FIRMAS

Intrusos. Por Irma Cervino

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La paciencia se le estaba agotando. Alfredo había llegado al límite de su aguante y sabía que, de un momento a otro, acabaría tomando la decisión que llevaba tiempo evitando. Estaba tan desquiciado que ya no le importaba lo que pensara su delicada esposa Xiaomei que, durante años, le había contenido sus impulsos, aludiendo al temple del que toda persona debe hacer gala en la vida. Aquella mujer se lo decía con una sonrisa llena de paz mientras le recordaba el viejo proverbio chino heredado de su padre, el señor Lu Hao que, desde que había perdido el negocio y la cabeza, vivía con ellos. “Cuanto más grande es el caos, más cerca está la solución”, le repetía ella todas las noche con su particular acento oriental en el que cada palabra parecía desconocer a la otra.

– Lo siento Xiaomei. Ya no lo aguanto más. Estoy harto de tener que soportar que ese hombre haya profanado lo más sagrado que tengo y que, durante todo este tiempo, me haya hecho la vida imposible. Se acabó.

– Querido, no puedes hacer nada. Solo debes esperar. Ya sabes que cuanto más… -pero, esta vez, Alfredo no le dejó terminar la frase.

– Ya lo sé, ya lo sé. “…más cerca está la solución”. Mi amor, ese caos del que habla tu proverbio no es grande; es inmensamente desproporcionado; así que hoy mismo le pondré fin.

Xiaomei nunca discutía con su marido. Bajó los párpados y cruzó el pasillo para ir a despertar a su padre. Hacía ya un año que Alfredo le había convencido de que era mejor que viviera con ellos, después de que los clientes de la frutería se quejaran de que el señor Lu Hao les engañaba con las cuentas. “Su suegro está empezando a desarrollar una demencia senil”, les explicó el médico. Xiaomei no entendía cómo un hombre tan bueno y trabajador como su padre, que había dedicado media vida a la producción de gusanos de seda y al cultivo de cereales en la provincia de Sichuan, se había perdido en los entresijos de la mente. Eso le hacía estar triste y llorar en soledad. Además, ahora, tenía que hacer frente al problema de su marido, al quien hoy se le había agotado la paciencia. Por primera vez, ella había sido incapaz de convencerle de que no fuera a la policía.

Alfredo desayunó apresurado, se vistió y no se despidió de Xiaomei que, en ese momento, ayudaba a su padre a entender que las alpargatas no eran barcos enemigos que venían a atacarles.

La puerta de la comisaría estaba entreabierta y al otro lado se escuchaba el ruido de las teclas de varios ordenadores, un par de teléfonos sonando y el llanto de una señora que trataba de contar una historia increíble. Alfredo dudó hasta el último minuto si entrar o seguir aguantando pero se sentía realmente desquiciado, así que empujó la puerta y aguardó su turno.

Aquella señora estuvo más de treinta minutos gesticulando, llorando, gritando y denunciando un robo en su casa. Los agentes trataron de tranquilizarla y le ayudaron a rellenar los papeles. Uno de ellos le trajo un vaso de agua y Alfredo pensó que aquel lugar se parecía a la consulta del médico que atendía a su suegro cuando empezó a desvariar.

Una hora más tarde, cuando la señora, aun llorando, se marchó y, cuando dos señores que estaban delante de él en la cola, habían terminado de presentar su denuncia, Alfredo se puso nervioso y no escuchó que uno de los agentes le llamaba para que se acercara a la mesa hasta que un anciano que estaba a su lado le dio un codazo que le hizo regresar a la realidad.

– ¿Cuál es su problema? -le preguntó un hombre robusto con un bigote espeso sobre una sonrisa que, enseguida, le recordó a la de su esposa. Entonces pensó en ella y en que, tal vez, debía haberle hecho caso y seguir aguantando. Dudó qué contestar y el agente volvió a preguntarle- Señor, ¿En qué puedo ayudarle?

– Ah… ee… sí verá yo, ee… vengo a denunciar que han entrado en mi propiedad.

– ¿Pudo ver al intruso o fue mientras estaba usted fuera? -preguntó el hombre atusándose el bigote.

– Todavía no se ha ido. Sigue dentro.

El hombre dejó de tocarse el bigote y de darle golpecitos a las teclas del ordenador y centró toda su atención en Alfredo.

– Pero ¿por qué no nos ha llamado? Es mejor que nosotros vayamos a su casa. Si lo ha dejado solo, huirá.

– Ojalá lo hiciera. Lleva dentro más de un año y no hay forma de que se vaya -le explicó.

– ¿Un año? No entiendo. ¿Y por qué no lo ha denunciado antes?

– Pensé que podía manejar la situación pero no ha sido así. Además, Xiaomei, mi esposa, que es china -añadió como si ese dato le fuera a servir de algo al agente- siempre me ha dicho que tenga paciencia, que ya se irá pero no ha sido así. Se ha adueñado de mi.

– Bueno -dijo el agente tosiendo sin tener ganas- vamos a ir paso por paso. ¿Conoce a la persona?

– Sí, es mi hermano Dimas.

Sorprendido por la historia que había escuchado de casualidad, mientras hablaba con uno de sus agentes, el comisario jefe se acercó a la mesa donde se encontraba Alfredo y se interesó por conocer más detalles.

– Buenos días, caballero. ¿Quiere usted denunciar a su hermano por entrar en su casa? – le preguntó.

– Yo no he dicho que haya entrado en mi casa. He hablado de mi propiedad -aclaró.

– Bueno, casi es lo mismo. Usted dice que fue hace más de un año. ¿Dónde ha estado su hermano en todo este tiempo? -el del bigote había vuelto a retomar el interrogatorio.

– ¿Es que no entiende que esa es mi angustia? Es horrible. Está en todas partes. No me deja solo en ningún momento. Incluso cuando duermo, está ahí. Por favor, he recurrido a ustedes como último remedio. Necesito que me ayuden a echarlo. No lo soporto más.

El comisario le hizo un gesto al agente que se disculpó de Alfredo antes de levantarse de la silla. Después de cinco minutos, regresó a la mesa y le dijo que no se preocupara que estaban intentando arreglar la situación lo antes posible.

– Solo una pregunta más. ¿Ha venido su hermano con usted?

– Pues claro. Nunca me deja solo. Es un calvario. ¿Me entiende? -les dijo con las manos extendidas como si pidiera clemencia.

A las once de la mañana, la comisaría era un hervidero. Gritos, gestos, llantos, risas, hombres, mujeres, ancianos y dos bebés llenaban la sala, cuando Xiaomei cruzó la puerta en busca de su marido a quien el comisario había llevado a un cuartito más tranquilo. Cuando la vio entrar, el agente abigotado supo enseguida que se trataba de la mujer de Alfredo y levantó el brazo para que se acercara. Xiaomei le regaló una de sus sonrisas serenas y él le susurró algo al oído. Ella bajo la cabeza apesadumbrada y le dio las gracias.

Antes de marcharse, el comisario le explicó a Alfredo que, con todos los datos que le había facilitado, un equipo especial empezaría a trabajar para intentar que el intruso saliera de su propiedad pero que, mientras tanto, debía irse con su mujer a casa. Más tranquilo, les agradeció la atención y les imploró celeridad. El comisario hizo un gesto afirmativo.

Al llegar a casa, Xiaomei abrió la puerta y Caridad, la vecina del quinto, le dijo que su padre había estado tranquilo; simplemente se había peleado con uno de los retratos del salón a quien había amenazado con dejar sin la seda de sus gusanos en la próxima primavera. “Ahora está en el balcón recogiendo la cosecha de cereales”, dijo la mujer guiñando uno de los ojos y torciendo los labios con ternura.

A la hora del almuerzo, Alfredo le preguntó a Xiaomei si confiaba en que la policía echara a Dimas de su cabeza. Ella bajó los párpados y no pudo evitar que la sonrisa se le cayera. Nunca había visto ese gesto en su mujer. Cerró los ojos y, como siempre, encontró a su hermano. Ese día llevaba la gorra y la cazadora de color verde que le había regalado cuando cumplió los veinte. Dimas nunca sonreía y hacía gestos incomprensibles, como si quisiera decirle algo. Eso le agobiaba aun más.

Alfredo abrió los ojos para borrarlo de su mente y regresó a la realidad. Xiaomei estaba sirviéndole algo de ensalada pero, a su lado, estaba Dimas que trataba de quitarse la chaqueta. No podía creerlo. Su hermano ya no solo estaba en su cabeza. También había entrado en su casa. Se fijó en su mujer y, en seguida, se dio cuenta de que ella no veía ni sentía que su hermano estuviera allí junto a ellos.

Alfredo entendió que la policía no podría hacer nada por liberarle de aquella carga porque él ya había entrado en el otro mundo que algunos viven aún en vida. Pronto se encontraría con el señor Lu Hao, su suegro.

 

 

 

 

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