FIRMAS

Muerta. Por Irma Cervino

Estoy muerta pero nadie lo sabe. Llevo muerta desde hace cinco días cuando la hoja fría de un cuchillo me perforó el pecho y se hundió en el corazón interrumpiendo en seco su galope desbocado. No siento nada. No estoy triste. No tengo miedo. Solo sé que estoy muerta, que se me ahogó la vida en aquella mancha carmesí y que no me lo esperaba. En realidad, nadie lo esperaba y por eso creen que sigo viva y hablan conmigo como si nada hubiese pasado. Pero ya no soy como ellos. Ya no soy nada aunque siga en sus vidas.

No sé por qué me morí. Tal vez, porque aquella mañana llegué cinco minutos antes de lo habitual o, sencillamente, porque estaba escrito. ¿Qué más da? Pasó y eso es lo que importa. Mi maldita obsesión por llegar siempre a tiempo hizo que también llegara puntual a mi muerte. No tuvo que esperar. Entré y allí estaba aguardándome en la oscura noche que empezaba su metamorfosis para convertirse en día; en el día de mi muerte. Siempre me rebelé contra la idea de que el destino estuviera predeterminado y, ahora, sé que la muerte es lo único que está escrito. Me pregunto quién y cuándo escribió que moriría. Me hubiera puesto mis mejores galas.

cuchillo

No siento nada. No estoy triste pero me da pena cuando mi madre me llama cada tarde para preguntarme cómo estoy. “Muerta”, quisiera decirle pero no me atrevo a darle ese disgusto. He pensado ir poco a poco. Empezar por decirle que siento un dolor profundo en el pecho, como si me hubieran clavado un cuchillo. Al día siguiente, le comentaría que no puedo respirar bien; más tarde, que estoy muy mal y, por último, que he muerto. Pobrecita. Qué disgusto se va a llevar. Mi padre es diferente. Él opina que lo que yo haga está bien.

– Siento no haberte avisado -le diría.
– No te preocupes. Me estás avisando ahora -me contestaría, quitándole hierro al asunto- Es tu vida.
– Ahora ya no. Me la quitaron -le tendría que decir.
– Bueno, lo que importa es que tú estés bien -diría con una sonrisa y un beso.

Sí, estoy bien. En realidad, morirse no duele. Lo que duele es vivir.

No he variado mi rutina. Me sigo levantando a la misma hora, cuando el reloj está a punto de gritar pero nunca permito que lo haga. Detesto que su desagradable sonido me rompa los sueños, así que, siempre, me despierto dos minutos antes y lo dejo sin palabras. Me encanta esa sensación. De camino al trabajo, veo a las mismas personas que madrugan en silencio; me encuentro con el barrendero que acaricia mi calle, con la luces verdes de los taxis hambrientos, con el señor que sale del cajero donde ha pasado la noche, con los hombrecitos de verde y rojo que parpadean en lo alto de los pasos de peatones.

Cada día vuelvo a cruzar la misma puerta donde aquel tipo hizo que mi corazón se derramara sobre la escalera. Cinco días después de aquel fatídico día, sigo saludando al vigilante de la oficina que me da los buenos días y me pregunta qué tal estoy. “Muerta, ¿no lo ve?”, quisiera decirle cada mañana. Pero le contesto. “Bien. Preparada para empezar”. Él, como mis padres, también cree que sigo viva. Él, que me vio morir.

Los primeros días pensaba que yo era la que estaba confundida. Recordé lo que, una vez, me contó el taxista que tenemos en la empresa. Me dijo que algunas personas al morir no lo aceptan y su espíritu se resiste a marcharse y queda vagando entre los vivos durante un tiempo, hasta que se da cuenta de que su lugar ya está en otro sitio.

taxi

– Eso ocurrió con mi madre -me confesó, mirándome fijamente a los ojos a través del espejo retrovisor y tuve la estúpida sensación de que quien hablaba no era la misma persona que conducía- Durante un año y cinco meses, ella siguió en la casa. Yo no podía verla pero sabía que estaba allí porque sentía su presencia.
– ¿Como si fuera un fantasma? -le pregunté y, entonces, el hombre giró la cabeza y me miró de verdad.
– Sí, algo así.
– ¿Y cómo se marchó?

Se fue cuando se dio cuenta de que ya no estaba viva. Ella no quería morir, se resistía a creer que ya no estaba viva y por eso seguía en casa, haciendo las mismas cosas. Creía que yo la veía pero no era así. La última vez que la vi fue en el hospital. Una mañana le hablé claro y le dije la verdad. Entonces, ya no volvió más. Estuve un par de semanas fatal pero sé que hice lo mejor.

En mi caso no es así. Yo soy consciente de que estoy muerta pero son los demás quienes no se han dado cuenta. Supongo que con el tiempo lo harán. Tampoco sé muy bien qué hacer. Siempre había pensado que cuando uno se muere pasa a otro mundo, a otro estado que no tiene nada que ver con lo terrenal. Subes al cielo o bajas al infierno. O te quedas en un plano diferente. Lo que nunca creí es que nada cambiara. En mi muerte, todo sigue igual que en vida.

Mis compañeros de oficina siguen contando conmigo a la hora de preparar los informes. “Mi firma ya no tiene validez”, me gustaría decirles pero Agustín y Adela se echarían a reír y Machín, que es un desconfiado, pensaría que, en realidad, lo que quiero es eludir mi responsabilidad. Así que sigo firmando papeles y más papeles. Si supieran que la firma de un muerto no sirve de nada.
Esta mañana, el director me llamó a su despacho. Era la primera vez en siete años que lo hacía, así que pensé que por fin me iba a comunicar que sabía que había fallecido y que por favor no volviera por la oficina, como hizo el taxista con su madre.

– Buenos días Claudia.
– Buenos días señor Martínez.

Sentado en su sillón negro de cuero brillante giratorio se secaba la frente con un pañuelo arrugado del que minutos antes parecía haber sacado por arte de magia una taza de cafe que humeaba en su mesa. Me invitó a sentarme y después de un interminable preámbulo concluyó que la empresa había decidido ofrecerme el puesto de jefa del departamento de informes. Cinco días antes, la noticia me hubiera puesto nerviosa y habría acelerado el bamboleo de mi corazón pero hoy no sentí nada.

“Señor Martínez, le agradezco la oferta pero ¿no se da cuenta de que soy un fantasma?”, intenté decirle pero fui incapaz al ver la sonrisa de satisfacción en su cara, mientras daba un sorbo al cafe y se limpiaba la boca con el pañuelo que, en aquel momento, yo deseaba que él pudiera utilizar para hacerme desaparecer de la vida de los demás. Acepté el puesto y me despedí de él. Ahora soy una muerta, ascendida a jefa de departamento.

Hace unos minutos, mi madre me ha vuelto a llamar. Como todos los días, me ha preguntado qué tal estoy y no me he atrevido a decirle lo de mi ascenso. Si se lo digo tendrá una excusa más para lamentarse cuando por fin se entere de que estoy muerta. “Pobrecita, mi niña, justo cuando la habían nombrado jefa”, me la imaginé comentándolo en mi entierro.

Llevo varias horas dándole vueltas a mi problema, pensando cómo se puede matar a una muerta. Tal vez si fuera sincera y lo confesara, me creerían y podría marcharme de una vez. ¿Por qué morirse no puede ser como si te despidieses en el aeropuerto?

barrendero

No les he dicho nada del ascenso a mis compañeros de trabajo. No quiero disgustar a Machín que siempre ha pensado que ese puesto es para él. Hoy, como todos los días, cuando faltan cinco minutos para la salida, está recogiendo su mesa y ya le ha hecho una llamada perdida a su mujer que trabaja en la planta cuatro. Siempre quedan para irse juntos a casa. Esta es la hora en la que todos nos decimos adiós hasta el día siguiente. Con qué facilidad nos decimos adiós en vida. Me despido otro día más del vigilante de la puerta que me hace un gesto sin dejar de hablar con el taxista de la empresa. Ha venido a traer a unos empresarios chinos. Justo cuando voy a cruzar la puerta donde me mataron me grita.

– Voy en dirección a su casa, si quiere le dejo de camino -se ofrece y no sé qué contestarle y le hago un gesto afirmativo con la cabeza.

Subimos al coche. Huele a “Armani Code” for men.

– Los chinos -me dice, mientras me mira por el espejo retrovisor.

En ese momento vuelvo a pensar que quien me mira no es quien me habla.

– Señorita, ¿por qué no se marcha ya? -me dice intentando envolver la pregunta en un tono de cariño- Mi madre lo hizo.

Seguimos mirándonos fijamente a través del retrovisor y siento que las palabras que acaba de pronunciar me perforan el pecho como lo hizo hace cinco días aquel tipo con la hoja fría del cuchillo. Vuelvo a ver la mancha carmesí derramada en el suelo. Escucho gritos, llantos, pasos que se mueven desesperados de un lado a otro, luces de sirenas. Siento que a alguien derrama una lágrima sobre mi frente. No encuentro los ojos del taxista en el espejo retrovisor. Veo al barrendero de mi calle que me dice adiós. El hombre que duerme en el cajero me sonríe. Los hombrecitos de colores ya no parpadean. Mi madre no me llama. Hay silencio, mucho silencio. No tengo miedo. Por fin, estoy muerta.

 

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