Sin categorizar

Multicines Renoir Price ¿los días contados? Por Eduardo García Rojas

La crisis económica y sentimental está resultando una losa pesada, o una metáfora desgarrada de un tiempo que no perdona ninguna seña de identidad de mi pasado. La crisis además de transformar el mapa existencial, está cambiando el espacio de una capital de provincias que apenas aparece en el mapa y que cuando aparece forma parte de un archipiélago que figura como unas cagaditas de moscas dispersas muy próximas a las costas del África occidental, ese continente gigantesco demasiado acostumbrado a crisis económicas y humanas.

Con todo, y a una edad en la que quiero creer con urgencia que tengo un pasado que asocio a rincones urbanos de mi infancia, a encuentros desesperados y a una inocencia perdida ya en la noche de los tiempos, la crisis, ese fantasma que recorre una Europa de mercaderes, es la responsable del venidero cierre de un cine en el que, cuando me refugiaba como quien busca desesperadamente regresar al vientre materno, contribuyó tanto a que olvidara mi grisácea existencia viendo historias que me contaban otros en forma de imágenes en continuo movimiento.

Ese cine, como otros tantos cines que se diseminaban en la superficie de Santa Cruz de Tenerife, fue primero el Price, más tarde los multicines Price y actualmente los Renoir Price.

Esta introducción es para anunciar que hoy recibo una noticia que me deja clavado en el suelo, que mastico con impotencia y mucho dolor: Altafilms, una de las principales distribuidoras españolas de cine independiente, propiedad del presidente de la Academia Española de Cine, Enrique González Macho, anuncia su liquidación por esa enfermedad que se conoce como crisis y que es responsable del notable descenso del número de espectadores a la sala oscura y de la falta, resalta González Macho, de una robusta política audiovisual y la subida del IVA cultural del 8 al 21 por ciento.

Adiós por lo tanto a una fantástica aventura que comenzó en 1969 y cuyos devastadores efectos alcanza también a muchas de las salas de su cadena y en concreto a unos multicines que aú operan en Santa Cruz de Tenerife desde 2005 bajo el nombre de Renoir Price, y cuya crónica de una muerte anunciada materializa el propio Macho cuando recientemente optó por tirar la toalla y cerrar otras salas de la cadena que llevaba el apellido del ilustre cineasta francés en Palma de Mallorca, Bilbao, Zaragoza y Cuenca.

Un mazazo pues para quien ahora escribe estas líneas, pese a que en su momento fuera muy crítico con la política de exhibición que emprendió el Renoir Price de no proyectar películas en versión original con subtítulos en español.

La agonía de los Renoir Price la lamenta el mismo Enrique González Macho en declaraciones que hoy aparecen en la prensa y que dan ganas de sacar la cabeza del agujero para dejar a un lado el síndrome del avestruz y apostar por hacer algo –lo que sea– para detener lo que resultará otro atentado a la cultura en una ciudad y en una isla que, víctima de la crisis, ha comenzado a caminar como un cangrejo. Siempre para atrás y nunca hacia delante.

Me pregunto, además, mientras escribo estas líneas, donde exhibirá la Filmoteca Canaria sus ciclos en la provincia de Santa Cruz de Tenerife al mismo tiempo que se agolpan en mi recuerdo instantes en los que antes de que fuera Renoir Price, incluso antes de que fuera multicines Price, y solo cuando operaba como Cine Price malgasté, ya dije, tantas horas de una vida cuyo pasado la crisis está conspirando para que desaparezca.

Al funcionar como Price, antes de que los tiempos transformara su fisionomía, vi en aquel cine películas como Cabeza borradora, de un por aquel entonces desconocido David Lynch, y Saló, los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini, logrando colarme siendo aún menor de edad el férreo control de los porteros que velaban para que no pasara ningún niñato porque se trataban de filmes recomendandos ”a mayores de 18 años”.

Lo conseguí también con Zombi, la extravagante y violentísima segunda entrega de La noche de los muertos vivientes y que firmaron al alimón George C. Romero y Dario Argento quizá, reflexiono ahora, porque los porteros del Price no eran tan férreos como los del cine Víctor o el Baudet, muy próximos a esta sala que aún se ubica en la calle de Salamanca, ciudad castellana que da nombre al barrio en el que nací y crecí.

Cuando la irrupción del vídeo anunció una de esas ya habituales sentencias de muerte del cine, y el Price como sala única cerró sus puertas, los Price reabrieron en los años 90 como multicines de la mano de Francisco Melo jr., quien junto a socios o en solitario conocía de cerca el negocio de las salas comerciales tras la experiencia con los Galaxy, en Las Palmas de Gran Canaria (1985-2007); el Aguere, en La Laguna (1989-2004) y Los Monopol, salas actualmente con los días contados, aunque resiste numantinamente en una capital de provincias que en estos días de poco vino y menos rosas es un reflejo de la realidad que se vive en Santa Cruz de Tenerife, dos ciudades a las que han intentado separar por un desgraciado pleito insular pero hoy tan unidas en su común desgracia.

Después, ya entrado en un siglo XXI que de ciencia ficción solo tiene su mensaje inquietantemente pesimista, los Renoir se fusionaron con el Price. Un cine, el Price, que como sala única abrió sus puertas en 1950 por iniciativa del empresario Antonio Saavedra Carballo.

Los Renoir Price rehabilitaron aquel espacio, y quiso convertirlo en punta de lanza del primer, y ya único complejo, que la cadena Renoir estudiaba tener en Canarias.

Los Renoir Price contaban con un total de 759 butacas repartidas en seis salas en la que, entre otros servicios paralelos, ofrecía a sus espectadores hojas sueltas con detallada información de los títulos exhibidos, así como la distribución de La gran ilusión, publicación mensual de difusión gratuita y vehículo en el que se informaba de proyectos inmediatos, estrenos, festivales, rodajes y entrevistas que procuraron mostrar al espectador de provincias que había otra forma de ir y entender el cine.

O que se tomara el cine como algo serio pese a que las películas se proyectaran dobladas.

Escribo este fragmento en tiempo pasado porque, pese a que las puertas del Renoir Price continúen abiertas todavía, la intuación me hace sospechar que ha comenzado su cuenta atrás y que muy pronto apagará su luz mientras los empleados formarán parte de la ya siniestra y larguísima legión de desempleados.

Mi ciudad, que es Santa Cruz de Tenerife, agoniza mientras tanto en su ya letárgica y resignada soledad.

Quisiera sentirme, mientras escribo estas líneas, como un vaquero que asiste al crepúsculo de su tiempo. Incapaz de adaptarse a un mundo en continua transformación y cuyos valores ni asume ni entiende.

Es probable, en todo caso, que estos días cuajados de traiciones demande una épica que yo, en su día, aprendí en la sala oscura de unos cines que ya pertenecen a la leyenda…

Me queda, en todo caso, repasar aquellos títulos en la pantalla de mi viejo  televisor, pero no será lo mismo.

No, no será lo mismo porque ya nada será lo mismo.

Ni siquiera el sabor de los pasteles de la dulcería Soto, justo enfrente de aquel cine Price, Multicines Price y Renoir Price que, por culpa del zarpazo de la crisis, me saben hoy amargos porque se arrebata otra de esas grandes ilusiones que me enseñaron a ser persona.

Puestas así las cosas, aprendiz de vaquero, dispara…

(*) La imagen corresponde al filme Los 400 golpes (François Truffaut, 1959)

(**) La imagen está tomada de la página web de AltaFilms.

Saludos, en busca del tiempo perdido, desde este lado del ordenador.