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Deconstruyendo el cine de autor. Por Eduardo García Rojas

En el trayecto del tranvía rumbo a La Laguna leo Muros de adobe, de William R. Burnett. Una novela del oeste en toda regla que, a medida que avanzo en la acción, a medida que me voy sumergiendo en la intrincada complejidad de sus personajes me doy cuenta que hoy sería un libro al que los inquisidores de lo políticamente correcto tirarían a la hoguera no por ser una novela de género en toda regla –que lo es– sino por el ambiguo mensaje que traduzco de sus absorbentes páginas.

Esto me demuestra, cuando la oruga azul me deja en la antigua ciudad colonial, que cuando una historia está bien escrita no hay elementos capaces de hundirla en el cieno de la desmemoria.

Consulto la hora y me encuentro con un amigo que me entrega, mientras tomamos un café, dos dvd que esa noche que todavía no ha llegado me darán un golpe seco en el estómago.

Más tarde, en el ahora centro cultural Aguere que –como todo el mundo sabe– fue antaño un multicine, me encuentro con los participantes en una mesa redonda que la Cátedra Cultural de la Fundación Pedro García Cabrera ha tenido la gentileza de invitarme a que modere.

Tomo un vaso de agua de bolitas mientras hago tiempo. La sesión, que debe comenzar a las 20 horas se retrasa a las 20.30 con la esperanza de que haya más público. Sin embargo, cuando entro en la sala no hay nadie sentado en las butacas.

Afortunadamente, cuando nos distribuimos en los asientos, comienza a entrar gente. No se llena el espacio, pero por lo menos son como el doble de los que estamos sentados en torno a una mesa redonda que es, paradójicamente, rectangular.

Contándome a mí, somos cinco.

Objeto del debate: Cine de géneros vs Cine de autor.

Me da viruje lo de escribir cine de autor. No termino de entender qué demonios es eso de cine de autor.

Yo solo sé que hay un cine que me toca el alma, un cine de géneros con autores tan comerciales como Alfred Hitchcock y John Ford que nunca renegaron de hacer lo que hacían… Sus películas, de hecho, casi no tienen arrugas pese al andar de la perrita, que es el  tiempo.

¿Suena por algún lado la trompeta?

Es probable.

Porque comienza un debate muy sosegado, con intervenciones que no se lían y que en unos casos voluntaria, y en otros involuntariamente, van deshojando eso de autor hasta convertirlo en nada.

O en lo que es: reclamación de espectadores entusiastas a una fe que desprecian como gentiles a los que no han sido iniciados…

En el turno de preguntas alguien del público pone como ejemplo de autor a Val Lewton, productor y escritor por el que siento debilidad. Casi es como si se mencionara el nombre de un buen amigo que me mostró lo poético que puede llegar a ser un género aparentemente tan poco poético como el terror…

Una mujer pone el dedo en la llaga cuando comenta que el secreto no es ya el autor de la película en sí, sino saber si como público te ha gustado (emocionado) esa película. ¿Has llorado con ella?, ¿te sentiste feliz cuando saliste de la sesión tras verla?, ¿notaste como tu percepción del mundo cambió a partir de ese día?

¿Has vuelto a ver la película y te sigue conmoviendo igual?

Demasiadas preguntas dentro de mi cabeza mientras llego a la conclusión que estamos ante un arte hoy en franca involución.

Alguien apunta que el cine ha muerto.

Pero no creo que haya muerto. En todo caso ya no será el cine que conocimos.

Adiós, muchachos, a la pantalla grande. La pantalla grande se ha transformado en la reserva espiritual de las grandes producciones.

Esta misma mañana, hablando con un amigo con el que suelo ir al cine, quedamos para dentro de dos semanas.

Misión: Iron Man 3.

Que no es cine de autor, claro está.

Y sí cine de género.

Mucho efecto especial y Robert Downey Junior como Tony Stark.

Alguien de la mesa saca a relucir el nombre de Manuel de Oliveira, cineasta portugués felizmente centenario cuyas películas a mi me produce el mismo efecto que un valium. Es probable que no tenga cabeza para tamaña, tamaña… yoquesé.

No descarto, de todas formas, descubrirlo un día de estos… Pero será después de Iron Man 3.

Alguien del público dice que asocia lo de cine de autor con cine experimental. Pero, demonios, ¿acaso no es experimental Hellzapoppin, la delirante comedia musical que H. C. Potter dirigió a principio de los años cuarenta?

Entre lo interesante de este debate, entre lo que me quedo con esas dos horas de conversación e intercambio de ideas es que se deconstruyó, precisamente, eso que llaman cine de autor.

Y a ello contribuyeron voluntaria o involuntariamente los cuatros participantes de la mesa redonda que era rectangular.

Gracias pues (en riguroso orden alfabético) a Manuel Díaz Noda, Pedro Mérida, Emilio Ramal y Josep Vilageliú.

Al llegar a casa, ya en Santa Cruz de Tenerife, pongo en el gastado dvd uno de los dos discos que esa misma tarde, antes de entrar en los Aguere, me pasa ese amigo que me orienta en el proceloso y cada día más atractivo mundo de las series de televisión, mundo en el que el director no es la estrella sino el creador, el guionista de la serie.

Al azar, escojo ver la segunda temporada de Black Mirror, producción británica que reactualiza el espíritu de Twilight Zone.

Y me quedo clavado frente a la pantalla del televisor.

¿Es una serie de autor?, ¿una serie de género?

Solo sé que la firma un iluminado que responde al nombre de Charlie Broker.

Y solo sé que bebo de los tres episodios, uno detrás de otro, como quien ha encontrado agua en el desierto.

Anoche pues soñé que regresaba a Manderlay.

Saludos, fundido encadenado, desde este lado del ordenador.

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