FIRMAS

Corsarios y piratas tinerfeños: Amaro Pargo. Por José Manuel Ledesma

El Rey español Carlos III publicó una ordenanza en 1779 por la que aquellas personas que quisieran armar sus buques para dedicarse al corso tenían que retirar la patente que les acreditase, declarando en el Ministerio de Marina el tipo de embarcación, su porte, armas, pertrechos y dotación, a la vez que depositaban una fianza por la seguridad de su conducta.

Los barcos armados en corso podían registrar sin violencia las naves comerciales de cualquier nación, así como los navíos con bandera o patente de corso, argelino o de estado enemigo, entregando los prisioneros en el primer puerto de destino; sin embargo, las embarcaciones de piratas eran consideradas un rico botín, por lo que a éstos se les formaba proceso inmediatamente.

El corsario, además de quedarse con el barco apresado y su mercancía, recibía de la tesorería de Marina una gratificación por los cañones y el número de prisioneros que tuviese; si por el contrario, la captura hubiese sido al abordaje, la cantidad a percibir aumentaría en un veinticinco por ciento.

Por lo tanto, la diferencia entre pirata y corsario consistía en que mientras los primeros se caracterizaban por robar embarcaciones de forma autónoma, los segundos poseían un permiso -patente de corso- entregado por los propios gobiernos, con el fin de interceptar, saquear y destruir navíos enemigos en tiempos de guerra.

Dada la importante función mercantil que jugaba el puerto de Santa Cruz en el comercio con las Indias, y con el fin de responder a la amenaza de los piratas británicos, en 1780, cuando el Conde de Floridablanca invitó a los naturales de Canarias a armar buques para perseguir y dañar al enemigo inglés, algunos armadores tinerfeños distinguieron a sus embarcaciones con la denominada PATENTE DE CORSO.

amaroAmaro Pargo
El corsario tinerfeño Amaro Rodríguez Felipe, conocido popularmente por Amaro Pargo, quien había embarcado, por problemas familiares, en las galeras reales, obtuvo permiso de la Corona para armar sus naves en corso con la finalidad de atacar a los piratas que frecuentaban la ruta de las Indias, logrando, de este modo, grandes beneficios. Fue un hombre ingenioso en el uso de estrategias navales, habilidad que demostró cuando, en medio de un combate, aconsejó una maniobra que dio como resultado el apresamiento de la embarcación rival con toda su carga.

El mencionado corsario adquirió terrenos en el barrio de Machado y en Punta del Hidalgo, lugar en que edificó una casona en un promontorio denominado «casas bajas», desde donde detectaba los barcos enemigos. Asimismo, la bahía y playa le servían de refugio a sus naves y muy cerca de la cueva de San Mateo, separada de la cueva de la Virgen por la «piedra del navío» -formación rocosa semejante a la proa de un barco-, guardaba los tesoros substraídos en los asaltos. En dicha gruta apareció el cuadro de San Mateo, que hoy se venera en la localidad. Por cierto, todas estas casas y cuevas han sido demolidas y escudriñadas en busca de los objetos de valor que la tradición divulgaba.

Con todas las riquezas alcanzadas desde su barco insignia El Fortuna, Amaro Pargo instituyó mayorazgos y patronatos. En Madrid fue nombrado (1725) Caballero Hijodalgo, al tiempo que recibía los títulos de nobleza y armas. Estas dignidades, por otra parte, no le impidieron obtener fama de cruel y tirano, tanto es así, que los punteros le llamaban «señor de soga y cuchillo», pues ejerció de verdadero dueño de la zona, permaneciendo soltero toda su vida. Hombre de convicciones religiosas, a la usanza de la época, fundó varias capillas en la iglesia de Santo Domingo de La Laguna, donde está enterrado (1747) y se encuentra su donación mas importante: la urna de plata que se utiliza cada Viernes Santo en la procesión del Santo Entierro; también, en la Catedral lagunera dedicó un altar a la Virgen del Rosario.

Fue un gran devoto y benefactor de Sor María de Jesús -la Sierva de Dios- del convento de las Catalinas de La Laguna y por consiguiente, siempre llevaba encima, pues le servía de talismán, la cruz de clavos del cilicio de la monja. Tres años después de la muerte de ésta (1731) cuando solicitó permiso para exhumar el cadáver, observó maravillado que su cuerpo estaba incorrupto, y el cual, cada 15 de febrero, puede contemplarse en su sarcófago,-obra de arte realizada en madera policromada en rojo, azul y pan de oro- que el corsario regaló y en el que existe un verso donde puede leerse, de arriba a abajo, la palabra PARGO.

Parece a quien el humano afán
A mirar con luz divina
Rara ave peregrina
Girando al cielo Guzmán
O al trono de Catalina.


 

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