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Sin sesgos ni gerundios, premio a una trayectoria. Por Salvador García Llanos

Foto: Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca / Diario de Avisos

Eso de que se alegre todo el mundo (bueno, algunos enemigos por él no buscados serían la excepción) por el premio que le han concedido tiene que ser un motivo de satisfacción. Ahí es dónde debe medir el grado de aprecio y de respeto que ha podido granjearse durante toda una vida dedicada al periodismo, tan llena de noticias, de sobresaltos, de frustraciones y de silencios. Pero también de experiencias personales, basadas en sentimientos, en expectativas, en anhelos y en pequeños logros de quienes empezaban a tejer un futuro profesional, decenas y decenas de historias en las que era frecuente tener que reconducir todo aquello, ya se sabe, para que la realidad, cualquier realidad subjetiva, no echase a perder un buen reportaje, quién sabe si una carrera incipiente o una promoción interna.

Pero es lo cierto: el premio Canarias de Comunicación, el que promovimos y ayudamos a crear en 1991, al acceder a una dirección general del Gobierno de Canarias que entonces presidía Jerónimo Saavedra, y con el que ha sido distinguido Leopoldo Fernández, director durante tantos años de Diario de Avisos, ha sido tan bien recibido que, en una profesión tan dada al cainismo y a la crítica motivada por cualquier razón -y por cualquier sinrazón-, no sólo llama la atención sino que encarna una satisfacción tan inhabitual que merece ser saludada con regocijo. Que la redacción le recibiera con aplausos, repetidos luego de forma espontánea en una emisión radiofónica, es un síntoma del afecto que le dispensan quienes sabemos de su sapiencia periodística, traducida no sólo en informaciones, artículos y titulares corregidos sino en el consejo o el asesoramiento que siempre prestó para que el tratamiento de los textos o de los anuncios fuese siempre el más adecuado.

En un pequeño despacho de Santa Rosalía, 85, en la capital tinerfeña, un director afrontó el principal reto de su vida: dirigir un periódico que, bajo una nueva empresa editora, nacía en plena transición política. En la vocación periodística de Leopoldo Fernández radicaba el soporte de quien desconocía casi todo de aquella realidad canaria que se movía entre victimismos, complejos  y afanes de dar un salto para superar muchos condicionantes y encarar el porvenir con afanes menos resignados.

Aquel director parecía querer controlarlo todo pero, en realidad, lo que hacía era velar para que el periódico fuera un producto de calidad, riguroso, sin erratas, bien compuesto, modernista y ambicioso. Allí estaba Leopoldo Fernández interesando los titulares de los textos de la información deportiva que nos fue encomendada durante una primera etapa. Allí estaba gritando “¡Página!” para apremiar el cierre de la edición. Y allí estaba para llamar la atención si la crónica o la entrevista adolecían de sesgo, gerundios o lugares comunes. O por qué se había escapado una noticia que la competencia traía destacada.

Dirigía siempre con dinamismo. Igual cortaba telex o telefax que desechaba una foto por mal revelada. Igual revisaba la prueba de la página que atendía la llamada telefónica de algún responsable institucional. Y escuchaba al redactor que llegaba tarde o no había terminado una información o no había cobrado el importe de unos taxis. Leopoldo, a su aire, llegaba al mediodía, revisaba, leía y preparaba la edición. Por la tarde, recibía alguna visita, encargaba trabajos y escribía, como todos, con dos dedos. Era una dirección si placidez. Se iba de los últimos, si no el último, cuando el periódico ya estaba en la Marinoni.

De aquella etapa, hay que recordar que dimos el salto definitivo a la información general. Leopoldo Fernández tuvo mucho que ver en ello. Nos estrenamos con una información sobre la dimensión del Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias. Meses después, se produjo la apertura de la delegación del Puerto de la Cruz, el primer intento de expansión de la empresa. Es larguísima la lista de episodios y anécdotas que vivimos conjuntamente: desde el accidente del avión de la Dan Air  en El Diablillo (La Esperanza) al nacimiento del Festival de Cine Ecológico y de la Naturaleza, pasando por aquella entrevista a Joan Manuel Serrat con cuya queja por el cuestionario se identificó: “Tiene razón, hay preguntas muy alambicadas”.

Y hasta para las situaciones de desazón, como aquella de una decisión bancaria tomada por el ejecutivo autonómico tras la moción de censura de la primavera de 1993, mantenía el temple y razonaba para hallar la salida, sin el mínimo espíritu revanchista.

Leopoldo fue el director de todos nosotros. De los que se mantuvieron y de los que nos fuimos o seguimos sin desvincularnos del todo. Sabíamos de su conservadurismo pero también de su afán por la verdad, de su tolerancia y de su perenne cultivo del pluralismo. El antagonismo ideológico apenas causaba fricciones. Siempre con el rigor por bandera. Siempre inculcando que el periodista no tuviera protagonismo. Siempre huyendo de la primera persona del singular.

Después de los aplausos y de la primera alegría, de tantas muestras de contento por ese premio que es una recompensa a toda una trayectoria desde la responsabilidad de la dirección,  este texto más sosegado sólo es el reflejo, sin ditirambos, del reconocimiento que le debemos.

Se lo merecía, vaya que sí.

 

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