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Sara, Sarita, Sara Montiel. Por Eduardo García Rojas

Día de luto para el cine español en un mes salpicado de demasiadas ausencias. Fallecimientos que dejan más huérfano a una industria hoy más que nunca necesitada de reconocerse en su pasado.

Ha muerto Sara Montiel, la saritísima, la mujer que cantaba con voz grave y quiero pensar que aguardentosa aquel Fumando espero e icono, imagino que involuntario aunque ella contribuyera a crearlo, de la España más cañí, también de esa que a través de los medios de comunicación pretendió hacerla picadillo.

No voy a juzgar el rumbo errático que asumió la vida de la actriz y cantante los últimos años de su vida, los golfos insultos a los que fue sometida por comentaristas de televisión que han hecho del grito una forma de expresión que desautoriza sus supuestas opiniones contrastadas.

Me niego a seguir el juego de toda esa pandilla de indeseables que hoy, seguramente, la recordarán con lágrimas de cocodrilo en esos programas rosa que deslegitiman todo lo relacionado con el corazón a pesar de que la misma Sara Montiel se prestase a tan indigno juego por un puñado de euros.

No, y no, porque Sara Montiel fue algo más que esa patética protagonista a la que se trituró en tertulias nauseabundas que ignoraraba el pasado de una mujer que hizo carrera en Hollywood sin apenas conocer dos palabras de inglés y que transmitió en ese cine rutilante en el que apenas se rodaban malas películas una pasión arrolladora y con marcado acento latino que a mi, como espectador, todavía me hace estremecer.

Recuerdo así a Sarita Montiel haciéndole sombra a Gary Cooper y Burt Lancaster en ese magnífico western crepuscular que es Veracruz (Robert Aldrich, 1954) y en Yuma (Samuel Fuller, 1957) así como en Serenade/Dos pasiones y un amor, que dirigió quien fue su marido, el gran Anthony Mann en 1956 y en la que se adaptaba una de las mejores novelas del injustamente olvidado James M. Cain.

Nacida den Campo de Criptana (Ciudad Real), María Antonia Abad Fernández trabajó también en Méjico y España, país este último donde ese torbellino hecho mujer que fue Sara Montiel, nunca fue bien visto ni por los ojos de la dictadura ni de una democracia que parecía temblar con su fuerza arrolladora y belleza que todavía continúa cegando a los que sin molestos prejuicios en la cabeza descubrimos la vibrante sexualidad –tan revolucionaria para su época– que emanaba solo con aparecer en pantalla.

Ese carácter indómito formó parte de las señas de identidad de una mujer cuya voz ambigua hizo que muchos leyéramos entre líneas cuando cantaba aquellos boleros que a mi nunca me parecieron cursis cuando brotaban como una cascada de su garganta… Tarareo mientras escribo estas líneas Fumando espero porque se ha convertido en himno de todos aquellos que continuamos enganchados al tabaco y a la vida, y quiero recordar con una sonrisa en la boca que incluso cintas tan roñosas como El último cuplé (Juan de Orduña, 1957) y que significó su recuperación para el cine español tras su etapa en Estados Unidos, y uno de los mayores éxitos de su carrera, un clásico cañí cuyo polvoriento mensaje entiendo como la losa de una época que, felizmente, creo hemos superado.

Con Sara, Sarita Montiel muere uno de los últimos grandes mitos del cine español. Un icono que no tiene nada que ver con las vergüenzas supuestas que explotó y explotaron los medios los últimos días de su vida.

Quedarse con esa imagen en la que María Antonia Abad intentaba interpretarse como Sara Montiel es un triste legado que quiero olvidar por lo que supuso como actriz y cantante para un país que debe reivindicar a sus mitos por lo que hicieron y no por lo que fueron.

Saludos, fumando espero a la mujer que yo más quiero, desde este lado del ordenador.

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