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Réquiem por el Cine Víctor. Por Eduardo García Rojas

Fue uno de los cines más emblemáticos de la capital tinerfeña. Todo un palacio, que no templo oscuro, dedicado a proyectar películas que alimentaron los sueños de generaciones de espectadores, algunos de los cuales asiste hoy resignado a lo que sí parece ya su cierre definitivo.

Me refiero al Cine Víctor en Santa Cruz de Tenerife, diseñado por el arquitecto José Enrique Marrero Regalado y que desde 2009 anduvo por la cuerda floja cuando el Cabildo de Tenerife, aguijoneado por los primeros picotazos de la crisis, decidió retirarle su apoyo y optó por participar de manera modesta en su reconversión en Teatro Cine Víctor, espacio privado que se transformó –tras una etapa en la que colgó el cartel de cerrado– en sala de variedades que iban desde representaciones de obras de teatro, monólogos a insulsos mítines políticos. La cafetería, que quiso funcionar como nuevo punto de reunión, tampoco logró hacerse un hueco en esta capital de provincias chiquita…

Ello explica que el elevado precio de alquiler, así como el posible fracaso de muchas de sus actividades como teatro, significase la sentencia de muerte del antiguo cine que, desde este mismo El Escobillón, abogamos en su momento que no cerrara cuando éramos jóvenes y probablemente más felices.

La noticia de su cierre anunciado, para qué voy a engañarme, la leo en el Diario de Avisos, donde fuentes cercanas a quienes gestionaban su programación cultural, de titularidad privada, explica que la ausencia de patrocinadores y subvenciones ha forzado “la decisión de poner el punto y final a un proyecto que arrancó en 2009”.

En el mismo periódico se informa, no obstante, que “existe una nueva empresa interesada en asumir la gestión del Víctor, con una reapertura que podría tener lugar a muy corto plazo” pero sospecho que esta posibilidad caerá en saco roto mientras las negras tormentas no se disuelvan en ese firmamento de nubes oscuras que hoy nos impiden ver…

Pese a todo, para mi el Cine Víctor será siempre el cine Víctor, y un lugar que cuando rebobino en mi memoria fue sitio en el que quedar con los amigos –“¡quedamos en la barra del Víctor!”– en unos años en los que me acostumbré a ir en pantalones cortos para luego pasear por una capital de provincias que, mordida por la puta crisis, actualmente asiste sin coraje a la desaparición de sus edificios más emblemáticos.

Basta pasear por el tramo de Rambla que va del Víctor hasta la hoy ruinosa Plaza de Toros para entender de lo que estoy hablando.

De alguna manera, el abandono de estos espacios puede servir de terrible metáfora para ilustrar los tiempos trágicos que nos han tocado vivir, marcados por una indigencia que por algún lado tiene que gritar basta ya.

El artículo de Diario de Avisos ofrece un breve pero completo resumen de la cronología final del Víctor.

No llega a cumplir su 59 aniversario.

Entre 2002 y 2008 es alquilado por el Cabildo de Tenerife para ofrecer cine independiente en versión original, labor que desarrolla hoy en TEA Tenerife Espacio de las Artes, y tras un acuerdo entre el Cabildo y el Gobierno de Canarias (2004 a 2008), la Filmoteca lo utilizó para la proyección de sus ciclos, entre otras actividades.

Al finalizar el contrato, el cine cerró sus puertas, lo que motivó la creación de una plataforma ciudadana que reclamaba su apertura y hasta hoy.

Para quien escribe estas líneas con sabor a réquiem el Víctor fue el cine elegante de la capital tinerfeña, y una de las salas más hermosas de cuantas haya visitado a lo largo y ancho de este mundo, cada día más empobrecido.

Son numerosas las anécdotas que ahora mismo se me agolpan en la cabeza. Pero de la que guardo más grato recuerdo es la sensación que tenía de ir, efectivamente, al cine cuando entraba en las entrañas del Víctor. Sensación que se evaporó la última vez, hará un año, cuando me di cuenta que no se había efectuado reformas en su interior, por lo que me percaté que lo que antaño parecía noble ahora apenas conservaba algo de su regia belleza.

Y es que ir al Víctor era ir al cine.

Uno escuchaba antes de la función el timbre anunciador del pase de la película y observaba, a medida que se apagaban las luces, como el telón se iban deslizando lentamente para mostrar una pantalla desnuda que en su parte inferior dibujaba la silueta de la concha del apuntador.

En la entrada solías enfrentarte en aquellos años de películas para mayores de 18 años con el portero uniformado que se creía dios por unos momentos cuando no te dejaba pasar a la sala por menor de edad.

– ¿Carnet de identidad?

– Mire usté, es que me lo he dejado en casa.

– Pues búsquelo y me lo trae.

– ¿Y qué hago con la entrada?

– Pase por taquilla y que le devuelvan el dinero.

Y si lograbas adentrarte en el palacio porque la película era para la chiquillada, notar ese ataque de rabia que te daba por dentro cuando llegaba el descanso –¡a mitad de metraje!– y se proyectaba en pantalla un cartel en el que se prohibía el consumo de pipas de girasol.

Aún permanece en mi memoria cómo los acomodadores, linterna en mano, vigilaban  como guardianes para que el público respetara la regla, y como solía tragarme las condenadas cáscaras mientras arrastraba con la pierna los restos delatores debajo de la butaca.

También recuerdo el cabreo que se cogió mi padre cuando uno de los porteros, aquel que tenía pinta de Madelman en afortunada descripción de David Sanz, intentó evitar que entrara a ver Forajidos de leyenda porque no había cumplido la edad reglamentaria aunque al final se impuso la sensatez y pude verla gracias a mi santo padre, con quien entré cogido de su brazo que siempre fue generoso y protector.

Mi disco duro también tiene registradas las inolvidables sesiones de cine a las cuatro de la tarde, y las esperas –antes de que comenzase la sesión– en el bar Imperial mientras merendaba –cuando alcanzaba el dinero– uno de sus deliciosos bocadillos de pollo que bajaba con un café con leche.

El Víctor, porque para mí siempre será el Víctor y no el cine Víctor y mucho menos Teatro Cine Víctor, era el Víctor por encima del Baudet, el Rex y el Greco por citar solo alguno de los cines con los que te podías cruzar en lo que por aquel entonces era el centro de la capital.

Una capital cuya nostalgia tanto ha contribuido a despertar la lectura de las novelas de Javier Hernández Velázquez, quien estoy seguro lamenta también el cierre dicen que no definitivo pero ¡ay! del último palacio que nos quedaba en una ciudad que hoy parece territorio de muertos vivientes.

Cuando inicié la campaña del No al cierre del cine Víctor y que tan mal contestó el Cabildo de Tenerife empleando para ello una política de contra información envenenada, solía terminar todos aquellos post de un El escobillón que apenas daba sus primeros pasos con un contundente: ¡No al cierre del cine Víctor!

Quiero finalizar así este post, aunque mucho me temo que sin el entusiasmo de aquel entonces, de la misma manera.

Ya saben: ¡No al cierre del Cine Víctor!

(*) Imagen tomando de webtenerife.com.

Saludos, muy triste, solitario y final, desde este lado del ordenador.

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