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Superman cumple 75 años. Por Eduardo García Rojas

La verdad es que para la edad que tiene, Superman, el hombre de acero, se conserva lo que se dice muy bien.

Imagino que para muchos este icono del universo del colorín no les dirá mucho pero para quienes, como ahora les escribe, comenzó a transitar en eso que llaman noveno arte leyendo sus historietas, el asunto se convierte en una celebración con cierta trascendencia…

Una trascendencia de aficionado que se inició en sus aventuras a través de las revistas que la editorial mejicana Novaro editó allá por los años setenta, y que nos llegaba a este país que camina hoy al borde del abismo y necesitado de héroes sin máscaras, a cuenta gotas y en unas traducciones que hacía, a mi juicio, más atractiva su lectura.

Lo apunto porque en Novaro tenían la manía de castellanizar los nombres de sus protagonistas.

Es cierto que el álter ego del hombre de acero continuaba siendo Clark Kent, tímido pero intrépido reportero del diario El planeta, aunque su compañera de redacción respondía a Luisa Lane, el fotógrafo al de Jaime Olsen y el del director al de Pedro White. Los coches se denominaban carros y a los malos, sencillamente como pillos.

El Superman que leí era, además, un Superman para chavales, nada que ver con los complejos que más tarde se sacaría de la sesera ese genio de la historieta que es Stan Lee para la Marvel; tampoco se caracterizaba por explotar su lado oscuro como Batman, el hombre murciélago, compañero de Superman en el mismo y legendario sello editorial: DC Comics… Pero con todo, aquellas inocentes historietas de Superman a la que se añadiría más tarde como secundarios Superniña o Superperro, tenían precisamente un lado naïf que, qué quieren que les diga, a mi me marcó durante ese periodo de la vida donde parece que el mundo conspira en tu contra.

Dejé de leer las historietas de Superman cuando Novaro desapareció del mapa, así que no me molesté en seguir su trayectoria cuando en España, en los ochenta, se produjo un nuevo boom de los colorines vendiendo que aquella legión de súper héroes se había vuelto adulto como, se sospechaba, se había vuelto adulto sus lectores.

En algún lado, no obstante, debo de tener lo que ahora se conoce como novelas gráficas en las que un personaje de la Marvel, por ejemplo Spiderman, se cruzaba con otro de la competencia, Superman… Hombre de acero al que también enfrentaron en un tebeo con el mismísimo Cassius Clay/Muhammad Ali, que para muchos es un héroe pero de carne y hueso.

Mi distanciamiento con el hombre de acero se produjo a raíz de la película del mismo título que Richard Donner dirigió a finales de los años setenta. Y no porque la película me resultara mala, que no, de hecho aún continuo siendo un ardiente defensor de la primera y segunda entrega, que firmó el gamberro de Richard Lester, sino por el desprecio que la DC Comic tuvo por sus dos creadores originales, dos chicos de origen judío, Joe Shuster y Jerry Siegel, que se liaron la manta a la cabeza para que la DC reconociera de una puñetera vez su autoría.

El resto de la historia podría resumirse en una batalla legal cuyo escenario se desarrolló en tribunales que, por norma general, acababan dándole siempre la razón a la editorial y no a Shuster/Siegel, quienes concibieron a un héroe procedente de otro mundo con un sentido de la bondad y de la justicia que no admitía turbios grises.

Pese a que con la edad haya dejado de lado las historietas de Superman, y por lo tanto que no haya observado su evolución en las revistas, series de televisión y películas, está claro que cuando veo esa S de color rojo sobre fondo amarillo limón, algo se despierta en el disco duro donde guardo mi memoria…

¿Entusiasmo?, ¿mesmerismo?, ¿identificación con ese sentido nada objetivo de la bondad y la justicia que no admite turbios grises?

Concluyo que en todo caso, lo que enciende en mi recuerdo son unos tiempos ya lejanos donde posiblemente era más feliz con muy poca cosa.

Le debo no obstante a la personalidad con la que se disfraza el héroe para pasar como humano entre todos nosotros, mi afición al periodismo.

Desgraciadamente, y en mi faceta a lo Clark Kent de provincias no me encontré nunca con una Luisa Lane que me sacara de mis casillas, aunque sí como un Jaime Olsen sacando fotografías para ilustrar aquellos artículos y un Pedro White dando órdenes desde su despacho…

Comienzo a entender ahora, mientras escribo estas líneas que pretenden ser un tributo muy personal al héroe de las historietas, al dios de azul de la ciudad de Metrópolis, el golpe que me produjo cuando, viendo la segunda parte de Kill Bill, el mismo Bill, que interpretaba con sentido budista David Carradine, le explica a la vengadora asesina quién es realmente Superman:

“Elijamos a mi superhéroe favorito, Superman. No es un gran cómic. No está especialmente bien dibujado. Pero la mitología, la mitología no es solamente grandiosa, es única. Uno de los elementos principales de la mitología del superhéroe es que hay un superhéroe y hay un álter ego. Batman es en realidad Bruce Wayne, Spiderman es en realidad Peter Parker. Cuando ese personaje se levanta por la mañana, es Peter Parker. Tiene que ponerse un disfraz para convertirse en Spiderman. Y es ahí, en esa característica, donde Superman es único. Superman no se convirtió en Superman. Superman nació Superman. Cuando Superman se levanta por la mañana, él es Superman. Su álter ego es Clark Kent. Su traje con la gran S roja es la manta que le envolvía siendo un bebé cuando los Kent le encontraron. Ésa es su ropa. Lo que lleva Kent –las gafas, el traje de negocios– es el disfraz. Es el disfraz que Superman lleva para integrarse entre nosotros. Clark Kent es tal como Superman nos ve a nosotros. ¿Y cuáles son las características de Clark Kent? Es débil, es inseguro, es un cobarde. Clark Kent es la crítica de Superman a toda la raza humana.”

Sí, puede resultar filosofía de bolsillo empapada de kriptonita, e incluso un largo monólogo que parece dictado por Lex Luthor, el mejor archienemigo de Superman. Un tipo, el Luthor, con alarmante problema de alopecia, pero una reflexión definitiva sobre un héroe al que por fin se le mostraba otra cara.

El lado siniestro, y adulto, de un personaje que ya forma parte de nuestra, o al menos mi existencia.

Saludos, ¿es un pájaro?, ¿es un avión?, desde este lado del ordenador.

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