FIRMAS Marisol Ayala

Escalorío. Por Marisol Ayala

¿Saben el malestar que produce un nudo en la garganta, esa pelota que se coloca en la tráquea y que te impide respirar, te asfixia?. ¿Lo han sentido?. Pues así; así me sentí el jueves 15, hace una semana, cuando tuve a dos metros escasos, en un banquillo, esposados, a Fernando Torres Baena, Ivonne y a María José, los tres condenados por el caso kárate. No exagero nada si les digo que ha sido uno de los momentos más impactantes que he vivido con la lectura de una sentencia tan brutal, tan desmenuzada, tan dolorosa, tan…De hecho he tenido que enfriar un poco mis sentimientos para hablar de lo que recordaré siempre con una mañana de escalofríos.

Ya saben que dos compañeros, Micky F. Ayala y yo, periodistas, llevamos meses, siete, ocho, leyendo cuanta documentación hemos podido obtener sobre el “caso Kárate” y deben saber también que hemos hablado con familiares de las víctimas, con psiquiatras, con reconocidos expertos en sectas y que hemos asistido a casi todas las sesiones del juicio; es decir, parecía previsible que la lectura final de un hecho tan tremendo no tenía en principio por qué afectarme tanto; hablo de mí, y de los que han seguido puntualmente las jornadas. Ser madre y mujer creo que ha tenido un costo añadido para mí. En mi caso reconozco que el jueves escuchando al presidente de la Sala, Emilio Moya, detallando lo sucedido, advirtiéndoles a los presentes y a los familiares de las víctimas que “lo que van a escuchar aquí será muy duro”, más o menos, “de manera que les invito a que abandonen la sala” ya era un mal síntoma. No se movió nadie. Además, especialmente significativo y triste fue comprobar lo que uno de los psicólogos del caso llama “enganche emocional con el agresor”, lo cual explica hasta que punto han sido intensas y severas las secuelas del abuso.

Torres Baena
Torres Baena

Las frases que se transcriben en el informe son impactantes, especialmente esta: habla una víctima; “Le debo (a Baena) como soy, soy feliz”, “me enseñó mucho y es muy importante en mi vida”, “porque odiarle me cuesta trabajo”, “le debo a él la disciplina”, “no soy capaz de tener odio” y todo esto lo dice -señala el informe- nada más y nada menos que de su violador, de la persona que abusó de ella a los 9 años de edad. Todo esto aderezado con un sentimiento de culpa que impresiona a cualquiera: “era (Baena) como un padre, y he contribuido a que esté en la cárcel”. Los daños psicológicos que le ha causado a esta criatura son incontestables y la necesidad de la chica de recibir tratamiento psicológico urgente e indiscutible. El psicólogo concluyó: “los datos sugieren que ha sufrido un trauma grave que no ha sido completamente elaborado o procesado. Los síntomas descritos se han generado, posiblemente, ante la imposibilidad de afrontar el trauma”.

Digo que tener a estos tres sujetos -cuatro con Juan L. Benítez Cárdenes- a dos metros, de espaldas, mirando fijamente al infinito mientras acusaban los delitos más execrables que se pueden cometer me produjo escalofríos. Esa fue la sensación. Y miren que durante esos meses he visto, leído y escuchado cosas terribles del caso para poder escribir un libro, “La secta del kárate”, que publicaremos en Mayo, si todo funciona como está previsto.

En fin: Una escena que guardaré de ese día tiene que ver con Ivonne González, la mujer que había sido puesta en libertad durante el proceso y que el jueves, hace una semana, llegó a la sala recién salida de la peluquería, pelo corto, mechas, chaqueta azul y seguramente pensando que volvería a casa. No fue así; cuando Emilio Moya leyó la condena de más de 100 años ordenó a los policías que la esposaran y la trasladaran a la prisión, el escalofrío del que hablo fue aún más intenso. En los bancos últimos de la sala estaba su madre hecha un mar de lágrimas, abatida. Con esa imagen me quedo; con la imagen de una mujer joven que, víctima infantil o no del propio Baena, vivirá en la cárcel previsiblemente 20 años aunque la condena supere los cien años, pero así lo dice el Código penal. Su jefe, Baena, escuchó sus 302 años de condena con tal tranquilidad que cuando al día siguiente alguien filtró que había permanecido en urgencia hospitalaria horas antes de la lectura para paliar un ataque de ansiedad algunos concluimos que acudió a la sala medicado. Que se muera.

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