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Bigas Luna. Por Eduardo García Rojas

Primero Franco, luego Bilbao y ahora Luna. Tres de los ausentes que nos dejan esta semana que ya toca a su fin.

Luna. Bigas Luna

Tuvo algo diferente dentro del rutinario y mimético panorama del cine español.

Quiero pensar así que intentó siempre tirar por su camino.

Camino en ocasiones inspirado y personal.

En otro desnortado, en los que dio bandazos, casi como si quisiera encontrar su reflejo perdido.

En este sentido, digamos que sus primeras películas son las más interesantes.

Hace un ciertamente cine de género, pero un género que digiere y le da marca Luna. Leo por algún lado que su intención fue la de desconstruirlos como ha hecho con la cocina su paisano, Ferrán Adrià… Pero no sé, a mi Bilbao y Tatuaje me siguen pareciendo obras sanamente provocadoras y muy bien construidas aunque hayan quedado un poquito envejecidas.

Su lanzamiento al cine comercial, rodado en inglés, apuestas de mucho riesgo y no tan comprendidas como ahora se nos quiere hacer ver.

Me refiero a Angustia y Reborn. De Reborn conservo aún en la memoria del papel de predicador que encarna el exaltado Dennis Hopper, sombrero vaquero y en vez de revólver, una Biblia en las manos.

A mi me parece, de hecho, que cuando Luna pierde identidad es cuando nos quiso escandalizar.

Las edades de Lulú es, en este sentido, la película que inicia la regresión de un cineasta hasta ese entonces preocupado por otras cosas que no fuera solo el sexo aunque el sexo sea el centro de todas las cosas.

No encuentro complicación en Jamón, Jamón, y no digamos ya con Huevos de oro. Las dos con Javier Bardem de protagonista. Y las dos, películas en las que Luna explota los tópicos de esta España nuestra.

El guión está salpicado de diálogos que todavía estremecen: “tus besos saben a tortilla de patata…” Ya saben, cosas de esas.

Luna se recupera en la insólita La camarera del Titanic, la última película que veo del realizador en la pantalla de un cine.

Con todo, de tanto en tanto sigo su carrera alquilándolas en video clubes.

Yo soy la Juani y Di Di Hollywood son cuentos de hadas contado por un cineasta que siempre quiso ser un hortera. O al menos, revelar al mundo la grandeza del hortera, convertir en individuo a ese español que todos llevamos dentro… Pero le falta sutileza y no indaga Luna precisamente en la gran verdad, aunque la intuye.

Quienes le conocen dicen que fue un hombre vitalista, que amaba los placeres.

Creo que esa sensación logra transmitirla en alguna de sus películas, aunque casi siempre se decantara por el lado perverso con la intención de provocar. Pero su provocación es como la del arañazo despreocupado de un gato. A mi no me hizo sangre, aunque debo de reconocer que a veces sí que consiguió perturbarme.

Muere Luna demasiado joven.

Deja además una película inconclusa que aseguran se terminará aunque él ya no esté entre nosotros.

Se la dedica a su nieto.

La familia del cineasta quiere esparcir sus cenizas en soledad, alejados del circo que se produce cuando nos vamos de este mundo…

En paz pues con el protagonista de la función, Bigas Luna.

Saludos, primero Franco, luego Bilbao y ahora Luna, desde este lado del ordenador.

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