Sin categorizar

Vázquez Figueroa, más allá del bien y del mal. Por Eduardo García Rojas

Podrá o no gustarte sus novelas pero Alberto Vázquez Figueroa pertenece, por fin y tras años de constante trabajo, a ese territorio que lo ubica más allá del bien y del mal.

He seguido así su trayectoria pública más que literaria a lo largo de estos años porque me resulta un personaje sorprendente que ha logrado quitarse de encima las cadenas regresivas que impone el territorio insular, por lo que entiendo al personaje como un escritor e inventor y lo que quiera acostumbrado a decir lo que le viene en gana sin miedo a despertar posibles hostilidades.

Durante unos años fue un fijo en la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife, donde asistí a la mayoría de las ruedas de prensa que ofreció no para hablar de su último libro sino de sus inventos con una fe en la que creí encontrar a un hombre capaz de firmar un pacto con el mismísimo Satanás para que le hicieran caso.

No sé como le habrá ido en su aventura como profesor Franz de Copenhague, pero su presencia, habitual en ese encuentro con la literatura en la calle que este año corrió peligro de enclaustrarse, se convertía en uno de los momentos más entretenidos y en ocasiones surrealistas que viví en mis años de servicio cuando el escritor de notables éxitos comerciales enviaba literalmente al carajo, o al cubo de la basura, o a la mierda para que me entiendan, la mayoría de sus libros porque él de lo que quería hablar era de sus inventos.

¿Excéntrico?, ¿provocador? No lo creo, en todo caso un reflejo defensivo natural al ninguneo al que ha sido sometido por parte de cierta crítica especializada en eso que llaman alta literatura y a unos escritores empeñados en calificar lo que escribe de facilón cuando continuo pensando que no debe ser nada fácil vender lo que ha vendido este señor a lo largo de su ya larga y prolija carrera.

Porque durante un tiempo, y secuela que aún le permite continuar en activo publicando prácticamente uno o dos libros por año, Vázquez Figueroa fue una marca. Es decir, que la gente compraba sus novelas no por el título, ni siquiera por el argumento que venía impreso en la contraportada, sino porque se trataba de un nuevo título de Alberto Vázquez Figueroa.

Sin querer entrar en cuestiones más complejas, y confesado pese a todo que no soy un lector regular de sus obras porque me llaman otros estilos y géneros, leo esta mañana –mientras hago una de esas colas en el banco donde parece que el tiempo se congela– una entrevista en la que dice que si este año no lo invitaron a la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife y de Las Palmas de Gran Canaria fue porque “no tienen dinero ni para pagarme el billete de avión”, añadiendo a continuación que por ahora no tiene pensado escribir más sobre el archipiélago porque entre las novelas, películas y series de televisión que han adaptado esas mismas novelas, nunca contó con “financiación de las Islas”.

Vázquez Figueroa olvida el escándalo, remoto ya en la noche de los tiempos, que se generó en torno a Océano, una de las primeras piedras que entorpecieron el camino de la hipotética y fantasmagórica industria audiovisual canaria, e historia chiripitifláutica a la que espero algún día dedicar un post retrospectivo.

“¿De qué me ha servido?”, se pregunta hastiado el escritor.

“De nada. De Canarias he escrito más que suficiente. Hice lo que quería hacer sin esperar nada a cambio, ni dinero, ni ninguna medalla. Ni un solo político me ha dicho gracias” sentencia el autor de Como un perro rabioso y Tuareg.

Y no le falta razón. Razón que me anima a exigir desde este su blog que Alberto Vázquez Figueroa, con todas sus luces y sombras porque todos tenemos nuestras luces y sombras, reciba algún día una Medalla o, mejor, el Premio Canarias de Literatura si estos galardones se toman en serio de una vez y dejan de lado molestas e inclasificables conveniencias.

Puestas las cosas como están, si todavía nos queda alguien que se lo merece es, precisamente, Alberto Vázquez Figueroa, para un amigo el último orate que nos queda en este archipiélago abandonado de la mano de los dioses…

Saludos, decíamos ayer…, desde este lado del ordenador.