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Harry Harryhausen y los argonautas. Por Eduardo García Rojas

Imagino que Ray Bradbury lo recibirá en el otro mundo con los brazos abiertos. Que le  gritara nada más verlo aparecer algo así como: “Ya estamos juntos, amigo… Te echaba de menos, ahora cojamos el cohete y despidámonos de ese puñetero planeta hoy tan preocupado en ser infeliz…”

Con la ausencia de Ray Harryhausen no es que muera una forma de entender y amar al cine, es que con la muerte de Ray Harryhausen desaparece una manera de hacer cine cuyos efectos hoy contemplamos como clásicos.

Vive, afortunadamente, en la imaginación de todos aquellos espectadores que se curtieron viendo las películas donde su talento prodigioso hizo posible que Jason se enfrentara a un ejécito de esqueletos vivientes, o que Perseo se midiera cara a cara con el Kraken en la primera y original Furia de titanes, entre otras cintas donde el artista, el mago de la técnica de la stop motion, hizo posible lo imposible antes de que irrumpieran los efectos digitales.

La grandeza de Harryhausen, que fue un hombre tranquilo, amante de la imaginación y los mitos clásicos, es que a medida que maduraba en su trabajo su nombre terminó por sonar más que el de los cineastas con los que trabajaba.

En este sentido, ¿alguien recuerda quien dirigió Jason y los argonautas?, menciono esta película porque a mi juicio es el trabajo del que mejor guardo recuerdo de Harryhausen, anque su mano se aprecie tambén en títulos como La isla misteriosa, Simbad y la princesa, El viaje fantástico de Simbad, Simbad y el ojo del tigre o El gran gorila, uno de sus primeros filmes y en el que trabajó a las órdenes de Willis H. O’Brien, nombre que contribuyó a que nos creyeramos y que aún nos creamos la increíble tragedia de King Kong.

King Kong fue de hecho la película que encendió la imaginación de un adolescente Harryhausen y que lo aproximó a un tímido muchachito que se dedicaba a escribir relatos al que también llamaban Ray.

Poco imaginaban por aquel entonces que los dos Ray trabajarían juntos en una de esas insólitas películas de serie B de los años cincuenta titulada El mosntruo de tiempos remotos, filme que selló si cabe una amistad que apenas se quebró con el paso de los años.

Como espectador, como consumidor de todo aquel cine poblado de criaturas fantásticas y argumentos delirantemente camp, las animaciones de Harryhausen fueron algo así como señas de identidad. Es verdad que vueltas a ver ya no resulten a las generaciones que se han educado con la velocidad tan espectaculares como en aquellos tiempos donde sí que fueron rompedoras, pero es que incluso así, apreciando el paso implacable del tiempo, destilan una magia que las hace indestructibles.

Un cienasta gamberro pero hoy domesticado por Hollywood como Sam Raimi le dedicó un entrañable homenaje a ese cine palomitero pero también salvaje en la tercera y más descaharrante entrega de Posesión infernal, El ejército de las tinieblas.

Un tributo que incluso rodado con la torva distancia del fan que comenzaba a curtirse en el cinismo de la industria, no deja de tener su encanto.

El encanto de las cosas hechas con amor a la causa. El encanto de hacer posible que lo inanimado cobre fantasmagórico movimiento en pantalla.

El mejor tributo que le podemos hacer todos los que lamentamos la ausencia de Ray Harryhausen es preparar un programa doble en nuestros televisores.

Yo veré esta noche, así me lo dicta la conciencia de aficionado, Simbad y la princesa y Jason y los argonautas. Dos de los mejores trabajos de su carrera. O al menos dos de las películas en  la que descubrí no el trabajo de sus actores ni del cineasta que, detrás de las cámaras, gritaba ¡acción!, sino a Ray Harryhausen.

El mago, el maestro, el hombre que como Bradbury jamás renegó de su espíritu de Peter Pan.

Saludos, en busca del vellocino de oro, desde este lado del ordenador.

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