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El pato mexicano, una novela de James Crumley. Por Eduardo García Rojas

No creo que a estas alturas los iniciados discutan que James Crumley fue uno de los mejores escritores de novela negra de todos los tiempos. Es una pena, no obstante, que haya sido publicado con tantas reservas en este país, probablemente porque Crumley fue un salvaje del género:  un oso gigante que entró por el cada día más estirado departamento negrocriminal para transformarse en una de sus voces más radikales (con k) y por ello más auténtica y necesaria.

Un tipo, el Crumley, que entre tanta violencia desordenada supo revelarnos un corazón tierno, necesitado de empaparse de alcohol y otras sustancias prohibidas precisamente para que no le hicieran más daño a su lado inevitablemente sentimental.

La colección Serie Negra de Ediciones RBA acaba de poner a la venta otra novela de Crumley, El pato mexicano, título que se suma a la lírica El último buen beso.

Para rastreadores, advertir que hay dos novelas más de James Crumley publicadas en nuestro idioma; esa obra maestra que es Un caso equivocado (colección Etiqueta negra, ediciones Júcar, 1990) y Uno que marque el paso (Gran etiqueta, ediciones Júcar, 1990), ambas traducidas por Roger Wolfe, y dos novelas radicalmente distintas.

La primera, Un caso equivocado, está protagonizada por el detective privado Milodragovitch, alcohólico crónico que nada más aparecer una clienta por la puerta de su despacho piensa: “Decidí que esta mujer me gustaba. Quizá más de lo que debería, a tan corto plazo. Cualquiera que fuera su problema me propuse consolarla hasta que se diera cuenta de que no podía hacer gran cosa por ella” claro que “como la mayoría de los hombres que beben demasiado, me había pasado la mayor parte de mi vida considerando mi sombrío futuro.”

Uno que marque el paso es, por el contrario, una novela de marcado sesgo autobiográfico, un título inspirado por muchas de sus experiencias como combatiente en Vietnam, aunque gran parte de la acción se desarrolla en una base estadounidense en Filipinas donde un grupo de soldados espera ser enviado al matadero mientras se emborracha y se va curtiendo en la amarga escuela del cinismo.

Uno que marque el paso es un punto y aparte en la carrera de Crumley como escritor, un escritor tejano de nacimiento aunque hijo adoptivo de Montana que prescindió de su notable y ácido sentido del humor para transformarse en un narrador oscuro, que sacó a pasear sus demonios más ocultos con descarnada sinceridad en esta novela de urgente relectura.

Llegué a Crumley sin embargo hace tres años con la estupenda El último buen beso (1), novela que nos cuenta en primera persona C. W. Sughrue, ex oficial del Ejército, como Crumley, alcohólico y mujeriego como el mismo Crumley.

Al margen del caso que debe de resolver, lo mejor de esta novela es la mirada escéptica pero teñida de divertida y resignada ironía con la que Sughrue contempla su existencia así como la de quienes le rodean.

Y todo ello sin perder un aliento épico pero también dolorosamente inevitable de que los perdedores serán siempre perdedores aunque alguien pudiera pensar lo contrario.

Novela de carreteras, El último buen beso es además un brutal corte de mangas a una sociedad podrida desde sus cimientos, lo que no quita de estrafalaria poética su retrato sobre el fracaso. Un fracaso que expresa con cruda verdad, evitando mentiras morales y ajustes de cuentas.

No, en Crumley el fracaso debe interpretarse en todo caso como una liberación con tonos crepusculares en la que su protagonista, cada vez más alcoholizado, nunca pierde sin embargo la noción de sí mismo.

En una de las decisiones más acertadas de la colección Serie Negra de RBA, se recupera ahora otro título protagonizado por Sughrue del gran Crumley. Y escribo bien lo de acertada decisión porque cualquiera de las novelas de este escritor resulta radicalmente diferente a las que hoy por hoy se publican en ese género tan maleable como es el policiaco.

Sughrue no es ninguno de los detectives privados y mucho menos un policía con problemas de conciencia que hoy salpica la literatura negra, una forma de hacer literatura que ha terminado por domesticarse a los dictados del mercado o bien por imitar, y mal, a sus venerables clásicos.

El pato mexicano (2) es otra novela de carreteras, investigación que emprende un politoxicómano Sughrue para encontrar a la supuesta madre de un motero traficante de drogas.

Por el camino conocerá el amor, por el camino volverá a reencontrarse con camaradas de esa guerra olvidada que fue la de Vietnam, y por el camino no tendrá más remedio que hacer extrañas alianzas con personajes que dan mucho miedo.

Y todo ello narrado con la peculiar voz de un hombre, C. W. Sughrue, que observa su alrededor con mirada irónica, mezcla de una explosiva combinación de maría jamaicana, cocaína colombiana y ríos de alcohol.

Delante y detrás, agentes del FBI, de la DEA, narcotraficantes mexicanos y carreteras que se transforman en una metáfora errática de la vida.

Mientras las ruedas de la furgoneta pisan el asfalto, Sughrue da repaso a su existencia. En ningún momento duda en dejar el volante sino que a medida que nos acercamos al final del relato lo pisa más fuerte, casi como si quisiera mandar todo a la mierda.

Un nihilismo que no deja de resultarme atractivo en unos tiempos donde todo se desmorona y hay que mantener la sonrisa aunque el filo del cuchillo roce tu tembloroso cuello…

Así que leo a James Crumley y despierto.

“- ¿Y recuerdas las reglas?

Si lo ensucias, lo limpias. Si lo rompes, lo arreglas. Si la cagas, te largas.- recitó Jimmy.”

Palabra de James Crumley, el amo.

(1) Traducción de Marta Pérez Sánchez.

(2) Traducción de Antonio Iriarte.

Saludos, “no llamó nadie, no entró nadie, no pasó nada, a nadie le importaba que me muriera o me fuera a El Paso.” (La ventana alta, Raymond Chandler), desde este lado del ordenador.

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