca literalmente abierta.

Recuerdos que hoy recupero repentinamente mientras leo la fascinante novela Graceland, del escritor Chris Abani, en la que narra la vida de un adolescente, Elvis, que se busca la vida en Lagos (Nigeria), y que para evadirse de la brutal realidad que lo rodea se refugia en libros y en cine.

Un cine que cuando lo describe me hace evocar un tiempo no sé si perdido pero que aún almaceno en el disco duro de mi memoria.

Un tiempo, explico, en el que estoy fabricando los primeros prejuicios para mi perjuicio.

Es decir, que hasta ese entonces conservo una mirada inocente y ansiosa que más tarde me enseñara a distinguir lo que gusta de lo que disgusta.

Recuerdo así estar en el cine de verano de la hoy ruinosa Plaza de Toros de mi ciudad, donde contemplo, ya es habitual, que se queme la película en pantalla, lo que obliga a que se interrumpa la velada para, una vez lo arregle el proyeccionista, se reponga sin que nos importe al público que se hayan perdido cinco o más minutos del filme porque la gracia de esas sesiones de verano radica no ya en la película sino en el ambiente que se (des)organiza en el coso taurino en el que, afirmo, veo un murciélago volar por los cielos mientras Drácula negro, con unas patillazas de escándalo igual de grandes que sus colmillos, hace de las suyas…

Recuerdos –saben– de un tiempo en los que ir a cine resulta además de barato y divertido, algo así como una aventura.

Una aventura cuyo avituallamiento consiste en bolsas de pipas Churruca y una botella Casera.

Y una aventura en la que la película puede comenzar por el final y terminar por el principio porque al proyeccionista, ¡Linternaaa!, se ha equivocado de rollo.

Ahí las risas, ahí los comentarios a gritos de un entusiasta con talento de entre el público; ahí el famoso Linternaaa que intenta poner orden en un caos que solo es aparente porque forma parte de una misma unidad: cine de verano en la Plaza de Toros.

Cine de verano que me enseña, como nadie jamás podrá enseñarme, a ver cine cuando la película se queda sin sonido dando paso a los silbidos del respetable para que el que hace de Linterna/acomodador avise al proyeccionista de : “rebenque, súbeme el puñetero volumen.”

– Linternaaa, mano, que no se oye…

– Linternaaa

Recuerdos de unos años en los que apenas tengo algo en el bolsillo, y cuando tengo algo en el bolsillo lo invierto en esos largos y cálidos veranos comprando Casera y pipas Churruca para ver películas en casa de Paquito, que dobla y se inventa los diálogos que dicen Abbot y Costello, así como en ese cine de verano en la Plaza de Toros.

Sesiones a las que ya dediqué un post pero que hoy, reitero, vuelven a mi memoria mientras leo Graceland, de Abani, una novela que edita Baile del Sol Ediciones y a la que le dedicaré unas líneas cuando la termine…

… Aunque me cueste terminarla por lo que este libro me está mostrando, enseñando y sobre todo –creo que ésa es su mayor virtud– reconciliando con un pasado que hasta el día de ayer no deseaba identificarme.

Y pienso en todo eso mientras paseo por una capital en la cae un sol de justicia.

En la primera vez.

En las primeras experiencias lúdicas con el cine.

Es decir, en Paquito que exhibe películas en su proyector de súper 8mm; en Manolo que irrumpe un día en casa de Paquito con una versión de media hora del Frankenstein de James Whale doblada al alemán y como Paquito le asegura que “no hay problema, sé hablar alemán” aunque no tenga pajolera idea; así como de ese cine de verano en la Plaza de Toros que me foguea para mis posteriores incursiones en el Delta, el Somosierra o el Fraga porque allí reponen los estrenos que pasan en las elegantes salas del centro donde el portero no me deja entrar por menor de edad.

¿Echo de menos todo aquello?

La verdad es que no lo sé.

Pero sí que digiero aquel tiempo con una resignada y quiero pensar que irónica nostalgia.

El lastre que arrastro de ese pasado es que son ya demasiado los amigos que se quedaron por el camino por una u otra razón.

También que el paisaje de la ciudad en la que vivo olvida y abandona a su suerte un espacio como la Plaza de Toros porque actualmente no hay dinero.

Yo mismo incluso me he transformado en otra persona que a veces es incapaz de reconocerse cuando se contempla en fotografías en la que tenía apenas quince o dieciséis años…

Busco en todo caso mi particular Graceland, aunque me golpee desesperadamente la cabeza contra el muro como lo hace Francisco Rabal en La fuerza del silencio –una película que vi en un cine de Santa Cruz de La Palma mientras un ratón paseaba como Pedro por su casa por el pasillo que dividía la fila de butacas– para despertar de este letargo que me atrapa y que ahora entiendo es solo un reflejo para que abra los ojos como si fuera un hibernado Godzilla.

Saludos, con el sabor de las pipas Churruca en la boca, desde este lado del ordenador.

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