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Tomando un escocés con Domingo Pérez Minik en la XXV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife. Por Eduardo García Rojas

Imaginemos por un momento que el fantasma de Domingo Pérez Minik me acompaña este miércoles 1 de mayo mientras me confundo entre el gentío que se reúne en la plaza de Weyler para formar parte de esa manifestación que en tiempos como los nuestros ya poco dicen, ya poco dictan aunque tiene su no sé qué…

…Ese pálpito emocionado que encuentro en la mirada de un niño que reparte banderolas plastificadas con un símbolo que no identifico entre tantas hoces y martillos, entre tantas banderas tricolores unas con siete estrellas verdes y otras de rojo, amarillo y morado, distintivos de una II República que, resulta paradójico en una mañana donde hace sol y bastante calor, identifico como mía cuando recorro con los ojos la fachada del palacio decimonónico de la antigua Capitanía General donde aún tremola la roja y gualda.

Imaginemos por un momento que Domingo Pérez Minik me coge de la mano y guía hasta el parque municipal García Sanabria donde en el paseo que lleva su nombre se han instalado las veintiséis casetas de la XXV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife que, tal día como hoy, debe ser cosa de que es feriado, está repleta de gente que ha aprovechado para pasear por uno de los rincones más hermosos de esta capital de provincias chiquita en la que vivo.

Y siento otro pálpito al observar a unos niños sentados en uno de los bancos de piedra con lápices de colores en las manos mientras dibujan en sus cuadernos, así como a hombres y mujeres de todas las edades echando un vistazo a esas novedades que se venden con un diez por ciento de descuento y que se apretujan en una casetas pequeñas, tan pequeñas como una feria que, afortunadamente, respira aire fresco entre tantas flores y árboles.

A mi me alegra el día.

Y creo que la gente con la que me cruzo, rostros anónimos la mayoría, también les alegra el día.

Incluso imaginemos por un momento que, me dice Domingo Pérez Minik con un vaso de escocés en la mano, se la alegra a un parque municipal en el que se concentran además de libros: plantas, artesanía, dulces y quesos de este pequeño país que quieren hacerme creer que es Canarias.

O que debería ser la Canarias que sueño, susurra Minik llevándose el vaso de escocés a los labios.

Alexis Ravelo presenta en la carpa institucional Morir despacio, cuarta entrega de las novelas que ha dedicado hasta la fecha a Eladio Monroy. Hace de maestro de ceremonia el también escritor Javier Hernández Velázquez, y ambos mantienen un diálogo salpicado de referencias literarias y cinematográficas, también políticas.

Alexis Ravelo deja caer que Morir despacio podría ser la última entrega de sus historias dedicadas a Monroy y se queja, con justicia, de encontrar sus dos últimos libros –Morir despacio y La estrategia del pequinés–  en algunas de las casetas de la Feria entre volúmenes que promocionan el arte de los mojos canarios y los orígenes de los primeros habitantes del archipiélago cuando su lugar natural es el de los libros que asumen sin rubor alguno eso que llaman novela de género.

Ya he comentado lo suficiente de Morir despacio y La estrategia del pequinés, este último título que por cierto el escritor presentará el próximo martes 14 de mayo en la MAC, en Santa Cruz de Tenerife, para volver a insistir sobre ellos. De hecho, no insisto porque, imaginemos por un momento, Domingo Pérez Minik me invita a que tome un escocés con él para que, contaminado por el veneno del alcohol, piense que tal día como hoy, en un uno de los rincones más hermosos de la capital de provincias en la que vivo, es posible que me crea eso de que vivo en un archipiélago donde no solo se toca la chácara y el tambor.

Recorro las casetas y me tropiezo con amigos y conocidos en cuyos rostros encuentro un entusiasmo nervioso y agradecido que se contagia como el perfume de las flores por la superficie del parque municipal García Sanabria.

Y por unos momentos, imaginemos que gracias al escocés que me ofrece Domingo Pérez Minik, me siento parte de una isla apacible y feliz dentro de otra isla que no está apacible y mucho menos feliz.

Y que solo por eso, solo por esa insólita sensación de expansión, de que pese a la que nos está cayendo aún es posible soñar y encontrar refugios en los que te sientes la persona que quieres ser, piense que la XXV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife –hoy más que nunca pequeñita y apretada– es un agradecido milagro.

Saludos, The Kinks suenan una vez más de fondo, desde este lado del ordenador.