FIRMAS

Piratas en Santa Cruz de Tenerife. Por José Manuel Ledesma

Las Islas Canarias despertaron el interés de piratas y bucaneros de todos los puntos y procedencias: portugueses y holandeses que buscaban, por el Cabo de Buena Esperanza, participar en el rico comercio de las especies; franceses e ingleses, que andaban a la caza de los galeones de Indias y aspiraban a adquirir nuevos establecimientos en el continente americano; argelinos y berberiscos, de innata piratería, que soñaban con vengar derrotas, cayendo por sorpresa sobre las más indefensas tierras insulares. 

Estos desaprensivos extranjeros tenían su propio desembarcadero en San Andrés -Valle de Salazar- repostaban en la cueva del agua de Igueste y acechaban en Anaga.

Como los robos y los rescates eran un gran detrimento para el comercio y la navegación de cabotaje, el Cabildo, aparte de colocar vigías en las montañas, recurre a un sistema de protección mediante el cual, los barcos canarios tenían que hacerse a la mar dotados de artillería. En 1563, ante los infructuosos resultados de esta normativa, se consideró más oportuno reunir las embarcaciones en convoy, bajo el respaldo de los buques de guerra, formando lo que se llamó la flota.

Piratería berberisca

Ante la crisis de mano de obra en la Isla, debido a la puesta en libertad de los esclavos guanches (Real Orden de 1506), cada año comienzan a salir hacia Berbería una o dos embarcaciones con el objeto de traer esclavos negros.

Estas expediciones que al principio constituían una actividad comercial a cambio de productos, se convirtieron, más tarde, en una aventura militar o cabalgada pues, una Real Cédula de 1528, por la que la Corona quitaba a los naturales de Tenerife el derecho de quintos que tenía sobre las presas, legalizaría y estimularía estas correrías, de tal manera, que los hijos y sobrinos del Adelantado, así como los regidores y oficiales de la Corona, se transformaron en comerciantes de esclavos.

En 1572, la prohibición Real a estas incursiones a la costa africana, cerraría las puertas al mercado de esclavos magrebí, haciendo que los moros contestaran al desafío, y que los canarios se transformaran en cazadores cazados.

La represalia comenzó, en 1569, con la primera expedición africana del pirata Calafat sobre Lanzarote, que más tarde volvería a repetirse con el corsario Dogali. En los años venideros hubo varios avisos y rebatos en Santa Cruz, pero ninguna de estas incursiones llegó a las costas tinerfeñas.

En 1634 dos navíos de piratas moros se aproximaron al fondeadero, salió a su encuentro el Capitán Juan de Ayala y enfrentándose a la almiranta enemiga le ocasionó graves pérdidas, lo que motivó su huida. En 1641, otro corsario más atrevido llegó a entrar en el embarcadero, robando un barco de pesca. En la siguiente década (1656) un navío que había salido de Santa Cruz, con 96 personas a bordo, fue capturado por los turcos a la vista del puerto y aunque el Capitán General Alonso Dávila y Guzmán organizó, rápidamente, una expedición de rescate, no se pudo hacer nada y los piratas se llevaron a sus cautivos a Argel.

Finalmente, en 1672, hubo en las cercanías del puerto una verdadera batalla naval contra los corsarios de Berbería. En 1676, se dio la circunstancia que dos bajeles de Argel se situaron a la entrada del muelle, fuera del alcance de los cañones de los castillos, reteniendo a todos los barcos que entraban o salían.

Piratería inglesa
La piratería inglesa, sustituta del comercio inglés, constituía una serie de ataques destinados a suprimir monopolios con el fin de abrir nuevos mercados prohibidos.

A partir de 1598, una media mensual de tres navíos de corso británicos llegaban a los puertos de Santa Cruz y Garachico, suponiendo los robos y los rescates, un gran detrimento para el comercio y la navegación de cabotaje.

El pirata más representativo de esta primera época fue John Hawkins que, fingiendo ser un honrado comerciante de paños y vinos, llevó a cabo su primer viaje a Santa Cruz en 1560. Cuando regresó al año siguiente, comunicó al Cabildo que no se atrevía a descargar las telas que traía por temor a que fueran a imputarle el hurto de una nave de la carrera de Indias, pero debido a que la ropa llegaba oportunamente, se le aseguró que no había mala disposición en su contra.

Repitió el viaje un año más tarde, llevándose de piloto al vecino de Santa Cruz Juan Martín -pues necesitaba un Maestre Canario como requisito legal para su entrada en Guinea-. En esta localidad africana saqueó varios barcos portugueses, vendiendo luego lo substraído en Santo Domingo.

En 1564, al conocer que no podía desembarcar en Santa Cruz lo hizo en Adeje, donde la familia Ponte lo recibió y agasajó durante una semana; no obstante tuvo que huir al conocer que en La Laguna acababan de procesarlo por sus violentos actos en Berbería, Guinea y Las Antillas.
El Gobierno español, provisto de toda la documentación referente a las actividades de Hawkins, presentó su protesta en Londres donde le prometieron que esos desmanes no se repetirían.

Pasados tres años (1567) los comerciantes ingleses le nombraron jefe de la mayor expedición mercantil vista en Canarias, siendo dos de estas naves propiedad de la Reina. Aunque la flota se mantuvo a distancia del puerto durante los cinco días de estancia en el fondeadero, el pirata recibió mantenimiento y la visita de numerosos amigos. El Gobernador, Vélez de Guevara, considerando que era difícil apresarlo puesto que los navíos tenían una artillería superior a la de los Castillos y además, no estaban a tiro, no ordenó nada en su contra, por lo que una vez conseguido su deseo de avituallamiento, Hawkins zarpó tranquilamente.

Francis Drake vino por primera vez a la Isla en el último viaje de Hawkins (1567). Diez años después, merodeaba por estos mares, lo que obligó a avisar de su presencia y preparar, rápidamente, la defensa de la rada; finalmente no hizo falta porque se desvió para atacar Santa Cruz de La Palma y La Gomera. El último y desastroso viaje que hizo a las Indias lo trajo nuevamente al Archipiélago, motivo por el que aquí se volvió a tocar a rebato; sin embargo, desembarcó en Las Palmas.

Walter Raleigh partió de Inglaterra (1595) con cinco naves en busca del Dorado y en su camino, se detuvo en Fuerteventura para robar vino y ganado. Al fracasar su misión en América saqueó e incendió Caracas; de regreso a Gran Bretaña pidió bastimentos en Garachico, pero no se los suministraron porque días antes se había apropiado de un barco de pesca tinerfeño.
John Ridlesden también capturó por estas tierras, en febrero de 1592, un velero español cargado con 60 toneladas de vino.
Cristopher Newport permaneció cuatro días en el puerto de los piratas -el conocido Valle de Salazar en San Andrés- cuando se dirigía, con cuatro navíos, a La Española.

Benjamín Word, cuando navegaba hacia el Caribe con cuatro barcos.

Al corsario John Watts, quien mandaba una expedición de cuatro navíos, el Gobernador Militar de Tenerife le canjeó por vino, el rescate los 160 pasajeros de una embarcación española, procedente de La Habana.

Aunque con la paz de 1604 desapareció la piratería inglesa, algunos no se resignaban a abandonar las costas del Archipiélago y, en 1627, siete embarcaciones que merodeaban entre las Islas, a la espera de la llegada de los galeones, bloquearon y acorralaron, durante tres semanas, la entrada del puerto.

Piratería francesa
Al comenzar el tráfico naval entre las colonias españolas de ultramar y la metrópoli, los barcos cargados de tesoros y especies hacían escala en el puerto tinerfeño; hecho que despertaría el interés de los piratas franceses.

En 1552, una armada de corsarios de Francia robaron unas naves ancladas en la bahía, las cuales, una vez saqueadas las arrojaron a la costa. En ese mismo año, el pirata Alfonso de Saintoge se atrevió a entrar de noche en la rada con un navío de 300 toneladas, pero fue descubierto y muerto por los tiros efectuados desde la defensa, en tanto que los supervivientes, tras hundirse el barco, nadaron hasta alcanzar la orilla donde fueron apresados.

El marino bretón Villegaignon se presentó (1555) en el fondeadero con sus tres galeones, pero tuvo que retirarse porque los disparos desde tierra, hicieron que la nave almiranta perdiera su arboladura.

En 1556, Legendre, sobrino de Villegaignon, volvió con el fin de hacer la aguada, al ser recibido de la misma manera que su tío, se vengó apresando una barca de pesca y otra cargada de sal, continuando con ambas rumbo al Brasil.

Tras la guerra de sucesión los corsarios galos no sólo dejaron de comportarse como tales, sino que se convirtieron en aliados, dedicándose con las fragatas La Mutine y La Mouche a coger prisioneros ingleses en las aguas canarias y traerlos hasta el puerto, donde el Cónsul francés en Santa Cruz, los vendía en pública subasta en la Plaza de la Pila.

 

1 Comentario

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  • Hola..no sé si recibiras este correo. Solo una pregunta y si me respondes ya hablamos..
    donde hicistes el servicio militar ? Contestame por favor. Si hablamos ya te lo explico. Muchas gracias