FIRMAS

Sampedro: humanista y chicharrero. Por José Manuel Bermúdez Esparza

“Ninguna ciudad se reduce a planos ni callejeros. Las guías y las imágenes, por abundantes y excelentes que sean, no conseguirán nunca abarcarla, porque cualquier ciudad es siempre muchas ciudades: tantas como residentes y visitantes tenga y haya tenido en el pasado. Cada persona conoce ciertos paseos y recintos, y los vive a su manera. No trataré tanto de informar cuanto de comunicar mis hallazgos, las gemas del encanto que me ha traído a Santa Cruz y su Isla cada vez con más fuerza a lo largo de cuarenta años, desde nuestro primer encuentro.”

Así comenzaba el extenso prólogo del libro de fotografías “Santa Cruz de Tenerife 2003” escrito por José Luis Sampedro, en el que desgranaba palabras como perlas hacia uno de sus grandes amores, la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, en donde pasó largas temporadas y de la que fue un excelente embajador en el mundo, nombrado Hijo Adoptivo en el año 2005. Esta semana nos llegaba la triste noticia del fallecimiento de Sampedro, Premio Nacional de las Letras Españolas en 2011: escritor, filósofo, economista, rebelde con causa, inconformista impenitente, maestro y alumno de la vida en sus 96 años de edad, y amante de la libertad como el último gran refugio de la dignidad humana.

En estos días hemos escuchado glosar su figura como pensador e intelectual, de firmes convicciones pero siempre generoso y tolerante en las formas. Su grito de indignación, referente moral para muchos, nunca fue ahogado por la crispación mezquina. Quizá por ese carácter suyo a la vez rebelde y tolerante encajó tan bien en esta isla y esta ciudad, hasta el punto de pasar las temporadas de invierno de sus últimos años, hasta que las dificultades físicas y sus reticencias cada vez mayores a los aviones, le obligaron a desistir de esas gratas y largas visitas en 2008.

Humanista universal por carácter en la amplitud de sus saberes y ocupaciones, también fue un “chicharrero de corazón” que quedó prendado de esta tierra que le daba calor y cobijo. Huella de ese querer dejó en su novela “La senda del drago” (2006), donde toma referencia del árbol canario como símbolo perdurable de belleza, la capacidad de sobreponerse a los elementos y el rojo sangre de su savia milenaria. Quizá menos conocido es el texto al que hacía alusión en ese prólogo que él tituló “Mi Santa Cruz en Tenerife”, donde retrata con entrañable maestría rincones para él tan queridos y tan vividos como el Parque García Sanabria, la Plaza Weyler, el teatro Guimerá,  su eternamente revisitada Plaza de los Patos o esa Rambla que recorría una y otra vez para contemplar también una y otra vez la propia Vida.

Y con palabras suyas al describir y descubrir el panorama desde un banco de la Rambla, quiero expresar el recuerdo agradecido de una ciudad que tuvo sitio en su generoso corazón y que a su vez también reserva un lugar en su recuerdo:

“Entre los árboles distingo la piel leonada de las laderas desnudas y encima la libertad del aire y de las nubes. De pronto me fijo en que, a pocos metros, a pie de uno de los árboles, la fuerza irrefrenable de una de sus raíces levanta poderosa el pavimento. ¡Ah, la Naturaleza no se deja oprimir tan fácilmente como, en mi periódico, se someten los súbditos bajo los gobernantes despóticos! Esa visión me llena de esperanza. Además, ahora recuerdo cómo nacieron estas islas: a despecho del océano, en virtud de prodigiosos impulsos tectónicos. Estas tierras encarnan un imparable impulso hacia lo alto, un ansia de crecer envuelta en fuego, como en el blasón de la isla, hasta hacer venir asustado al propio Arcángel. Y en ese impulso hacia lo alto, Tenerife no sólo supera a sus hermanas sino que, ensalzando al Teide, lo sitúa por encima de todas las cumbres de la Península que, con su medio millón de kilómetros cuadrados, no pudo reunir tanta pasión ascensional como esos dos mil y pico más de tierra que ofrece la isla al gigante como peana.”

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